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Venezolanos en Perú: contra la xenofobia, la solidaridad ciudadana

Pese a los carteles en las calles, mensajes en redes sociales y discursos de candidatos que incentivan el rechazo a los inmigrantes, comienzan a multiplicarse las iniciativas para acogerlos. En la capital ya hay 14 refugios

Dos familias llegan a la quinta cuadra de la calle General Mendiburu, en Miraflores, cargadas de víveres, ollas, tazas y ropa. Se han enterado de que en la quinta San Martín de Porres hay un refugio para venezolanos.

Se trata de un ambiente en el que se han colocado cuatro camarotes, una televisión, una refrigeradora y una cocina a gas con dos hornillas. Allí se acomodan 16 inmigrantes (dos en cada colchón).

Las familias que han llegado con las donaciones ingresan para cerciorarse de que se encuentren viviendo en condiciones adecuadas. Les preguntan cómo les va con sus trámites. “Vine sin saber cómo me iban a tratar, pero hasta el momento me han mostrado mucho cariño. Todas las semanas viene gente a traernos ayuda”, dice Alexandra, de 21 años.

La joven llegó a Lima animada por una amiga de la universidad. Ella estudiaba Administración de Empresas en Caracas, hasta que la pensión se volvió impagable. “Me dijo que la llamara en cuanto llegara a Plaza Norte. Pero cuando vine, no me contestaba. No sabía que estaba en clases y entré en desesperación”, recuerda. Antes de salir de su país, había leído en Facebook que había un refugio en Miraflores. “Llamé y la señora Maoli, la dueña, me dijo que podía recibirme. Fue como un ángel”, añade.

La hermana de Maoli Mao, la dueña de este albergue, tiene también una casa para venezolanos, que queda en Comas. En ambas viviendas pueden quedarse, en promedio, un mes. Esto es mientras inician sus trámites en Migraciones e Interpol, y consiguen empleos temporales que les permitan pagar una habitación.

“El fin de semana nos trajeron pachamanca. ¡Qué detalle!”, cuenta Sary, de 28 años, quien vive en el albergue de Miraflores con su esposo. “Comimos todos acá y les llevamos a los que están en Comas. Como sobraron unas 30 porciones, fuimos a Plaza Norte y compartimos con los chamos que recién habían llegado”, agrega.

—Iniciativas ciudadanas—
Aunque en redes sociales, algunas calles e incluso en discursos políticos se han colado manifestaciones de xenofobia, en la vida real hay mucha gente abriendo las puertas de sus casas a los migrantes. En la capital ya hay al menos 14 refugios temporales para venezolanos que se ven obligados a dejar su país por la crisis humanitaria.

En San Juan de Lurigancho, René Cobeña ha abierto dos albergues. Uno de ellos se ubica en Canto Bello, en la calle Los Olmos, conocida como barrio chamo. Ese fue el primer albergue temporal gratuito que abrió para migrantes. La otra casa está en San Hilarión. A la fecha ha ayudado a medio millar de venezolanos.

DATOS

414 mil venezolanos han llegado al Perú. El 85% de ellos se encuentra o tiene como destino Lima.
55% de los limeños tenía una opinión positiva de los inmigrantes hasta febrero pasado, según Ipsos.

El 15 de setiembre, la ONG Unión Venezolana en Perú, liderada por el ex diputado Óscar Pérez, inaugurará un centro de acogida también en San Juan de Lurigancho. “Durante el 2018 abriremos diez casas en todo el país. Cinco de ellas estarán en Lima”, detalla.

—La respuesta religiosa—
El 24 de agosto último, la Fundación Don Bosco (de la comunidad salesiana) abrió la casa de los seminaristas para recibir a los migrantes venezolanos y a los pocos días ya tenía 16 huéspedes. “Hemos coordinado con nuestros hermanos en Venezuela, Colombia y Ecuador para que difundan este servicio”, cuenta Marcos Calderón, representante de Don Bosco. Afuera del inmueble han colocado un cartel de bienvenida.

El lugar se ubica en el Jr. Leoncio Prado 531, cerca del mercado de Magdalena. Puede albergar a 50 jóvenes y está dirigido a muchachos de 18 a 25 años que llegan solos al país. “Los salesianos hemos trabajado siempre con jóvenes. Tenemos ocho casas de acogida para chicos peruanos. Esta es la primera que hemos destinado a los inmigrantes venezolanos”, explica.

El refugio cuenta con comedores, una cocina amplia y un cuarto gigante con camas personales. Cada joven tiene un pequeño ropero y se le entrega un candado. Hay una sala de televisión con una veintena de sillas rodantes, un gimnasio, cancha de fútbol y vóley, y una habitación con computadoras para que los muchachos puedan redactar sus currículos.

Aparte, la comunidad les brinda S/300 para que puedan regularizar su situación (solo el trámite en Interpol cuesta S/80 y algunos llegan a Lima con los bolsillos vacíos). Les entregan ropa y chips de telefonía con Internet para que puedan comunicarse con sus familias. “También les brindamos cepillos de dientes, útiles de aseo. Son cosas que pueden parecer básicas, pero que en Venezuela escasean”, dice Diego Rizzo, de 28 años. Él se encarga de recibir a los inmigrantes.

Rizzo también es venezolano. Pertenecía a la comunidad laica salesiana de Caracas y llegó a Lima en diciembre del 2017. “Soy profesor en educación e ingeniero informático. Enseñaba en dos colegios, una universidad y asesoraba a dos empresas. De lunes a sábados salía a las 4 a.m. de mi casa y volvía a las 9 p.m. de trabajar. Aun así, la plata no me alcanzaba”, cuenta. Él llegó a Lima poco después de la muerte de su primo de 15 años. “Murió por no tener amoxicilina”, recuerda.

La Fundación Don Bosco también les sirve desayuno y cena. “Durante todo el día hay fruta a su disposición. Cuando los chicos llegaron y vieron las manzanas, se emocionaron. Tenían mucho tiempo sin comerlas”, dice.

En Villa El Salvador, la parroquia Cristo Resucitado ha abierto una casa para recibir inmigrantes. “Ayudamos exclusivamente a familias con niños. Matriculamos a sus hijitos en el colegio y les damos uniformes. También les brindamos alimentación y servicios de salud”, dice Miguel Montes, el párroco. Actualmente, tienen espacio para una familia más.

El 6 de setiembre se reunirán varios grupos religiosos para hablar sobre su respuesta ante esta ola migratoria. “Hasta el momento son más de diez los refugios que han abierto las distintas organizaciones religiosas”, dice Marcos Calderón, de Don Bosco.

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