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Inseguridad, la guerra que seguimos perdiendo, por Pedro Ortiz

Nuestro columnista se refiere a la muerte del periodista José Yactayo y a la inseguridad que vive nuestro país

Inseguridad, la guerra que seguimos perdiendo, por Pedro Ortiz

Inseguridad, la guerra que seguimos perdiendo, por Pedro Ortiz

La muerte, además de igualarnos, tiene la extraña y repentina capacidad de encontrar supuestos atisbos de bondad en seres despreciables, cuyo único fin en el mundo pareciera haber sido malograrle la vida a todo aquel que tuvieran enfrente.

No hay muerto malo, dicen, y los perfiles post mórtem, las charlas en los velorios, las conversaciones de café se transforman en ampulosas fantasías, repletas de lugares comunes, “porque hay que respetar al difunto”. Y no se admite nada más.

En el caso de Pepe Yactayo no se cumple esa regla porque era un hombre bueno. En todo el sentido de la palabra. Así lo recuerdan quienes lo conocieron, no solo familiares, amigos o compañeros de trabajo.

Así lo recuerdo yo también, cuando a fines de los ochenta, en plena tormenta del primer alanismo, lo tuve como jefe de práctica en la Facultad de Ciencias de Comunicación de la Universidad de Lima. 

Recuerdo, sobre todo, su paciencia puesta al límite al intentar domar a un grupo de palomillas de ventana (porque eso éramos, ni más ni menos), que pretendía transformar en sonidos las ideas supuestamente innovadoras que se nos ocurrían durante el curso de radio.

No cejaba. A pesar de nuestras provocaciones, nuestras bromas tontas, de nuestros intentos por quebrar su envidiable tolerancia.

Su paso como editor de los principales programas periodísticos de la época lo colocó en otra categoría profesional. También las telenovelas, los documentales y su compromiso con la gastronomía. “A fuego lento” y “20 lucas” son muestras de la amplitud de su mirada y su inquietud por abarcar otros contenidos desde diversas perspectivas.  

Pero no hace falta conocerlo para sentirse conmovido por su partida, más aun por la manera en que ha ocurrido. Las preguntas que genera el salvajismo con que encontró la muerte se reducen a una sola: ¿en qué momento nos convertimos en una sociedad tan enferma, en la que se puede acabar con la vida de una persona con tamaña bestialidad?  

Hace dos semanas, a un enajenado se le ocurrió salir de cacería en una zona comercial de Independencia, luego de que un funcionario municipal le impidiera trabajar en la calle. 

Días después, en una entrevista dada a este Diario, el ministro del Interior señalaba que los asaltos eran más violentos que antes, y que ello contribuía a que la percepción de inseguridad sea “altísima” en Lima.

Pero existen también otros componentes que el ministro Basombrío no está tomando en cuenta: la falta de liderazgo, la sensación de que estamos a la deriva, de que no existe un norte definido. Y no es algo que surja a partir de la muerte de un periodista, se aprecia en el día a día. Y en esas condiciones, no hay manera de que podamos ganarle la guerra a la inseguridad. 

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