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Se volvió independiente para ayudar a niños con discapacidad

Vanessa Díaz tiene 41 años y es publicista. Dejó un trabajo a tiempo completo en una agencia y se volvió independiente para poder dedicarle más horas a un hogar para personas con necesidades especiales. También busca donantes que permitan sostener este proyecto.

Como todas las semanas, Vanessa Díaz visita el hogar Las Bienaventuranzas, en la Tablada de Lurín, Villa María del Triunfo. Una niña la ve llegar y corre a abrazarla. “Hola, tía”, le dice y la acompaña para que salude al más pequeño de los albergados: un bebé de 3 meses con síndrome de Down y cardiopatía. Su madre, una adolescente que sufre de esquizofrenia y alcoholismo, lo entregó al gobierno y este, a su vez, se lo encargó al hogar.

Al pequeño lo han vestido con una camiseta de la selección nacional de fútbol. Vanessa se acerca a su cuna, lo carga y lo besa. “Hola, Ismaelito”, le susurra. Otro niño de 7 años se le aproxima para que lo balancee. Luego va en busca de sus zapatillas y se las entrega a Vanessa para que ella se las coloque y lo saque a pasear.

— ¿Cómo te iniciaste como voluntaria?
Comencé viendo cómo cumplir los deseos de algunos niños usando como referencia a la fundación ‘Make a wish’. A la par hacía otras obras sociales, pero de manera dispersa. Cuando llegué a Las Bienaventuranzas, a fines del 2013, el hogar era muy pobre. El cuarto de los niños tenía techo de calamina, el agua se filtraba. Era bastante duro.

[El hogar fue fundado por el padre Omar Sánchez Portillo a mediados del 2009, con la llegada del primer albergado, un hombre de 33 años con síndrome de Down, parálisis en la mitad del cuerpo y epilepsia. Al poco tiempo le dejaron un bebé que no había cumplido ni 1 año . Era hijo de un recluso. La madre había fugado al verse sola.

Al inicio la casa subsistía con el sueldo del párroco. Pero el dinero no alcanzaba. Así que el sacerdote debía amanecerse ‘taxeando’.
Ahora tiene 219 albergados. Todos son personas que necesitan atención las 24 horas del día, que tienen alguna discapacidad física o cognitiva. Hay un área especial para niños con parálisis cerebral donde viven 14 niños y adolescentes.

El Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables les envía un médico, cuatro enfermeros, cuatro técnicos y una terapista de lenguaje para atender a la población. Pero la alimentación y el vestido de las 219 personas atendidas siguen dependiendo enteramente del dinero que el hogar pueda recaudar]

— ¿Qué pasa cuando las donaciones no son suficientes? Tengo entendido que el 54% de los gastos de la casa dependen de la caridad de la gente.
Estamos fomentando desde marzo de este año la afiliación de donantes recurrentes a través del débito automático. Esto lo pueden hacer a través de la página web: asociacionbienaventuranzas.org.pe/donaciones-recurrentes/. Si no pueden dar dinero, me gustaría que la gente brinde su tiempo para ayudar a otros.

— Además de dinero, ¿qué tipo de donaciones suelen recibir?
Mucha gente envía cosas con huecos, muñecas sin brazos, ropa sucia, con hongos. Da cólera. Yo soy la encargada de seleccionar lo que sí puede ser utilizado. Pero también hay personas que envían cosas en buen estado, a veces nuevas, empaquetadas y hasta por tallas.

[En el área de ancianas, Mercedes, desde una silla de ruedas, le pasa la voz a Vanessa. Acaba de tomar una taza de avena y le queda una porción de queque en la mano.]

— ¿Cómo llegó Mercedes a este centro?
Un amigo la encontró en un basural en Chosica y me llamó. Eso fue hace dos años. “¿En el hogar al que tú vas la podrán tener?”, me preguntó. Hasta ese momento el padre solo albergaba niños, adolescentes y uno que otro adulto en la casa. Desde la llegada de Mechita, han venido 15 ancianitas más. La mayor tiene 86 años.

— ¿Cómo fue el rescate?
La subí a mi carro y la traje al albergue para que me ayuden a bañarla antes de su cita con el médico. Una enfermera voluntaria y un trabajador del hogar salieron a recibirla. Cuando la desvistieron para bañarla, su ropa se deshizo. A mí se me salían las lágrimas. La jabonaron bien, le cortaron las uñas. Yo les iba alcanzando las cosas. Ellos arrodillados en el piso, la trataron como si fuera su propia abuelita. “Ya, mi reina”, le decían para tranquilizarla. Éramos extraños, no entendía lo que pasaba. Los primeros meses (luego de su llegada )la visitaba casi a diario, hasta que se acostumbró.

[Una niña con VIH y síndrome de Down llega en una van del MIMP.  La madre de la pequeña murió de sida. No tiene padre conocido. Vanessa se pone en cuclillas y le da la bienvenida.]


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