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La crítica gastronómica de Paola Miglio al café Puku Puku

El gran pero de Puku Puku es la comida: no la vemos ni sentimos fresca, del día

Puku Puku Café armó una espaciosa cafetería en pleno San Isidro. Abrió hace no mucho y ya se ha hecho de público fiel y frecuente. Sus salones amplios y aireados, con techos altos y un diseño que promueve calidez, animan a todo aficionado que pasa por la avenida Pardo y Aliaga a parar un momento y tomarse, mínimo, un espresso o americano. La buena fama por el uso de adecuados granos de café ya se la había ganado con sus primeros locales, pequeños y llenos de cuidado y dedicación. Incluso en la breve carta de bollería y pasteles.

Puku Puku destacó cuando comenzaron a abrir en el país las primeras cafeterías dedicadas a trabajar café peruano y métodos de preparación (chemex, V60, prensa francesa, drip), que permiten obtener las mejores características de la bebida y resaltar sus propiedades tanto en aroma como en sabor; pero también por ese atinado merchandising con estilo que le daba un giro divertido a algunos conceptos menos atrevidos que ya existían (sacó gorros y tazas de distintos materiales, por ejemplo). Buen café y comida y un diseño original, un combo imbatible. En el local de Pardo y Aliaga, dos de estos componentes se han mantenido; sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con la comida: los salados y los dulces se presentan poco carismáticos y marchitos.

Vamos por partes. En Puku Puku se trabaja con café de microlotes de origen único, como ellos mismos lo señalan, y se eligen zonas cafetaleras de ceja de selva, donde se apunta al aprovechamiento de las cualidades del terruño: clima y suelo. Incluyen trazabilidad y la relación directa con pequeños agricultores que se dedican a un cultivo sostenible, sin intermediarios. Es decir: cada parcela tiene nombre y apellido. Esto se refleja en la taza: excelente selección, adecuado tostado y variedad de zonas. Incluso se puede comprar café tostado y molido para llevar a casa en paquete de 250 o a granel. La idea es reforzar el intercambio y precio justo. 

Sus cafés se sirven a las temperaturas correctas, en tazas generosas y no arrastran ningún amargor de los prohibidos. Según la variedad que elijan (Cusco, Cerro de Pasco, Cajamarca), podrán encontrar distintas notas que van desde cítricos hasta caramelo o miel. Es divertido el juego de la prueba, sobre todo si los baristas dominan los métodos y sacan lo mejor de cada grano.

En este punto es donde amarra todo: diseño y café apuntan a lo sustentable (se ha utilizado el 50% de materiales reciclados para la creación del ambiente). El pero, lo mencionamos antes, es la comida: no la vemos ni sentimos fresca, del día. A simple vista no es tentadora, y cuando llega a la mesa lo es menos. Los panes: croissant o panes con chocolate lucen y saben apagados, no se expresan como recién salidos del horno. El sánguche de queso y jamón podría ser más abundante e incluir ingredientes de mejor calidad. Los waffles, que se preparan al instante, no tienen tampoco ni consistencia ni humedad: una opción fácil y que debería ser vistosa y no tan desangelada. Si se apunta a trabajar un proyecto completo, al menos en este local, agregaría un poco más de cariño a la carta. Aquí ya se cruzó la línea de la barra cafetera a la cafetería y todos sus componentes deben tener el mismo nivel y estar en equilibrio. Se ha podido antes, se puede ahora. Solo es cuestión de ponerle más ganas y meterle una buena revisada a ese menú.

AL DETALLE

Puntuación: 14/20
Tipo de restaurante: café.
Dirección: Pardo y Aliaga 695, San Isidro.
Horario: de lunes a miércoles, de 7 a.m. a 11 p.m.; de jueves a sábado, de 7 a.m. a 12 m., y domingos de 8 a.m. a 3 p.m.
Estacionamiento: playas aledañas.
Bebidas: al café se suman tés y cervezas artesanales.
Precio promedio por persona: S/25.

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Paola Miglio

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