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Egon Schiele: a 100 años de su muerte, su obra sigue conmoviendo y escandalizando

Se ha inaugurado en Viena la mayor muestra dedicada al genio que prefiguró el expresionismo austríaco

Egon Schiele

Egon Schiele. (Foto: Captura de pantalla)

Difusión

Una de las anécdotas más recurridas sobre Egon Schiele para abonar su fama degenerada sucedió en el único lugar sin río ni lago ni mar de todos los que habitó. Un pueblo en el que no lo conocía ni Dios y adonde llegó harto de los convencionalismos y las habladurías que lo constreñían en la misma Viena de Freud, Trakl y Wittgenstein. Harto a los 21 años. Iba con su compañera, Walburga Neuzil, de solo 17. También es cierto que buscaba llevar su escandalosa y estrictamente ilegal convivencia con Wally a un sitio en apariencia más relajado, y que los alquileres en Neulengbach eran bastante baratos. Y los paisajes, gratis. Schiele no necesitaba mucho para vivir como Schiele; y menos para pintar como él, tan bella y frenéticamente.

Pero pasó que a los aldeanos les hizo poca gracia la liberalidad excéntrica de la pareja, que solía recibir la visita de niños tan pobres como curiosos. El hecho es cuando menos confuso, pero Egon Schiele, habituado a retratar gente desnuda sin importar su edad, fue acusado de seducción y abuso de menores. Lo raparon y pasó detenido tres semanas, al cabo de las cuales fue hallado inocente. Sin embargo, el juez que veía su caso lo llamó pornógrafo y corruptor y aberrante, y para añadir dramatismo a su conclusión, quemó un dibujo de Schiele con una vela en plena corte. Recién entonces pasó a la prisión, donde estuvo solo tres días más.

La leyenda de Schiele se alimenta hasta hoy de cuentos como este, encontrones de genio y cierta forma de entender la moral, entre libertad y censura. Durante esos 24 días de encierro pintó doce acuarelas. En una de ellas se ve dos sillas que logran ser tristes y un trapo azul. Al lado escribió la frase “El arte no puede ser moderno. ¡El arte es eterno!”.

Ocurrió en el invierno boreal de 1912. Pasado más de un siglo, el escándalo sigue unido a la subyugante potencia de sus obras, y Egon Schiele se ve en medio de otro juicio embrollado, o al menos es lo que se ha pretendido dar a entender.

DEMASIADO EGON
Nació en 1890 cerca de la capital de un reino que pronto dejaría de existir, el Imperio Austrohúngaro. El final de todo siempre fue una amenaza para él. Su infancia estuvo signada por dos hermanos que nacieron muertos, y por la encefalitis que acabó pronto con su hermana Elvira. Muchos quieren ver un vínculo incestuoso con Gerti, cinco años menor, a quien pintó muchas veces. Su padre, asiduo a los burdeles, contrajo sífilis, y enloquecido quemó todos los títulos de propiedad de su familia antes de fallecer. Muchos tratos con la muerte, con el sexo y con el dolor para un chico de 15 años que ya mostraba una personalidad excéntrica y una aptitud singular para el dibujo.

Al año siguiente viajó a Trieste con Gerti, y juntos pasaron un día y una noche en el mismo hotel donde sus padres celebraron su luna de miel. Luego se convirtió en el ingresante más joven a la Academia de Bellas Artes de Viena.

A inicios del siglo XX la ciudad bullía de arte e ideas nuevas y revolucionarias que, sin embargo, parecían no permear la Academia, así que la abandonó pronto. Fundó su propio colectivo, el Neukunstgruppe (Grupo de Arte Nuevo), y bajo el ala influyente del divino Gustav Klimt se apuntó en la Secesión, el movimiento más rupturista de la época, antecesor del expresionismo austríaco. Pronto descolló por su talento evidente; por la destreza firme y decidida de su trazo; por su capacidad de sujetar el gesto y la intimidad; por su uso del color y por un estilo que podía obviar partes del cuerpo o fondos a gusto, poniendo el foco de atención donde él decidía; y, sobre todo, por el poder abrasivo de su arte. Y es que pese a que fue también un gran pintor de paisajes, la gloria de Schiele radica en esos autorretratos, en esos cuadros de parejas de todo género, aquellas escenas donde abundan los cuerpos desnudos en posiciones raras y sugerentes, intoxicados de una fuerza oscura, sexual, obsesiva. En las pinturas de Schiele, como en las de pocos artistas, se vive en tensión dual: hay tanto erotismo como opresión pues en ellos se arriman el amor y la muerte, la locura y el misticismo, el placer y el dolor, la compasión y la soledad.

