Viernes 23 de enero del 2015. Un taller de pinturas era consumido por el fuego en Villa María del Triunfo (VMT). Esa mañana, 20 unidades de de diferentes compañías llegaron para controlarlo. Poco después, siete bomberos que ingresaron al local quedan envueltos en llamas y se salvan de morir luego de que cilindros con productos inflamables explotaran.

El incendio se registraba en el cruce de las avenidas Andrés Rázuri y Manco Cahuide, en la zona de Tablada de Lurín. El denso humo se podía ver a kilómetros de distancia. Al mediodía, la situación ya estaba controlada o, al menos, eso parecía. Los bomberos José Carranza, Marco López y Johan Yanulaque, de la compañía José Olaya 13 (de Chorrillos), ingresaron al local para asegurarse de que nadie estuviera adentro. También lo hicieron Ricardo Ponce de León, Percy Pahuara, José Baños (de Villa María) y Manuel Brugmann (de Surco).

Cuando todo parecía haber terminado, una súbita explosión avivó las llamas y los voluntarios –aún dentro– se vieron envueltos por el fuego. Todo ocurrió en pocos segundos: entre empujones, Ricardo Ponce de León salió primero, luego José Carranza apareció con el cuerpo y el rostro encendidos. La imagen era muy fuerte: Carranza trataba desesperadamente de combatir las llamas que quemaban su rostro, pero sus manos también estaban prendidas.

Una explosión reavivó las llamas en el taller de pinturas de Villa María del Triunfo cuando los bomberos estaban adentro. Esto ocurrió en enero del 2015. (USI)

Una explosión reavivó las llamas en el taller de pinturas de Villa María del Triunfo cuando los bomberos estaban adentro. Esto ocurrió en enero del 2015. (USI)

En medio de la conmoción, algunos colegas y vecinos atinaron a rociarle agua. Mientras esto ocurría, en un acto de valentía, Ricardo volvió a entrar para sacar a sus compañeros y su pantalón se prendió. Desde adentro, Johan Yanulaque empujaba a sus colegas para que salieran.

El taller estaba inundado. El agua hirviendo se coló entre las botas de Johan y le quemó los pies. Lo mismo le pasó a Percy Pahuara. “A mí no me importa morir si sé que voy a salvar a otra persona”, declaró Yanulaque días después del incendio, mientras se recuperaba de las lesiones causadas por el agua caliente.

Carranza, quien resultó con el 18% del cuerpo quemado, se ha ido recuperando poco a poco. Estuvo 34 días internado en el hospital Guillermo Almenara, varios de ellos en la unidad de cuidados intensivos (UCI). Se temía lo peor pero se salvó, y lo primero que hizo al ser dado de alta fue regresar a la compañía José Olaya a seguir prestando sus servicios.

“Todos los bomberos estamos medio locos”, afirma José Carranza. La frase suena divertida, aunque se lo ve triste. Sobran los motivos. Enterarse de la muerte de Alonso Salas, Raúl Sánchez y Eduardo Jiménez en un incendio en El Agustino, esta semana, no solo le ha destrozado el corazón, sino también lo ha transportado a su trágico 23 de enero. Recuerda que cuando era trasladado en la camilla, pensaba en su pequeña hija. “Ahora pienso en el dolor de los padres y familiares de los chicos [bomberos caídos en El Agustino]. Es muy fuerte”, expresa.
 
—“Ojalá no deban morir más”—
En los ojos de Ricardo hay una mezcla de rabia y tristeza. “Lo que nos sucedió el año pasado fue una alerta,  pese a ello no se ha hecho nada. Ojalá no deban morir más compañeros para que se tomen las medidas adecuadas”, reclama.

“Los bomberos no somos unos pobrecitos que necesitamos ayuda. Nosotros damos un servicio gratuito porque nos importa la sociedad. El Estado, como mínimo, debería garantizar nuestra seguridad”, agrega Ponce de León.

Percy Pahuara dedica sus labores diarias a su colega fallecido Alonso Salas, a quien conoció y con quien compartió momentos en diversas comisiones. “Se fue pero nos ha dejado mucho. Solo pedimos respeto y que nuestros equipos de protección sean los adecuados para seguir siendo bomberos voluntarios, dice”.

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