"Un año más de Lima sí importa", por Jorge Ruiz de Somocurcio
"Un año más de Lima sí importa", por Jorge Ruiz de Somocurcio
Jorge Ruiz de Somocurcio

Este lunes se celebran 481 años de la fundación española de Lima, mientras la fundación preínca se pierde en la noche de los tiempos hace 2.000 años.

Hasta inicios del siglo XX, la capital vivía plácidamente con 600.000 habitantes. Luego llegó el “desborde popular”. Las grandes oleadas migratorias del campo a la ciudad desde los años 50, obtuvieron refugio y servicios básicos en la urbe, que de algún modo sirvieron para amainar la explosión social en el campo. Lima aumenta 4 veces más y supera los 2 millones en 1961 empezando un vertiginoso proceso de crecimiento que no se detiene hasta hoy, con los, aproximadamente, 10 millones de habitantes y una proyección de 13 millones para el 2035. Este proceso no fue acompañado por un desarrollo urbano con equidad; al contrario: una estructura urbana feudal, centralista y sin herramientas de futuro fue rebasada por la informalidad.

El resultado es una mancha urbana de casi 100 km en el sentido norte-sur y 30 km en el sentido este-oeste, con una ciudad costosa de atender cuyo urbanismo de la pobreza cobija desigualdades extremas.

Lima conserva extraordinarias señales de esplendor pero, con una estructura de gobierno incompatible con el desarrollo de sus potencialidades. No se trata de mejores o peores alcaldes que no son sino administradores de crisis, sino de una forma de gobierno que tocó fondo y no resuelve. No va más.

Solo en recursos, Bogotá tiene un presupuesto de US$5.300 millones con casi 9 millones de habitantes, Sao Paulo US$9.000 millones para casi 12 millones, Quito, US$1.500 millones para 2,5 millones de quiteños y Lima, míseros US$394 millones.
Los componentes claves para un crecimiento ordenado son: territorio, infraestructura, servicios básicos, recursos naturales y gestión. Las ciudades exitosas en el mundo son aquellas que tienen dichos componentes bajo una sola orientación y gobierno y pueden tomar decisiones previsibles y asegurar su cumplimiento.

En Lima, todos los componentes antes señalados están divorciados y no configuran una estructura de decisiones.

Los aspectos fundamentales de calidad de vida padecen un deterioro sin solución a la vista: la movilidad urbana, el manejo ambiental, el crecimiento ordenado, están en peores condiciones que hace unas décadas.

A falta de un nuevo modelo de gobierno, un plan de ordenamiento territorial, consensuado como carta de navegación y la adopción de proyectos estratégicos podrían marcar pautas irreversibles para reorientar el curso de la vida en la capital. Por ejemplo, reconfigurar y recuperar la Costa Verde, regenerar el espacio urbano del Centro Histórico y la periferia, transformar los ríos en parques lineales o diseñar un nuevo modelo de movilidad.

Esta es una opción que podría hacer suya el alcalde, pisando firme en una de las pocas competencias que no le han sido arrebatadas: la calificación de usos del suelo, contando con viento a favor en tiempos de cambio de gobierno.

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