Tilsa Tsuchiya, Pauchi Sasaki, Eduardo Tokeshi y José Watanabe: cuatro de los muchos artistas peruano-japoneses que han destacado en nuestro país.
Tilsa Tsuchiya, Pauchi Sasaki, Eduardo Tokeshi y José Watanabe: cuatro de los muchos artistas peruano-japoneses que han destacado en nuestro país.

Convendría preguntarse qué significa ser  en el arte y la cultura. ¿Es cierto que existe alguna sensibilidad especial transmitida por los genes orientales? ¿Cuánto de esos rasgos en el flujo creativo son adquiridos a través de los ancestros? ¿Cuántos son simplemente un estereotipo o una impostura?

Es difícil tener una respuesta unívoca y definitiva. De hecho, aunque la noción de ser un artista nikkei se entiende por los orígenes nipones, está lejos de mostrar un estilo estandarizado: es, más bien, la celebración de una diversidad asombrosa. El poeta José Watanabe –acaso el más célebre de los artistas peruanos de ascendencia japonesa– trató de ahondar un poco en esa peculiaridad en el libro “La memoria del ojo”, publicado en 1999, cuando se conmemoraba el primer centenario de la primera migración japonesa a nuestro país. “Más allá de los rasgos físicos –escribía el autor–, en las generaciones más recientes los elementos de la cultura japonesa suelen aparecer como particularidades, las más de las veces subjetivas. Los procesos de mestizaje acaso nunca se estabilizan y, por lo tanto, toda valoración de sus remanentes de cultura ancestral sería provisoria. Solo hay una certeza: su identidad central es la peruana”. De hecho, él mismo es una prueba de ello: en su obra es menos notorio el espíritu zen –aunque de todas formas está– que el poderoso influjo de su natal Laredo, en la sierra de Trujillo.

EL LARGO VIAJE
Dentro de unos días, exactamente el 3 de abril, se cumplen 120 años de la llegada del vapor Sakura Maru, aquel que trajo al primer grupo de 790 japoneses al Perú. Curiosamente, ninguno desembarcó en Lima. Siguieron su camino hacia el norte para ir asentándose en Ancón, Chancay, Supe, Salaverry, Pacasmayo, Eten, y algunos más retornaron hacia el sur, hasta Cerro Azul. Es imposible saber si alguno de ellos pudo haber sido un artista. La mayoría, en realidad, arribó por apuros económicos y labró su situación desde muy abajo. “Los inmigrantes japoneses marcaron un hito en la economía peruana, pues contribuyeron a solucionar la falta de mano de obra que afectaba a la oligarquía agroexportadora y propiciaron el desarrollo de la agricultura en el norte del país”, explicaba el periodista Alejandro Sakuda en su libro “El futuro era el Perú”, otra obra esencial para entender este cruce de culturas.

Watanabe contó en varias entrevistas y textos que su padre, Harumi, pintaba cuadros por afición, aunque nunca llegó a contarle si tuvo un pasado artístico en el Japón de donde vino. Y es que muchos de esos inmigrantes se definían también por el silencio. El escollo del idioma, la dificultad para integrarse y la discriminación fueron durante muchísimos años barreras que los retuvieron. Una situación de desconcierto social que décadas después se repetiría en la ruta inversa, con los numerosos nikkei que tuvieron que viajar a Japón en busca de trabajo, entre ellos el escritor Augusto Higa, y que vieron reconfigurada su doble identidad. “Yo estudié en el Perú, en colegios fiscales, hablo el castellano, profeso la religión católica, mis amigos están aquí en el Perú, soy peruano –le decía en el 2014 al suplemento El Dominical–. Pero cuando viajé al Japón (yo pensé que tenía algo de japonés) me di cuenta de que era un extranjero allá, que no era un japonés y que tenía una carga demasiado latinoamericana y peruana, allí se definieron las aguas”.

Quizás esa es la mejor forma de entender la naturaleza escindida del nikkei, y lo que conlleva su proceso creativo, de inmenso aporte al Perú: allí están los enigmáticos híbridos pictóricos de Tilsa Tsuchiya, la literatura de Fernando Iwasaki o Carlos Yushimito, el amplio despliegue artístico de Eduardo Tokeshi, Carlos Runcie Tanaka o Jaime Higa, la música vernacular de la Princesita de Yungay Angélica Harada, las experimentaciones sonoras de Pauchi Sasaki, el arte de la danza impulsado por Olga Shimasaki, y los talentos continúan apareciendo.

O tal vez debería responderse con la sencillez de Tilsa cuando alguna vez le preguntaron: ¿cómo es que estos mitos quechuas tienen una figuración oriental en tus cuadros? “Ah, pero qué quieres –contestó con su acostumbrada economía de palabras–. Los peruanos tenemos, también, mucho de orientales”.

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