Un tesoro aún no perdido, por Roxanne Cheesman
Un tesoro aún no perdido, por Roxanne Cheesman
Roxanne Chessman

El 31 de marzo de 1804 zarpó del Callao la fragata española Nuestra Señora de las Mercedes llevando bienes y monedas de la corona. Iba acompañada por las naves Asunción y Clara, a las que se unieron en Montevideo las fragatas Fama y Medea. Pero tras dos meses de navegación la flota fue atacada en el Golfo de Cádiz por cuatro barcos de la marina inglesa.

Diego de Alvear, embarcado en el Medea narra en su diario cómo en la mañana del 5 de octubre un proyectil impactó en el Mercedes, hundiéndolo, y cómo vio morir a los 260 pasajeros del barco, entre ellos su esposa y sus siete hijos además de perder toda su fortuna. Los barcos restantes fueron capturados y llevados a Inglaterra con sus respectivos cargamentos.

Y los tesoros del Mercedes permanecieron 203 años en el fondo del mar hasta que, en el 2007, la empresa Odissey encontró sus restos en aguas internacionales, 100 millas al oeste del Estrecho Gibraltar y a 1.100 metros de profundidad, recuperando 594 mil monedas de oro y plata, valorizadas en 600 millones de euros de hoy. El tesoro fue transportado a Estados Unidos, pero España, sospechando que podía tratarse de un barco de su nacionalidad, solicitó la propiedad.

Un primer paso fue la identificación del navío. Gracias a los documentos del Archivo de Indias, quedó claro que se trataba del Mercedes: las monedas databan de antes de 1804 y los cañones, provenientes del Callao, correspondían al registro aduanero.

Entonces se inició un proceso ante la justicia norteamericana, en el que cuatro partes reclamaron la propiedad del cargamento: España, por tratarse de un barco de guerra hundido por una nación enemiga; el Perú, por ser monedas acuñadas con minerales peruanos; Odyssey por haber ubicado y rescatado el tesoro y 25 descendientes de los viajeros que perdieron su fortuna.

Luego de cinco años la justicia falló en tres instancias a favor de España, considerando que era un buque de guerra y que por lo tanto, de acuerdo con el tratado firmado entre Estados Unidos y España en 1909, era propiedad de esta. Desestimó el pedido del Estado Peruano, señalando que este no existía como nación al momento del naufragio; tampoco tomó en cuenta a los herederos peruanos por cuanto “la carga de los particulares tenía una importancia menor y porque habrían sido indemnizados”, y negó derecho a Odyssey, por no haber tenido la autorización para retirar los restos del Mercedes.

Fue un fallo absurdo, confirmado por el juez Clarence Thomas, antes involucrado en un escándalo. En primer lugar, la carga de los particulares peruanos era proporcionalmente la mayor, 691.014 pesos –frente a los 253.000 del rey–, y muy pocos fueron indemnizados por la corona. Además, los restos de la nave eran ya un bien abandonado sobre el que el Estado Español no manifestó reserva ni interés de hallazgo por 200 años. Y sobre su hundimiento en 1804 fue absurdo aplicar el tratado entre dos naciones de 1909, postergando el interés de legítimos propietarios. En suma, es una causa aún por reabrir.

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