Miraflores tendría acantilados con geomallados en dos meses
Miraflores tendría acantilados con geomallados en dos meses
Enrique Vera

Atravesar Miraflores por la Costa Verde bajo la grave posibilidad de más desprendimientos rocosos, será una cruz que los usuarios de esa vía aún deberán llevar los próximos 60 días. La Empresa Municipal Administradora de Peajes (Emape) estimó que el final de los trabajos de enmallado al pie del acantilado y el recubrimiento del talud con las geomallas será, necesariamente, en ese plazo.

El arquitecto Javier Sota Nadal, presidente de Emape, dio cuenta ayer de dos etapas ya definidas en Miraflores. La primera debería terminar “en cuatro días” y contempla labores de limpieza e instalación de nuevas mallas unidas a postes de concreto, en el borde de la pista, más el encimado de las que ya estaban hasta una altura de cinco metros. El siguiente paso será colgar las geomallas, “a manera de velo”, desde la cima del talud, así como el reforzamiento de la instalación con un sistema de anclajes espaciados, según lo detalló a El Comercio Iván Infanzón, gerente general de la empresa municipal.

Actualmente las obras se concentran en el tramo comprendido entre Playa Waikiki y Makaha, donde hace 10 días una roca cayó desde lo alto del acantilado y dio en un niño de 3 años que quedó en estado de coma. Pero el principal riesgo también sigue focalizado ahí. En un recorrido por el citado sector, este Diario corroboró que la caída de piedras continúa. Ayer, por ejemplo, los deslizamientos se registraron a la altura del club Terrazas.

Alejandro Moreno Bocanegra, gerente de Obras y Servicios Públicos de la Municipalidad de Miraflores, señaló a El Comercio que los nuevos incidentes habrían tenido que ver con los trabajos para el retiro de los sólidos que están propensos a desprenderse, en la parte media y alta del talud. Ahí, remarcó, el acantilado tiene casi 300 metros de largo y una altura promedio de 50 metros. La pendiente es de 80 grados. Hasta ayer, el funcionario no había sido informado por Emape de los plazos consignados para las obras en su distrito, ni de la confirmación en el instalado de las geomallas.

“Hemos comunicado a Emape que lo recomendable es la colocación del geomanto en el talud, sobre todo en el punto crítico (playa Waikiki, Bajada Balta, playa Delfines) para dar protección al circuito de vías. Todavía no tenemos respuesta de eso ni en cuánto tiempo se terminan las obras en Miraflores. Aún estamos en el proceso de limpieza y esquinche”, refirió.

SAN ISIDRO Y CHORRILLOS
De cumplirse el plazo calculado por Sota Nadal,  las tareas de rehabilitación en la Costa Verde se trasladarían aproximadamente desde abril a San Isidro y Chorrillos, en paralelo. El titular de Emape aseguró en una entrevista radial que el tramo correspondiente a San Miguel “ya tiene una seguridad razonable para viandantes y vehículos”. “De San Isidro a Chorrillos también pondremos todas las mallas necesarias y, si no hay ningún problema, en cinco o seis meses toda la Costa Verde ya tendrá la seguridad adecuada. En este proyecto hay 150 millones de soles”, dijo.

Entonces, la instalación de geomallas no sería total sobre los acantilados que corresponden a ambos distritos, sino solo en lo que Emape consideraría como “zonas críticas”. Es decir, la sección del acantilado muy cercano a la vía y con una pendiente mayor a 75 grados, en palabras del gerente Infanzon. Además, “con una alta presencia de bolonería suspendida o a punto de caer en el acantilado”.

RIESGOS Y PRIORIDADES
¿Es importante la incrustación de mallas al borde de la pista, ahora en Miraflores y después en San Isidro y Chorrillos? El ingeniero especialista en Geotecnia del Colegio de Ingenieros del Perú, Jesús Manuel Prado Meza, detalló a El Comercio que la protección será nula con esas barreras por cuanto se trata de evitar una caída rocosa y no de contenerlas. Su única utilidad en ese caso sería para restringir el acceso de personas hacia la pendiente, sostuvo. Para el especialista, el problema quedaría resuelto plenamente solo con la colocación de las geomallas y los anclajes, aún en las zonas que no aparenten ser riesgosas.

“La piedra que se desprende va rebotando en su caída y cada vez aumenta de velocidad. Al ir chocando, cambia también su trayectoria y se eleva hasta llegar a la pista. Hay otras que quizá no sigan un movimiento así y pueden ser contenidas por las mallas en pista, pero de eso no se trata. Lo que se requiere es evitar los deslizamientos. Hay zonas en la Costa Verde que son de mayor altura y otras de pendiente moderada o menor riesgo, sin embargo, la seguridad debe estar definida en relación con las geomallas. Eso sí, se debe atacar primero las zonas de alto riesgo”, explicó.

Al tratarse de un verano con vientos fuertes, los desprendimientos serán constantes, pues se originan cuando el aire se lleva la arena que está entre piedra y piedra, indicó. “Cualquier movimiento, y a veces sin que eso ocurra, una roca cae al quedar totalmente liberada. La piedra que afectó al niño no cayó por un sismo ni porque una mano la empujó, la única explicación es el tema del viento, de eso estoy convencido”, manifestó.

Para el revestimiento de taludes, Prado señaló que existen distintos tipos de geomallas: existen metálicas y de plástico. En cuanto a la Costa Verde, el experto consideró necesaria la utilización de las del primer tipo, es decir, aquellas galvanizadas que puedan contrarrestar el ataque de las sales en la brisa marina.

Si bien coincidió con el tiempo estimado por Emape para la culminación de los trabajos, el ingeniero hizo hincapié en que, tal como Miraflores, la entrada al balneario de La Herradura es también una zona muy vulnerable, aunque de otro tipo. El riesgo ahí no solo está en la pendiente, sino por el tipo de piedras con puntas, o lajas “a manera de cuchillas”, que conforman ese talud. Caen chicas y grandes, alertó. “No se está hablando de ese tema, y peor aún porque por ahí los carros circulan pegados al material rocoso”. ¿Se habrá tomado en cuenta eso en el cálculo de plazos?