No aceptar a los amigos de un hijo no siempre es falta de tolerancia: a veces es miedo, instinto de protección y dificultad para soltarlos.
No aceptar a los amigos de un hijo no siempre es falta de tolerancia: a veces es miedo, instinto de protección y dificultad para soltarlos.

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¿Qué hacer si no me gustan los amigos de mi hijo?  Esto dicen cinco psicólogos peruanos
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¿Qué hacer si no me gustan los amigos de mi hijo?  Esto dicen cinco psicólogos peruanos

¿Qué hacer si no me gustan los amigos de mi hijo? Esto dicen cinco psicólogos peruanos

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“No me gusta cómo habla, cómo se o las cosas que hace el amigo de mi hijo”. Pensamientos como este cruzan la mente de muchos . Pero, ¿cuándo esa incomodidad es una alerta válida y cuándo una reacción exagerada? Lo cierto es que este — tan común como silencioso— suele esconder mucho más que una simple diferencia de gustos: revela miedos, preocupaciones y también la dificultad de aceptar que los hijos comienza a construir su propio mundo.

Según explicó Stefano de la Torre, director de la carrera de psicología de la Universidad Científica del Sur a , a muchos padres les cuesta aceptar a los amigos de sus hijos porque sienten que están perdiendo control sobre una parte muy importante de su vida: su entorno emocional. En la infancia, los padres son la principal referencia; pero en la , los amigos comienzan a ocupar ese lugar simbólico de espejo, e identidad. Ese cambio puede generar cierta sensación de desplazamiento o incluso miedo a que los hijos adopten valores diferentes a los del hogar.

Para el psicólogo Fernando Lamas, docente de la carrera de psicología de la Universidad San Ignacio de Loyola, esa incomodidad no siempre nace del otro joven, sino de lo que despierta en los propios padres. “Recuerdos de amistades que nos hirieron, temores que nunca nombramos y la sensación de que ya no tenemos el mismo control. Y eso duele, porque implica aceptar que el amor también se expresa en dejar ir, aunque sea de a pocos”.

Por eso, detrás de ese rechazo suele haber algo más íntimo: miedo a perder influencia, a que el hijo se aleje o a que lo dañen, quedando atrapado en dinámicas de presión de grupo, o relaciones abusivas. A veces, incluso, se activa porque ese amigo encarna algo que nos confronta: una forma de vivir, de hablar o de pensar que nos resulta ajena.

“Por lo general, a los padres suelen preocuparles los amigos con —los que beben, fuman, faltan al colegio o son muy desafiantes—. Pero, muchas veces, esa inquietud también refleja los propios miedos del padre: miedo a repetir su historia, a perder el control o a que su hijo no tenga las oportunidades que él no tuvo”, aseguró Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional.

Entre el miedo y el amor: lo que hay detrás de la preocupación

En ocasiones, la incomodidad que se siente hacia los amigos de los hijos puede ser una señal valida y, otras una reacción más emocional que esconde miedos, expectativas y proyecciones personales. De acuerdo con Alexandra Sabal, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma, una preocupación es válida cuando se basa en hechos concretos —por ejemplo, si un amigo pone en riesgo a su hijo, lo impulsa a faltar al colegio o lo lleva a lugares inseguros—. Pero cuando el malestar surge solo por apariencias o estereotipos, como la forma de vestir o si tiene tatuajes, se trata más bien de un prejuicio, más no de una alerta real.

Comunicar la preocupación con calma y empatía permite que el hijo escuche, sin sentirse atacado ni alejado.
Comunicar la preocupación con calma y empatía permite que el hijo escuche, sin sentirse atacado ni alejado.

Una forma de discernirlo es a través de la . “Los padres pueden preguntarse: ¿Esto que me preocupa lo estoy viendo o lo estoy imaginando? ¿Estoy actuando desde el amor o desde el miedo? ¿Estoy escuchando a mi hijo o solo intentando tener la razón? Estas preguntas ayudan a reconocer si la reacción proviene de un deseo genuino de proteger o de la dificultad para aceptar los cambios propios del crecimiento”, sostuvo Tuñoque.

Este tipo de conflicto, como mencionó la psicóloga pediátrica Vanessa Jensen, de Cleveland Clinic, suele revelar que la está atravesando el ajuste típico de la adolescencia: mientras los hijos necesitan más autonomía, los padres deben pasar de un rol “controlador” a un rol más de “faro”, que guía, marca límites en temas de seguridad y ética, pero deja más margen para que los hijos decidan, se equivoquen y aprendan.

Sin embargo, cuando el tema de los amigos se convierte en un motivo constante de discusión, muchas veces refleja problemas de comunicación. Los padres pueden sentir que ya no se les escucha, mientras los hijos perciben juicio o poca apertura en casa y terminan refugiándose más en sus pares.

