Cuando uno camina por las calles de Chorrillos, tarde o temprano escucha el golpeteo seco de los guantes, el jadeo de alguien al borde de la asfixia, y la voz firme, sin concesiones, de José Luis Cabrera Castillo. De día o de noche, a los pies de un parque o en la acera de algún barrio, el veterano boxeador, quien hace más de 40 años abandonó el ring para refugiarse en la contabilidad y los menús de su restaurante, ha vuelto.