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La crítica gastronómica de Paola Miglio al restaurante Arlotia

"A pesar de ser un restaurante pequeño, se las ingenia para tener divertimentos creativos que funcionan y hacen que uno quiera volver"

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(Fotos: Paola Miglio)

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En Arlotia hay menú del día y familias del barrio van a comer allí asiduamente. Mamás con niños, ancianos y amigos en grupo que buscan una sazón sencilla y sabrosa. Este restaurante nace como un vasco peruano y ya cuenta con algunos años en la esquina del pasaje Ríos, en Barranco. En Arlotia te atienden como si estuvieses en casa y te cuentan sobre las novedades del día que no están en la carta, pues recién llegaron. Esta vez fueron los pimientos de padrón ('Capsicum annuum'), confiesa el mesero. Están hechos a la plancha con ajo y algunos granos de sal gruesa. La cocción agarra el punto justo, apenas la piel bronceada. Morderlos enteros es divertido: algunos pican y otros no. Además, los acompaña un pequeño gazpacho como para abrir el apetito: refrescante, veraniego y balanceado.

Es quizá la manera perfecta de comenzar un almuerzo de febrero en Lima, ya que en los tres entrantes probados antes algo siempre ha fallado. Por ejemplo, la tortilla de papa no llega a convencer del todo: a veces muy seca, otras muy húmeda, aunque esto siempre es perfectible; las berenjenas confitadas se esconden tras el queso, la salsa de albahaca y de tomate casera está demasiado dulce; y las croquetas, intervenidas con insumos como salchicha de Huacho o espinaca, tienen buen sabor, pero les falta consistencia interna.

Sigo indagando en el menú, ha sido trabajo de más de una vez porque es largo y variado. A pesar de ser un restaurante pequeño, se las ingenia para tener divertimentos creativos que funcionan y hacen que uno quiera volver. La ensalada vasca es fresca y se apoya en productos de temporada, y la cazuela de vongole es adictiva: llega en plato hondo y con un caldo sustancioso que cobija los moluscos tiernos en sus conchas. Como para abrir cada uno con la mano, compartir y sumergir las papas fritas caseras –el acompañante del plato– en sus jugos. Pareciera inspirado en aquellos 'moules et frites' belgas tan
tradicionales, pero con una vuelta de tuerca más cercana. Con el sudado a la vizcaína también hubo suerte: de sabor amigable, elegante
pero sin pretensiones, con el arroz graneado. Lo mismo con la cola de buey guisada, aunque la polenta con queso de cabra que la  acompañaba necesitaba un poco más de humedad.

Eso sí, hay que poner un poco de cuidado con las mollejas de ternera al jerez, pues les faltó suavidad; con el pulpo al estilo gallego, cuya textura estaba algo chiclosa; y con las descripciones de los platos en la carta, sobre todo cuando hay mariscos. Esto último puede parecer
trivial; sin embargo, en una oportunidad (antes del comienzo de la veda), al pedir un plato de arroz negro con queso de cabra, este llegó a
la mesa con langostinos, y soy alérgica. La temperatura también jugó malas pasadas en mi más reciente visita. En un mismo plato tocaron porciones muy calientes y, precisamente, las croquetas llegaron hirviendo. No me molesta que esto pase, pero lo ideal sería que avisen para estar prevenida y aguantar un poco el hambre.

Arlotia me gusta. Es un encuentro de culturas. Un aprovechamiento adecuado de productos locales de temporada, una inclusión de técnicas extranjeras y platos clásicos que mantienen su origen,
y un mestizaje sabroso y casero que se sostiene por buen camino y conserva ese corazón inaugural de buena mano, medidas adecuadas y
excelente precio. 

AL DETALLE

Tipo de restaurante: cocina casual vasco-peruana.
Dirección: Av. Grau 340, Barranco. Teléfono: 256-2269.
Horario: de mar. a sáb., de 12 m. a 11 p.m.
Estacionamiento: puerta calle. Bebidas: carta con cervezas artesanales y vino.
Precio medio por persona (sin bebidas): S/ 50, hay menús del día y las bebidas en la noche salen con un pintxo o tapa.
Calificación: 14 puntos de 20

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