El año de los incendios, por Pedro Ortiz Bisso
El año de los incendios, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

En el Perú las únicas leyes que se respetan son las que no están escritas. Una de ellas es la que manda que la historia se repite. Siempre. La crisis del Poder Judicial, la ineptitud del Congreso, el mercantilismo empresarial, la falta de principio de autoridad… ¡Hasta los problemas del fútbol! Sumérjase en un archivo y encontrará que hace 50, 60 o más años se hablaba de lo mismo que ahora. El incendio en Larcomar parece ser un desgraciado deja vu solo que con distintos protagonistas.

En ocasiones, el infortunio derriba las previsiones más aceradas; no obstante, en el caso del siniestro ocurrido en las salas UVK, hasta el momento se acumulan indicios de que hubo más de un acto negligente.

El jefe de la Dirección de Seguridad del Estado de la PNP, Carlos Tuse, ha declarado que los cines subterráneos del centro comercial eran “una trampa mortal” y no contaban con aspersores. Su sentencia fue más grave aun: no entendía cómo habían recibido licencia de funcionamiento. El alcalde de Miraflores, Jorge Muñoz, ha señalado que la última inspección que se hizo en el lugar fue en marzo de este año, y que si bien las salas contaban con sistemas contraincendios, estos no eran los que exigen las normativas actuales. 

Las explicaciones parecen un calco de las que se dieron luego del incendio de la discoteca Utopía, el 20 de julio del 2002, y otros desastres posteriores. Abundan las denuncias, los pedidos de explicaciones, los compromisos de realizar investigaciones “hasta las últimas consecuencias”. Solo falta que el Congreso –como lo hizo cuando ocurrió la desgracia en la discoteca– designe una comisión investigadora. Sería el colmo del figuretismo. 

Aunque el espíritu conspiranoico busca los más esperpénticos causantes, la data acumulada por el Cuerpo General de Bomberos apunta hacia razones más mundanas. Si bien es habitual que durante la temporada navideña el número de incendios crezca (aumenta el número de compradores, las conexiones eléctricas se sobrecargan, los locales se repletan y abunda el maldito “no pasa nada, hermanito, sigue nomás”), el número de siniestros ha crecido peligrosamente. A octubre de este año, ya era mayor al de todo el 2015 (9.982 contra 9.473). Solo en ese mes hubo 1.031 incendios, 400 más que el año pasado. 

Aquí hay un asunto de responsabilidad en el que está involucrado no solo el empresario desprejuiciado o el funcionario corrupto sino también el descuidado ciudadano de a pie. Los ajustes en la normativa o los controles municipales no funcionan si no hay voluntad por cumplirlos. Los causantes del incendio en Larcomar deben pagar sus culpas, pero en general todos debemos tomar las medidas de seguridad más en serio. 

Y es que estas no son un sobrecosto ni una molestia. Es aquello que puede permitirnos seguir con vida o salvar las vidas de otros. 

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