Mientras José exponía su integridad por una desconocida, nuestras autoridades daban muestras de su acostumbrada inoperancia.
Mientras José exponía su integridad por una desconocida, nuestras autoridades daban muestras de su acostumbrada inoperancia.
Pedro Ortiz Bisso

José Zuleta Gómez hizo lo que pocos harían. Porque, seamos sinceros, cuando ocurren hechos despreciables en la calle, muchos prefieren mirar a otro lado. O, lo que es peor, sacar el celular para grabar lo que sucede pensando en el próximo post en Facebook o el corazoncito que recibirán en Instagram.

Cuando Julio César Mogollón roció con gasolina el cuerpo de Brigitte Flores Luna, José no era el único que se encontraba cerca. Varias personas observaban la discusión. Y nadie se acercó. Ni siquiera lo hicieron cuando Mogollón sacó un encendedor y amenazó con prenderle fuego a Brigitte.

José no tuvo miedo y no cejó en sus intentos por separarlos (“No me gusta que maltraten a las mujeres”, diría después). Lo hizo sin darse cuenta de que su canguro ardía. Pudo haber salido herido. O perdido la vida.

Mientras José exponía su integridad por una desconocida, nuestras autoridades daban muestras de su acostumbrada inoperancia. Más allá de la negativa de Brigitte a denunciar a su atacante, el Estado no puede seguir desprotegiendo a las víctimas.

Mogollón fue recapturado por la presión mediática. De no haberse difundido el video con su agresión, probablemente en estos momentos estaría libre, quién sabe haciendo qué. Pero volvamos a José, un chico de 25 años que se gana la vida limpiando autos en la urbanización Apolo, en La Victoria

¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de exponer nuestras vidas como lo hizo él? Piénselo.

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