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Pilar Coronado, la guardiana de las islas del Callao

La guardaparques y buzo no lucha contra los asaltantes en las calles chalacas, sino contra pescadores ilegales que amenazan con voltear su bote patrulla

Con un embarazo de seis meses y medio, Pilar Coronado, de 29 años, sube a un bote patrulla del Sernanp (Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas) y enrumba a las islas Palomino y Cavinzas, frente al Callao. Va con zapatillas todoterreno, un pantalón cargo, gorra, chaleco salvavidas y unos binoculares, que saca cuando ya estamos mar adentro. “Quizás veamos pingüinos”, advierte.

Los pingüinos de Humboldt son sus animales favoritos. Su hija, de hecho, será posible gracias a uno de ellos. Pilar conoció a su esposo, Christian Wong, cuando era voluntaria en los Pantanos de Villa, en Chorrillos. Un día encontró en la playa a un pingüino joven ciego y con varias heridas de gravedad. Wong, quien es veterinario, lo curó y ella lo mantuvo en los pantanos durante su recuperación.

Pigüi,como lo bautizaron, nunca pudo volver a su hábitat ni integrarse a otros grupos de aves en cautiverio. Pilar lo llevó al zoológico para que estuviera con otros miembros de su especie, pero lo rechazaban. Lo atacaban cuando menos se lo esperaba, todos al mismo tiempo. Un día Pigüi se zambulló en la laguna artificial y no quiso salir. Los veterinarios que lo rescataron lo entendieron como un posible intento de suicidio. Llamaron a Pilar y ella volvió a llevar al ave a los Pantanos de Villa. “Establecimos un gran vínculo. Le graznaba para que él se orientara con el oído”, recuerda.

El ave murió de pena a los pocos meses. Pero la amistad entre Pilar y el veterinario continuó. “En cuanto nazca Micaela, quiero que conozca el mar, que esté cerca de la naturaleza”, dice mientras toca con una mano su barriga y con la otra el agua.

—Pequeños placeres—
Cuando tenía 23 años, Pilar se presentó como voluntaria en los Pantanos de Villa. Inicialmente, iba a ser solo por tres meses. “Luego me di cuenta de que eso era en lo que quería trabajar y me dediqué a estudiar sobre conservación”, cuenta.

La contrataron en el Sernanp y se hizo guardaparques a tiempo completo. “Entre octubre y diciembre, cuando llegaban las aves migratorias, era maravilloso. Sentías que se había construido un techo sobre ti, levantabas la vista y había miles de aves”, recuerda.

Ahora visita las islas guaneras. A veces realiza el conteo de los animales propios de la zona. En estos años ha sido testigo, por ejemplo, de la formación de una pequeña colonia de pingüinos de Humboldt en las islas Palomino. “En el 2015 se podía ver apenas 20 ejemplares en época de reproducción. Ahora se dejan ver hasta 160”.

FAUNA VULNERABLE

Unos 8 mil lobos marinos y 160 pingüinos de Humboldt habitan en las islas Palomino y Cavinzas. Pilar Coronado instruye a pescadores, operadores turísticos y visitantes para que respeten esa vida. “Cada vez que buceo, pienso que un pingüino de Humboldt podría pasar buceando a mi lado y eso me motiva”.

Como es buzo, también aprovecha para sumergirse cada cierto tiempo y realizar otros censos o registrar la calidad del agua. “Cada vez que buceo pienso que un pingüino de Humboldt podría pasar buceando a mi lado y eso me motiva”, dice.

Por el momento se ha topado con latas de leche, llantas, cuchillos y hasta una cocina a kerosene. “También encuentro objetos que los pescadores pierden, como navajas y mandiles”, señala.

Lo máximo que ha permanecido en una isla, de corrido, han sido 15 días. En las islas suele haber una estructura modestísima: una habitación con varias camas donde los guardaparques, hombres y mujeres indistintamente, extienden sus bolsas de dormir. “No tenemos problemas con eso. Acá todos nos respetamos. Somos familia”, explica.

La luz en la choza es limitada. No hay refrigeradora. Pilar lleva solo frutas, verduras y latas de atún o anchoveta. “A veces también cocinamos la pesca del día (hay una cocina pequeña a gas)”, cuenta. Otras comodidades son impensables. “Pero hay tantas cosas por ver que nunca extraño Internet o la televisión”, asegura.

Para subir a las estaciones hay que trepar por una escalera de soga y madera (escalera de gato). En su primer día en la estación Cavinzas, uno de sus compañeros (en el equipo son 6 hombres y 2 mujeres) le dijo: “No vas a poder”. “Me dio cólera. Ni siquiera lo había intentado y ya me estaba diciendo que no podría. Así que con más motivos me agarré fuerte y trepé. Nunca más me volvieron a decir que no era capaz de hacer algo”, recuerda.

—Gajes del oficio—
La mayoría de pescadores que la ven pasar alza la mano para saludarla. Pero, también, existen extractores ilegales que la amenazan.

“Vienen en barcos más grandes, tipo bolicheras, y gritan que nos dispararán si nos los dejamos en paz. Igual tengo que acercarme. Toda profesión tiene su riesgo”, dice. Hasta ahora no le han mostrado un arma, pero sí han hecho el ademán de querer golpear su patrullero, una nave de cuatro metros de largo. 

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