“En medio de estas tensiones, los padres pueden experimentar una serie de emociones intensas: miedo ante posibles riesgos, ansiedad por no poder supervisar todo, enojo o irritación al sentir que el hijo prefiere a los amigos, tristeza o celos silenciosos por la pérdida de cercanía, y a veces culpa por preguntarse si “fallaron” en algo”. Y en un contexto donde las amistades muchas veces se forman en línea, no entender del todo el mundo digital, los códigos de las redes o los videojuegos puede amplificar la sensación de amenaza”, destacó la experta de Cleveland Clinic.

¿Cómo comunicar nuestra preocupación sin alejar?

Expresar preocupación por las amistades de un hijo sin que se sienta atacado o juzgado puede ser un reto. Por eso, como señaló Sabal, la clave está en hablar desde el “yo” y no desde el “tú”. En otras palabras, dar a conocer lo que uno siente o percibe, en lugar de afirmar algo como una verdad absoluta.

Por ejemplo, en lugar de decirle: “tus amigos son una mala influencia”, que genera rechazo y defensividad, es preferible decir: “Me preocupa cómo te tratan algunos amigos. A veces siento que no te valoran.” Así, el hijo no se siente juzgado, sino comprendido, y es más probable que escuche.

Asimismo, como recalcó Liliana Tuñoque, es fundamental iniciar la conversación con preguntas que inviten al diálogo y muestres interés genuino, como: “Me preocupa verte triste después de estar con ellos, ¿estás bien? ¿te puedo ayudar en algo?” o “En los últimos días te he visto un poco decaído, ¿quieres contarme qué pasa con tu grupo?”

“El tono es determinante, pues cuando un padre habla con calma, el hijo escucha; si lo hace desde el miedo o la crítica, el adolescente se cierra. “No te juzgo, solo quiero entender” puede ser una frase simple, pero muy poderosa para mantener abierto el vínculo. Los adolescentes no quieren sentirse analizados, sino escuchados. Por eso, es mejor reconocer su apertura con frases como: “Gracias por contarme. No necesito entenderlo todo, pero quiero que sepas que siempre puedes venir a mí” o “No te quiero controlar, te quiero ayudar. Si algo te hace daño, prefiero que me lo digas antes de que te sientas solo”.

En caso de que el menor reaccione a la defensiva o sienta que sus padres “no entienden nada”, lo peor que se puede hacer es responder con más rigidez. Cuando un adolescente se pone así, lo que necesita no es más argumento, sino sentir que su voz tiene espacio. Para de la Torre, lo más útil es pausar la conversación, mostrar disposición a escuchar y retomar en otro momento. Frases como “No quiero discutir, solo quiero entenderte mejor”, “Cuando estés listo podemos hablar” pueden ayudar a desactivar el conflicto y mantener abierta la comunicación.

Los límites son necesarios cuando hay riesgo, pero deben explicarse desde el cuidado, no desde la imposición.
Los límites son necesarios cuando hay riesgo, pero deben explicarse desde el cuidado, no desde la imposición.

¿Cuándo poner límites sin romper la confianza?

La idea no es administrar las amistades, sino actuar como un “padre faro”, según Jensen. Básicamente, alguien que guía, marca cuando hay temas de seguridad, salud o ética en juego, y en lo demás acompaña, observa y conversa, aun cuando no les encanten todos los amigos. Es decir, intervenir activamente cuando existe un riesgo real, pero no por diferencias de estilo o gustos.

En esos casos donde sí hay señales de peligro, la experta enfatizó que es razonable limitar o cortar vínculos si hay evidencia de conductas claramente dañinas: bullying reiterado, presión para consumir alcohol o drogas, comportamientos delictivos, violencia o . También si el hijo muestra un deterioro emocional o conductual ligado a esa relación.

“Es importante que lo límites se ajusten a la edad. En primaria o preadolescencia, los padres suelen decidir con quién juega y dónde, supervisar actividades y evitar que pase tiempo a solas con adolescentes mayores o adultos sin contexto claro. En la adolescencia, se trata más de negociar: “Con esta persona no podrás estar sin adultos presentes” o “No vas a ir a esa casa mientras sigamos viendo estas conductas”, explicando siempre el motivo y dejando claro que el límite es para proteger, no para castigar ni humillar. Mantener el mensaje de “no me gusta lo que está pasando, pero te quiero y podemos seguir hablando de esto” ayuda a no romper la confianza”.

En el , donde resulta más difícil saber quiénes son realmente los “amigos”, la psicóloga pediátrica recomendó hablar abiertamente de riesgos, acordar reglas de uso y, según la edad, supervisar más de cerca las plataformas que utilizan.

Por su parte, el psicólogo Stefano de la Torre nos recuerda que equilibrar el deseo de proteger con la necesidad de dejar aprender si bien es uno de los mayores desafíos de la crianza, no es imposible. “Los padres deben proteger de los daños irreversibles, pero también permitir los errores que generan aprendizaje.”.

Por eso, poner límites no se trata de controlar, sino de acompañar con claridad, empatía y coherencia. Incluso es importante conocer a los amigos del hijo, pero sin que él sienta que se están invadiendo su privacidad. Al contrario, debe percibirse como una forma de reforzar la confianza y la comunicación.

