Vista aérea del daño causado en acantilado de la Costa Verde, tras delizamiento. (Foto: El Comercio)
Vista aérea del daño causado en acantilado de la Costa Verde, tras delizamiento. (Foto: El Comercio)
Pedro Ortiz Bisso

Solo después de que una piedra que rodó hacia la pista golpeara la cabeza del pequeño Thiago, por ese entonces de apenas 3 años, y lo dejara en estado de coma, los acantilados de la empezaron a cubrirse de unas redes oscuras que los especialistas llamaban geomallas. Empezaba el 2014. 

Antes habían muerto Frederic Chappaz y Carlos Pardo Figueroa, mientras que Iván Salazar, Édgar Mas, José Luis Vicuña, José Morales Lazo y otros habían salvado su vida amparados en su buena fortuna. Los intempestivos desprendimientos de piedras habían convertido el circuito de playas en un sinuoso corredor de la muerte. 


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Ya en ese momento se decía que la alternativa de las geomallas –cuya colocación se había postergado en varias ocasiones por lo onerosa que resultaba– no podía ser tomada como una solución permanente. Los especialistas advirtieron que los deslizamientos continuarían por la consistencia del terreno (arcilla y grava), presa fácil de la erosión por la humedad y el viento. Sin embargo, se decidió colocarlas. Era una solución cortoplacista, pero rápida, ante una situación que se había escapado de las manos.

Hace nueve días, una parte del talud ubicado en , a la altura de la avenida Sucre, se derrumbó sin dejar heridos. Las geomallas no sirvieron de nada.

El urbanista Angus Laurie recordó en su que estos desprendimientos no debían sorprendernos. Ya en 1940, el terremoto que asoló la ciudad provocó la caída “de los primeros 15 metros de profundidad del acantilado de Chorrillos, incluyendo gran parte del malecón”. Algo parecido, añadió, ocurrió durante el terremoto de 1746, cuando –citando una entrevista a Juan Gunther– se cayó el barranco y “hubo un tsunami con olas de 24 metros”.

Tras el deslizamiento del jueves 8, además de los señalamientos de siempre y algún llamado de atención, lo único que ha cambiado en la zona es que ahora está cercada por una cinta roja para evitar que un curioso se acerque y sufra un accidente.

¿Ha habido algo más? Un solitario pedido del alcalde de Magdalena para declarar en emergencia los acantilados, seguido de promesas para buscar una solución, pero nada concreto. Como la bruma que cubre la Costa Verde durante las mañanas.

Hacerse el muertito es una práctica común entre las autoridades, que prefieren mantener el statu quo antes que tomar decisiones potencialmente impopulares o que puedan afectar poderosos intereses.

La Costa Verde es una zona crítica de la ciudad. La Municipalidad de Lima aún no ha dado señales de cuál es su visión sobre la misma ni qué acciones pretende tomar. Las comunas distritales tampoco se han mostrado muy interesadas en detener la angurria inmobiliaria. ¿Los alcaldes realmente están al servicio de la gente? De las decisiones que tomen sobre la Costa Verde dependerá la respuesta.

**El Comercio no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.


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