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De noche Lima es tierra de nadie

Raúl Castro, editor de Sociedad de El Comercio, reflexiona sobre la degradación y el potencial del centro histórico

De noche Lima es tierra de nadie

De noche Lima es tierra de nadie

Caminar por el Centro Histórico de noche es un deporte de aventura. 

De día, todo bien: el Cercado bulle de gente y vibra con los ejecutivos, los turistas y el comercio que toman sus calles y hacen de esta capital una de las más atractivas de América del Sur. Pero de noche, cuando caen las sombras, digamos que Mr. Hyde sale a dar un paseo.

Cuando los gerentes de cuello y corbata regresan a sus casas al final de la jornada laboral, y los viajeros del mundo guardan sus cámaras para volver al hotel, el Centro de Lima entra en “modo sórdido”. 

Los carteristas, los arrancadores de bolsos, los pirañas de teléfonos móviles, se apoderan de avenidas y calles de la otrora Ciudad de los Reyes para declararla zona liberada.

Los que salimos tarde de trabajar en los alrededores de la Plaza de Armas solemos evitar las avenidas grandes por temor a los hurtos al paso. Prescindimos de avenidas como Tacna, Emancipación o Abancay, donde abundan los “pájaros fruteros”, para salir raudos y sin escalas con los buses del Metropolitano o con taxis de estación. Evitamos también jirones como Cailloma, Torrico, Zepita o Callao, por las que hay que transitar “a mil ojos”, como advierte el periodista Luis García Panta, experto en seguridad. 

Esto es de 7 a 10 p.m. Porque de ahí en adelante el Centro se cambia de faz, la iluminación se hace rala, y la vigilancia de serenos y policías prácticamente se vuelve inexistente.

Es entonces que el reducido circuito de vida nocturna juvenil empieza su actividad.
 
Mientras en el Jirón de la Unión se instala un mercado de pulgas, y en Lampa el meretricio de travestis, a la Plaza San Martín y alrededores llegan cientos de jóvenes a los bares y pubs de rock alternativo en animada “misión comando”.

Del bar “Munich” a la barra del “Bolívar”, de “El Directorio” al “Yakana”, la moda de explorar las cavernas “pop” de la ciudad histórica ya lleva varios años esperando mejores condiciones, y más amplias y seguras ofertas. Casi todos los celebrantes tienen una historia de cogoteo y también una de secuestro y expolio víctimas de taxistas que circulan aparentemente con todas las de la ley.

Lo de Lima no es nuevo. Casi todos los centros históricos de América Latina y el Caribe han experimentado durante los últimos cincuenta años primero esta degradación y luego su gradual renovación. En todos los casos la voluntad política de las autoridades ha sido clave.

A puertas de una nueva carrera electoral por el sillón municipal, se hace imprescindible fijarse de nuevo en el Centro Histórico como tema de agenda. Ahora sí, en forma seria y definitiva. No solo para recuperarlo como espacio de solaz, sino sobre todo para devolverle vida cívica y habitación familiar, única forma por la cual esas viejas carcasas urbanas que se están viniendo abajo se defiendan solas. 

Un centro histórico pleno, en el que se pueda vivir y el cual se pueda visitar tranquilamente de noche, no es solo materia de interés turístico o comercial. Es sobre todo un asunto de identidad, una cuestión de amor propio que tenemos pendiente de abordar como comunidad. Tras ello el brillo del pasado volverá solo.

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