"El difícil camino de la participación", por Ruiz de Somocurcio
"El difícil camino de la participación", por Ruiz de Somocurcio
Jorge Ruiz de Somocurcio

En la década de los 80 ganó la alcaldía de Lima Alfonso Barrantes Lingán, culminando una etapa histórica en que por única vez se juntaron todas las corrientes y  partidos de izquierda bajo la simple denominación de Izquierda Unida. Iba como teniente alcalde Henry Pease, quien realmente condujo el gobierno metropolitano; Barrantes fue la  figura política.

Por primera vez se acuñó ahí el concepto de “planificación con participación ciudadana”, al formular el Plan de Desarrollo de la metrópoli, que reivindicaba el largo camino de las organizaciones vecinales  haciendo ciudad. Lima tenía 5 millones de habitantes. Este proceso acompañó la llamada década perdida económicamente en América Latina pero que en lo social significó  un avance y consolidación de los movimientos vecinales.

El triunfo del alcalde Andrade el año 1995 inició la caída de la dictadura fujimorista al derrotar al delfín Jaime Yoshiyama, quien  venía con “todo el apoyo” y marcó una pauta en el proceso de negociación con  actores sociales. Especialmente con los comerciantes callejeros.

La Constitución del 1993 incorporó la noción de participación ciudadana y finalmente la Ley de Municipalidades 27972 del 2003 recoge las demandas de la sociedad civil y consagra el “Plan Concertado” y el “Presupuesto Participativo” vigentes hasta el día de hoy aunque en realidad el sentido de la presencia ciudadana se ha ido escamoteando. Los planes urbanos de los  municipios, con excepción, son poco concertados y además no convierten en vinculantes las propuestas excepto la zonificación, que es la gran mesa de negocios de las municipalidades.

El presupuesto participativo, en realidad, orienta y/o propone proyectos en no más del 20% del presupuesto municipal, considerando que la mayoría de gobiernos locales destina aproximadamente el 70% de su presupuesto a gastos corrientes. Es casi un saludo a la bandera.

El crecimiento económico de la última década marcó la entronización del individualismo y el desmontaje de las reivindicaciones  vecinales. Se perdió interlocución.

Luego, la participación ciudadana se fue convirtiendo en una bella durmiente arropada por el crecimiento económico que desarticuló las redes vecinales de solidaridad, la ayuda mutua y los liderazgos.

Sin embargo, el 2002 aparece un inédito esfuerzo periodístico que  apuesta darle voz a los que no la tienen: las Audiencias del diario El Comercio.

Año tras año se han convertido en un espacio que ha sabido combinar la frescura de una denuncia a un problema cotidiano, con la opinión de especialistas y expertos.

Han llenado de alguna manera el vacío de opinión ciudadana. En ese contexto  aparecen los movimientos contestatarios  hoy en Lima.

Las y los colectivos han empezado a reclamar ser tomados en cuenta. Ese es el nuevo mensaje en la escena urbana pero que requiere de una visión integral. Si no se entiende, cualquier propuesta para la ciudad que no tenga un mínimo consenso corre el riesgo de ir al fracaso.

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