“No sé quién es, ni me interesa”, por Pedro Ortiz Bisso
“No sé quién es, ni me interesa”, por Pedro Ortiz Bisso

Cada ciclo, en los centros de estudios donde ejerzo la docencia, aguardo con cierta esperanza que alguno de mis alumnos se sonría y, mientras diga entre dientes un “ya pues, profe”, conteste esta pregunta inocentona que suelo hacer en los primeros días de clase:

–¿Alguien sabe quién es John Wayne?

La respuesta que suelo recibir es un silencio sepulcral y un concierto de rostros que desvía la mirada sin mayor culpa.

Esta semana, el tema de conversación fue la entrevista a . Cuando intenté iniciar el debate sobre si era válido entrevistar a un terrorista que acababa de cumplir su condena, me percaté de que el grueso del aula de veinteañeros no tenía la menor idea de quién hablaba, lo cual comprobé tras una rápida ronda de preguntas. “No sé quién es y no me interesa saber de él”, me respondió cortante uno de ellos, como si mi interrogante fuera una odiosa impertinencia a su divina ‘pulpinidad’.

No me di por vencido y empecé a contarles sobre las dificultades que pasó mi generación cuando teníamos su edad. Les dije que ir al cine no era tan fácil como ahora porque de vez en cuando los senderistas ponían una bomba en uno de ellos. Que los apagones eran cosa de casi todos los días, que si íbamos a una fiesta debíamos regresar a casa antes de la medianoche o seguir el bailongo hasta el otro día por el toque de queda.

Me ahorré la historia de la leche Enci, el pan popular y la aventura diaria de bañarse con un jarrito, pero les hablé sobre el salvajismo de los asesinos emerretistas, sus secuestros y esos hoyos hediondos llamados ‘cárceles del pueblo’ donde escondían a sus plagiados.

Les dije que en otros lugares del país la pasaban peor. Que muchos pueblos fueron arrasados por las hordas de Abimael Guzmán, que cientos de inocentes fueron víctimas del salvajismo de un sector de las Fuerzas Armadas. Recordé las viviendas destrozadas y los poblados fantasmas que vi camino a Vilcashuamán, cuando me tocó reportear el regreso a casa de dos comunidades ayacuchanas.  

No olvidé la historia de la sospechosa fuga de Víctor Polay Campos, en los estertores del primer gobierno aprista, ni otros momentos de vergüenza y terror.

La indiferencia de sus miradas, el pesado silencio cuando esperaba alguna pregunta aumentaron mi desilusión.

Pero antes que culpar a nuestros ‘millennials’ criollos por su impasibilidad ante el pasado reciente, deberíamos ser nosotros, los que pasamos las noches a la luz de las velas acompañados por la bondadosa voz de  Miguel Humberto Aguirre, quienes deberíamos preguntarnos qué hemos hecho para mantener vivos esos sucesos.

¿Nos hemos preocupado por difundir lo ocurrido? ¿Hemos fomentado la reflexión, el pensamiento crítico?

Que la indiferencia de las nuevas generaciones no nos releve de reconocer la parte de culpa que nos toca.