¿Qué hacer con los terroristas liberados?, por Raúl Castro
¿Qué hacer con los terroristas liberados?, por Raúl Castro

La salida del asesino Peter Cárdenas Schulte de la cárcel, tras cumplir 25 años de pena por terrorismo, marcó en la capital una semana de indignación en que los ciudadanos reaccionaron furiosos por lo benigno del criterio judicial que lo condenó.

Sea en redes sociales o en espacios públicos, los comentarios pasaron del miedo a la ira, del trauma a la impotencia, al notar que este criminal, número 2 del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru –eufemismo tras el que se escondieron extorsionadores y homicidas– está en libertad cuando le correspondería la cadena perpetua.

El propio Cárdenas ha hecho su balance en televisión. Negoció secuestros y pago de rescates, organizó centros de tortura y lideró atentados contra ciudadanos, políticos y policías que resultaron muertos. ¿Por ello, 25 años? 

Cárdenas no sería el único. La inconformidad con las penas contra terroristas se acrecienta al saber que otros 30 condenados, del MRTA y de Sendero Luminoso, también estarían por ser liberados al cumplir sus plazos, según ha informado El Comercio.

En cuestión estaría pues, más que un miedo al rebrote violentista, la proporcionalidad de las penas aplicadas a quien causó tanto daño. Una sensación de injusticia, en suma. ¿Cómo afrontarla?

El 21 de marzo del 2006, el Tribunal A de la Sala Penal Nacional sentenció a Cárdenas a 25 años. El Comercio ha explicado que recibió esta pena porque los actos terroristas que se le imputan fueron cometidos antes de que entrara en vigencia el Decreto Ley 25475, que condena con cadena perpetua las atrocidades mencionadas.

Frente a ello, lo que hay que asumir, en principio, es el acatamiento al debido proceso. No es posible revisar un fallo legítimo dado en estado de derecho, dictaminado durante un régimen democrático, más aun, observado por la comunidad nacional e internacional.
Sin embargo, podemos dirigir nuestra indignación a devastar los argumentos que estos delincuentes esgrimieron para justificar sus acciones, y hacia la demolición de sus figuras como modelos a seguir. Sobre todo hoy, cuando hay quienes aún los ven confusamente como “románticos y rebeldes”.

Toca desbaratar las ideologías que validaron su violencia como un medio legítimo para lograr el “bienestar general”.  Ningún fin supremo puede llegar matando y torturando. Ello vale contra estos asesinos que creyeron en la “guerra popular”, o contra los que desde el Estado los combatieron fuera de la ley, como el Grupo Colina.

¿Qué hacer, entonces, con los terroristas liberados? Documentar profusamente sus insanos actos y ponerlos al alcance de escolares y universitarios. Crear pues una política nacional de memoria que enseñe, desde el colegio, que la violencia no es un instrumento válido bajo ningún argumento.

Por otro lado, nos toca llenar Internet de referencias sobre ellos. Copar Google, Wikipedia, Academia.org, en fin, y dejar testimonio de que su violencia no fue partera de una nueva historia. Por el contrario, que constituyó uno de los capítulos más monstruosos en tiempos modernos. A esa vergüenza pública sí los podemos condenar.