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“Los buitres de San Cristóbal”, por Pedro Ortiz Bisso

En medio de los gritos de dolor, delincuentes despojaron de sus pertenencias a las víctimas del trágico accidente en el cerro San Cristóbal

Cerro San Cristóbal

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Diez personas murieron a consecuencia de la caída del bus turístico que descendía del mirador del cerro San Cristóbal. (El Comercio)

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“Tomen mi frazada”. “Tenemos agua si necesitan”. “Alcancen el cable para sacar a los heridos”. Un bus de pasajeros ha chocado con un camión entre Casapalca y Ticlio, y los sobrevivientes tratan de ayudar a quienes han resultado golpeados.

El hecho ocurrió hace siete años y lo resumió en una carta a este Diario una de las personas que viajaba en el vehículo, quien resaltó la actitud solidaria de los ocupantes “mientras dábamos tiempo a los equipos de auxilio policial y a las ambulancias para que llegaran”.

¡Qué distinta fue la historia del último domingo! Mientras decenas de personas se retorcían de dolor tras el terrible accidente de un bus turístico en el cerro San Cristóbal, unos miserables los despojaban de su dinero y demás objetos de valor. Fueron pocos, afortunadamente.

Otros como Nancy Espinoza, que vive cerca al Club Revólver, acogieron a los heridos. Ella rescató a un bebe de 11 meses, ayudó a otro niño un poco mayor y estuvo al cuidado de Jeremías, un chico de 10 años a quien tuvieron que operar porque se había fracturado una de sus extremidades.

Los buitres de esta calaña no son una rareza. Justamente la carta mencionada al inicio fue publicada en contraposición a una noticia sobre unos salvajes que habían desvalijado a unos heridos tras un accidente.

En “Una canción para el Negro”, de su libro de cuentos “Toque de queda”, Raúl Tola relata la historia de un hombre que sufre un accidente cuando conducía un camión lleno de pollos en Pasamayo.

Atrapado entre los fierros retorcidos, de pronto ve cómo algunas personas se acercan y cree, ilusamente, que será rescatado. Pocos minutos después descubrirá que el objetivo de quienes creía sus socorristas eran las jabas de pollos desperdigadas por la arenosa ladera.

El relato de Tola está inspirado en una historia real, la de su amigo Carlos ‘El Negro’ Flores, quien además de observar con impotencia cómo le robaban el fruto de su trabajo, quedó paralítico tras el accidente.

A decir verdad, las acciones de estos desdichados que abusan de estas situaciones de indefensión no son pocas, ocurren todos los días.

Intentar resistirse al robo de un celular, una cartera o una mochila en cualquier lugar de la ciudad puede ser razón para recibir un balazo.

Con el paso de los años, los llamados delitos menores se perpetran cada vez con más violencia, lo que acrecienta la sensación de vulnerabilidad ante la delincuencia, sea en Lima como en el resto del país.

Son estos padeceres cotidianos los que permiten conocer las profundidades de la miseria humana. Pero no solo de los delincuentes.

El espectáculo que brindaron las municipalidades de Lima y el Rímac con el afán de deslindar responsabilidades ante lo ocurrido fue también un acto de insensibilidad extrema. Una afrenta hacia las víctimas. Una vileza de aquellas. “Los delitos menores se perpetran cada vez con más violencia”.

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