Egon Schiele

La publicidad en los metros de Europa de la última muestra de Schiele: una estrategia marketera que invita a pensar en los límites actuales de la censura.

Difusión

Nadie podía permanecer indiferente ante una fuerza de este tipo. Muchos repudiaban su trabajo por considerarlo indecente, pero ello no impidió que otros muchos, públicamente o en secreto, se volvieran adictos a su trabajo. Schiele vendió y expuso bastante, por lo que ganó un precoz reconocimiento. Estaba enamorado de Wally Neuzil, una compañera a la altura de su corazón, pero en 1915, tras seducir a dos hermanas mejor acomodadas, se casó con una de ellas, Edith Harms. Antes le propuso a Wally mantener una relación más “abierta”, pero la desolación y la rabia pudieron más, y la chica se apuntó en la Cruz Roja: había estallado la Gran Guerra, y ella solo quería alejarse. Poco después Schiele se libró de ir al frente, pero lo enviaron por un año a Praga para trabajar de burócrata. Nunca se volverían a ver. La despedida de la pareja pervive en una sus creaciones más famosas, casi una profecía llamada “La muerte y la doncella”.

EL FIN DE TODO
 La pelirroja Wally Neuzil contrajo la escarlatina, y murió en Dalmacia durante la Navidad de 1917. Fue en ese tiempo de guerra y confusión que llegó hasta el Danubio lo peor, la más terrible plaga conocida. No se puede saber bien, pero se calcula que la gripe española acabó con la vida de entre 40 y 50 millones de personas en el mundo. En febrero de 1918 cayó Klimt. El 28 de octubre, Edith Harms, que estaba embarazada de seis meses. Durante los tres días siguientes, los últimos que pasaría en la Tierra, Schiele pintó a su mujer en el trance fi nal. Luego se apagó. Tenía 28 años. Dejó unas 340 pinturas y casi 3.000 acuarelas y dibujos.

Durante los siguientes 30 años y gracias en parte a los nazis, la obra de Egon Schiele y su mismo recuerdo desaparecieron, hasta que a inicios de los 50 el coleccionista Rudolf Leopold se propuso reparar su ausencia y reunir, con éxito, la mayor cantidad posible de piezas de Schiele, quien también hizo diseño, experimentó con la fotografía y escribió poemas. En el 2001 se inauguró el museo Leopold, donde hace poco se ha inaugurado la mayor muestra del artista hasta nuestros días con motivo de los 100 años de su desaparición.

Y es aquí cuando ha vuelto a alborotar el gallinero. Sucede que siguiendo esa corriente de sonsa censura y corrección polí- tica de quienes pretenden decirle al mundo lo que se puede y no se puede ver o disfrutar o llamar arte, y que buscaron descolgar el “Teresa soñando” de Balthus de las paredes del MET y sacar “Hilas y las ninfas” de Waterhouse de la Manchester Art Gallery; con Facebook pretendiendo censurar “El origen del mundo” de Courbet… ¿qué se puede hacer con Schiele? La cosa es que cuando las estaciones de metro en Europa se comenzaron a llenar de vallas publicitarias de la muestra, saltó una supuesta censura en Gran Bretaña y Alemania. Nadie ha dicho esta boca es mía, algunos hablan ya del criollismo marketero austríaco, pero igual a los carteles se les añadió una franja donde se lee: “Lo sentimos, 100 años pero sigue siendo hoy demasiado atrevido”

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