(Foto referencial: GEC)
(Foto referencial: GEC)
Pedro Ortiz Bisso

A estas alturas, todos hemos tenido una pérdida relacionada con el coronavirus. Los mensajes por whatsapp y los listones negros en Facebook ya dejaron de parecernos lejanos, y las historias de llanto se cuelan en nuestras conversaciones cotidianas. El COVID-19 ataca sin hacer distingos, nos hace sentirnos más vulnerables. No da tregua.

La pandemia no solo mata, destruye familias. En cuestión de días, he visto partir a una abuela y a su hija, mientras sus parejas se aferraban a un hilo de aire en un hospital. Digo he visto solo por costumbre, porque otra de las desgracias de este virus maldito es que hace imposibles las despedidas. No permite musitar un te quiero o una disculpa. El último dolor se mezcla con la desesperación.

Países que hasta hace poco eran usados para mostrar la ineptitud de quienes nos gobiernan –Israel, Costa Rica, Chile, Colombia- lucen abrumados por el estallido de contagios. España, que se creyó el cuento del regreso a la vieja normalidad, hoy vuelve a encerrarse aterrorizada por picos diarios de infectados que casi llegan al millar.

En nuestro país, la marea nunca se calmó. La tormenta solo se mudó de lugar y hoy zarandea a la Arequipa de Cáceres Llica, la siempre olvidada Madre de Dios y hace que Huánuco se quiebre, mientras clama por oxígeno y la construcción de un hospital.

En estas circunstancias, hay obviedades que no deben dejar de repetirse: el virus nos acompañará varios meses más, así que si pueden quedarse en casa, háganlo. Si tienen que salir, usen siempre mascarilla y mantengan la distancia social. Y eviten visitar a familiares y amigos. Dejar de abrazarlos ahora es la mejor manifestación de amor.