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Hindenburg, el zepelín de la muerte

Después del Titanic, la tragedia del dirigible Hindenburg es uno de los accidentes más recordados del siglo XX.

Después del Titanic, la tragedia del dirigible Hindenburg es, sin duda, uno de los accidentes más recordados de principios del siglo XX. Ambos eran naves de transporte en una época en que el hombre buscaba acortar distancias, y aunque la radio y el cine ya eran medios habituales de comunicación, la televisión aún estaba en pañales, y el enlace por satélite e internet eran todavía ciencia ficción. Este famoso ingenio volador se incendió, a pocos metros de tierra, el 6 de mayo de 1937, hace exactamente 80 años.

El inventor de los zepelines, Ferdinand von Zeppelin, los había diseñado y perfeccionado con el objetivo de convertirlos en un arma ofensiva, que si bien tuvo participación en la Primera Guerra Mundial, no fue un elemento bélico destacado en sus contadas incursiones. Quizás ello le permitió desarrollarlo con un fin más civil que militar. Entonces los zepelines empezaron a recorrer el mundo transportando pasajeros, con ambientes diseñados especialmente para esta misión.

Su anatomía consistía básicamente en un inmenso globo de helio o hidrógeno que sostenía una estructura mucho más pequeña en la que se albergaba a la tripulación y a los viajeros. Los ambientes para los pasajeros habían sido diseñados con tal prolijidad que competían en lujo y comodidad con los grandes transatlánticos. El Hindenburg tenía sala de fumadores, una cubierta para contemplar el paisaje y un salón donde reposaba un piano de material ligero. Además contaba con sala de cinematógrafo. 

Al finalizar un vuelo de rutina entre Alemania y Estados Unidos, a las 19:25 hora local, y bajo una ligera lluvia, el dirigible explotó mientras se encontraba a 90 metros de la superficie, justo en el momento en que sus tripulantes habían lanzado a tierra los cables de amarre. De pronto una luz brilló en popa, el fuego cruzó la estructura, los tanques de combustible explotaron y las llamas devoraron su andamiaje en cuestión de segundos. El globo se deshizo y lo que quedaba de su cuerpo se fue a pique en medio del estupor de las personas que se habían reunido para observar su llegada, en el aeropuerto de Lakehurst, en New Jersey.

El Comercio resumió todo en sus titulares del 7 de mayo de 1937, edición de la mañana: “El dirigible alemán Hindenburg explosionó en Lakehurst”. También indica: “Después de un vuelo transatlántico y cuando se aproximaba al mástil de amarre, la nave se vio envuelta en llamas, estrellándose estrepitosamente”. Bastaron 40 segundos para que la nave comandada por el capitán Max Pruss, que transportaba 97 ocupantes, quedara totalmente desintegrada. Murieron 13 pasajeros de un total de 36; y 22 tripulantes de un total de 61. Una persona en tierra perdió la vida. Se llamaba Allen Hagaman y fue identificado gracias a su aro matrimonial, pues había quedado totalmente carbonizado. 

Es famosa hasta hoy la dramática narración de un locutor de la época, quien asombrado por lo que estaba viendo, no dejó de describir los incidentes al borde del llanto, quebrado por el dantesco panorama, en el que muchos de los pasajeros y tripulantes saltaban desde el dirigible para salvar sus vidas, mientras otros eran cubiertos por las llamas. El terrible accidente fue captado por cinco cámaras, que estaban filmando la escena para los noticiarios de Pathe, Movietone, Universal, Paramount y Hearst. Las causas nunca fueron esclarecidas de forma contundente. Las investigaciones llegaron a una tibia conclusión, que señalaban que una chispa provocada por la electricidad estática había generado el desastre. 

También se manejó la posibilidad de un sabotaje, en un momento político mundial bastante tenso. El Hindenburg, de alguna manera, era una máquina de propaganda del desarrollo alemán, que los nazis se ufanaban en pregonar. Mientras que el lugar de la tragedia, Estados Unidos, representaba los ideales de la democracia, contra la que denostaba el régimen de Berlín. Hurgar en la hipótesis de un sabotaje no era conveniente, en esos momentos, para ningunos de los dos gobiernos, que buscaban mantener en lo posible sus relaciones internacionales sin sobresaltos. Esta tragedia hirió de muerte a los zepelines como sistema de transporte, pues quedó estigmatizado como un medio demasiado expuesto a cualquier tipo de accidente.

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