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    Isaac Rabin: una vida por la paz - 2

Qué paradoja. Un compatriota le quitó la vida a Isaac Rabin, el 4 de noviembre de 1995. El recordado primer ministro israelí cumpliría hoy 95 años de edad. Nació en 1922, en Jerusalén. El día del asesinato, un discurso de paz precedió al sonido de las balas.  El veterano político se había dirigido a 100.000 personas desde la Plaza de los Reyes de Tel Aviv, abogando por una paz firme con los palestinos, los eternos enemigos.

En un principio, Rabin uso las armas como voz. De joven perteneció a la Palmaj, unidad de combatientes que luchó por la creación de un estado israelí. Todo eso cuando Palestina estaba aún bajo el dominio británico. En 1974, dentro del Kneset -el parlamento hebreo-, cambió las balas por las palabras. Se forjó políticamente en el Partido Laborista y, en junio de ese año, tomó las riendas del país asumiendo el cargo de Primer ministro, ante la dimisión de Golda Meir.

¿Cuál fue su actitud ante los palestinos? Rabin tuvo que enfrentar el estallido, el 9 de diciembre de 1987, de la Intifada o “guerra de las piedras”. El incumplimiento de promesas del Estado hebreo y las precarias condiciones sociales en los territorios ocupados aceleraron la violenta sublevación. Por coincidencia, ese mismo año nace Hamas, un grupo antiArafat, de ideas extremistas.

En octubre de 1991 se inicia la conferencia de paz en Madrid, donde participaron las delegaciones de Estados Unidos, Unión Soviética, Israel, Siria, Egipto, el Líbano y una representación conjunta palestino-jordana. En el frente interno, en junio de 1992 las elecciones son ganadas por los laboristas –históricamente más proclives al entendimiento-. Por eso en julio se frena el establecimiento de asentamientos judíos en las zonas ocupadas.

Los radicales integristas palestinos inician una serie de atentados para minar los acercamientos entre Rabin y Arafat, a quien consideraban un traidor. En un acto terrorista matan a seis soldados en el Líbano en octubre de 1992. Rabin se ve obligado a responder para no ser tildado de “débil”, ordenando un ataque a los campamentos palestinos.

El 31 de agosto de 1993, el Gabinete Israelí aprobó un acuerdo con la Organización para la Liberación de Palestina, OLP, poniendo las bases para un autogobierno palestino en Cisjordania y Gaza. Momentos previos a la votación, el primer ministro Rabin instó a correr un riesgo en nombre de la paz. Y así fue.

Probablemente, su sentencia de muerte la firmó el 13 de setiembre de ese año, después del apretón de manos con Yasser Arafat en la Casa Blanca, con ocasión del acuerdo de Washington. Este tratado permitió algunas conquistas por parte de los palestinos, como la retirada militar de los israelíes de Jericó. Él, por su parte, vio retribuido sus esfuerzos pacifistas con el Premio Nobel de la Paz de 1994, que recibió junto a Arafat y Simón Peres.

A pesar del galardón, el político israelí sabía de las amenazas de los "propios" como de los "ajenos", incluida la Yihad Islámica. Rabin estaba jugando con fuego. Había criticado a los colonos judíos de Gaza y Cisjordania, tildándolos como obstáculos para lograr la paz con los palestinos. Los llegó a llamar "saboteadores". Incluso, un dirigente lo había alertado, ya en junio 1994, de un plan para asesinarlo.

Igal Amir, el joven estudiante ultranacionalista que apretó el gatillo, tenía las cosas claras sobre su acción. “Decidí matarlo y no me arrepiento de ello”. Amir cumple cadena perpetua, aunque el sector extremista que simpatiza con él ha pedido que se le recorte la pena.

En los funerales de Rabin podríamos encontrar la respuesta a su conducta política, amplia y concertadora. Estuvieron Bill Clinton, presidente de Estados Unidos; el rey Hussein de Jordania, Felipe González, presidente del Gobierno español; Hosni Mubarak, jefe del estado egipcio, entre otros. Por cuestiones de seguridad, Yasser Arafat no pudo estar presente, pero canceló todas sus actividades para observar por televisión el entierro de Rabin. Sin embargo, días más tarde visitó a la viuda del líder israelí.