Entre las mejores maneras, la psicóloga Liliana Tuñoque sugirió:

• Invítalos a casa, sin hacer de inspector, solo como anfitrión.

• Llévalos a una salida o actividad donde se sientan cómodos.

• Hacer preguntas sobre cosas sencillas: ¿qué música escuchan? ¿qué les gusta hacer?

“Esto ayuda a abrir la conversación, se sienten escuchados y cuando los amigos sienten respeto, también respetan al padre. Además, compartir experiencias del propio pasado —contar anécdotas de amistades, errores o aprendizajes—humaniza y acerca aún más a los hijos”.

¿Qué señales muestran que una amistad lo está dañando?

Según Liliana Tuñoque, es importante que los padres estén atentos a ciertos cambios en el comportamiento de sus hijos. Cuando una amistad no les hace bien, suelen aparecer señales que reflejan ese malestar:

  • Se aísla de la familia o de otros amigos.
  • Baja su rendimiento escolar.
  • Deja de hacer cosas que antes disfrutaba (bailar, jugar futbol, u otros).
  • Miente constantemente.
  • Se vuelve agresivo, retraído, triste o ansioso.
  • Pierde autonomía, por lo que parece necesitar la aprobación del grupo para todo.

“Si estas señales duran más de unas semanas, conviene pedir orientación profesional con un psicólogo”.

Escuchar, compartir tiempo y confiar en su criterio ayuda a que el hijo construya autonomía sin perder la conexión con sus padres.
Escuchar, compartir tiempo y confiar en su criterio ayuda a que el hijo construya autonomía sin perder la conexión con sus padres.

En caso de que los padres ya hayan identificado una influencia negativa y el hijo no lo perciba así, el reto está en cómo actuar sin romper el vínculo con él. Para ello, la psicoterapeuta aconsejó:

  • No entres en guerra con el amigo. Evita las críticas directas o las prohibiciones tajantes.
  • Habla desde lo que observas, no desde el juicio: “He notado que últimamente estás más triste o molesto y te cuesta concentrarte.”
  • Escucha su versión, aunque no la compartas.
  • Marca límites claros si hay un riesgo real.
  • Ofrécele alternativas: nuevos espacios, actividades o amistades que le ayuden a equilibrar su entorno.
  • Si el riesgo es alto (violencia, drogas, acoso), busca ayuda profesional y mantén la comunicación abierta.

¿Cómo fomentar la autonomía y fortalecer el vínculo?

Fomentar la autonomía en los hijos no significa dejarlos solos en sus , sino acompañarlos para que aprendan a pensar y sentir por sí mismos. Como recalcó Stefano de la Torre, los padres pueden ayudar a que sus hijos reflexionen por sí mismo sobre si la amistad les hace bien o no, formulando preguntas que los lleven a pensar: “¿Te sientes tú mismo cuando estás con esa persona?”, “¿Te trata con respeto?”, “¿Qué te aporta esa relación?”. No se trata de dar respuestas, sino de activar su criterio moral y emocional. Cuando un adolescente aprende a hacerse esas preguntas, está construyendo autonomía relacional, es decir, la capacidad para elegir vínculos desde la conciencia y no desde la presión.

Pero para que esa voz interior se escuche más fuerte que la del grupo, es fundamental que el vínculo con los padres sea sólido. Según la psicóloga Vanessa Jensen, los padres pueden fortalecer su relación con el hijo a través de gestos cotidianos que marcan la diferencia: pasar tiempo de calidad con frecuencia, escuchar sin humillar ni minimizar, interesarse genuinamente por su mundo, dejarlo participar en decisiones familiares y reconocer sus esfuerzos. Los adolescentes que se sienten respetados y apoyados en casa tienden a consultar más y a tolerar mejor decir “no” ante presiones externas.

“Cuando los padres modelan buenas habilidades de afrontamiento, cuidan de sí mismos, se disculpan al equivocarse y muestran que también piden ayuda cuando la necesitan, se convierten en figuras creíbles y cercanas, no solo en figuras de autoridad. Esa coherencia hace que la voz familiar tenga más peso frente a la influencia del grupo”.

Por su parte, Fernando Lamas subrayó que los padres pueden cuidar la relación con sus hijos incluso cuando no simpatizan con sus amigos. No es necesario quererlos, pero sí respetar lo que significan para el hijo.

“Como padres no debemos de olvidar que, aunque no nos guste el amigo, podemos ser el lugar al que nuestros hijos siempre vuelven cuando necesitan respirar. Porque al final, lo que más necesita un hijo no es que el padre apruebe cada elección, sino que esté disponible para acompañarlo cuando esas elecciones lo desafíen. Criar hijos es confiar en que el amor y lo que les hemos sembrado será más fuerte que cualquier diferencia. Y esa confianza, cuando se transmite con ternura, puede ser el mejor legado”, concluyó el experto de la Universidad San Ignacio de Loyola.

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