Martín Vizcarra en una entrevista con Panorama. (Foto: Presidencia)
Martín Vizcarra en una entrevista con Panorama. (Foto: Presidencia)
Pedro Ortiz Bisso

Un error frecuente es subestimar la entrevista como género y a quienes las realizan. No basta con encender el grabador de voz o sentarse frente a una cámara con el entrevistado de turno. El proceso se inicia mucho antes. Requiere una preparación minuciosa, una batería de preguntas inteligente y tener claro lo que se busca. Mantenerse alerta durante la charla es clave para lanzar la repregunta adecuada y salir airoso del infighting verbal.

Sin curiosidad por develar lo que se quiere mantener a oscuras, no hay noticia o pepa. Pero no es fácil conseguirla. Hay periodistas que llevan años haciendo entrevistas sin ser buenos entrevistadores. No por falta de talento, sino porque dejaron que el ego –tentadora droga que invade las redacciones- se interponga sobre su trabajo, olvidando que en cualquier entrevista, hasta la más irrelevante, el protagonista es el entrevistado, no el entrevistador.

Dice César Hildebrandt que la entrevista televisiva es más honesta que la que se realiza en prensa escrita porque en esta existen periodistas que “maquillan sus preguntas y post mórtem se hacen aparecer más inteligentes, agudos e incómodos de lo que fueron”. Todo aquel que ha pasado por una redacción sabe a lo que Hildebrandt se refiere.

La entrevista en vivo, en cambio, es más democrática. Desnuda por igual a entrevistado y entrevistador. Y en los tiempos que vivimos suma mayores complejidades porque las barras bravas de las redes están más pendientes de la frase ‘troleable’. Así, la anécdota se engulle la esencia y la pepa queda oculta entre la maleza de memes.

Eso sucedió con la entrevista del presidente Vizcarra en “Panorama”. Aunque menos dubitativo que en “Punto final”, no terminó de ser convincente respecto a la acusación de un aspirante a colaborador eficaz de que habría recibido una coima de un millón de soles. Su explicación de que Obrainsa alquiló una avioneta para trasladar a funcionarios bolivianos por “responsabilidad social” es cuestionable. Sin embargo, su rápida respuesta ante un comentario poco feliz de Rosana Cueva le hizo ganar elogios que, a juzgar por la información que maneja la fiscalía, resultan exagerados.

El verdadero panorama desolador es que el presidente del país deba acudir dos domingos consecutivos a la televisión para responder sobre serios cuestionamientos en su contra. Y no nos termine por convencer.

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