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“Fire and Fury”: cuando las palabras despeinan

La publicación de “Fire and Fury” carboniza, una vez más, la imagen pública de Donald
Trump. Y trae a la mente el oficio de libelista nato del arequipeño Alberto Hidalgo

Donald Trump

Su reputación pública, tal como su peinado, está a la deriva tras la publicación del libro de Michael Wolff . Trump, vía Twitter, le ha hecho la mejor publicidad involuntaria imaginable. (Foto: Reuters)

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Al político no se le insulta. Su particular sistema digestivo metaboliza las invectivas y mentadas de madre transformándolas en victimización, lo que a su vez convoca la compasión electoral de las masas. De esta singular cadena alimenticia nace la astuta y gástrica salida de: –No tengo memoria para el agravio.

Que no es otra cosa sino un florido eructo de provechosa displicencia ante una ofensa hecha banquete. Ódiame, por favor, yo te lo pido.

Al político se le denigra, que etimológicamente proviene de oscurecerlo. Entonces lo que se deslustra es su opinión, su reputación, y sus ideas si las tuviera. Se trata de una sutil elipsis, pues inevitablemente el golpe llegará a la misma mandíbula del protagonista. Pero será tan elegante y decorosa que, tal como sucede en el rudo deporte de los puños, el coscorrón podría arañar una forma perturbadora de expresión artística.

Demostración en tiempo real de denigración literaria es lo que viene sucediendo en Estados Unidos con la publicación de “Fire and Fury”. Autoría de Michael Wolff , se trata de un registro cándido y feroz del asilo mental, circo o burdel en que se habría convertido la Casa Blanca durante la presidencia de Donald Trump. La implícita tesis final de Wolff  es que el señor Trump está absolutamente descalifi cado para el cargo que ocupa. ¡Primicia, chocherita!

El propio autor del libro ya ‘best seller’ reconoce que no dice nada que los electores no supieran antes de votar por él. Lo significativo es la cantidad de citas entrecomilladas que contiene repitiendo al unísono que Trump es un cretino, acopio coral nada menos que de los círculos más próximos del presidente de Estados Unidos. Se cuestiona la prolijidad de estas declaraciones, pero queda el retrato del presidente de Estados Unidos como el de un bebe gigante inseguro y enajenado, obsesionado con la comida chatarra (como es hecha al instante no hay riesgo de ser envenenado), con ver televisión (tres canales distintos en simultáneo) y con tuitear (monólogo exterior del hombre moderno).

Pero acaso lo más doloroso para el magnate pueda ser la manera en que su propia y adorada hija Ivanka se refiere a él en el libro, entre la lástima y la ironía. Ella revela la mecánica de su misterioso peinado rococó: producto de una cirugía de reducción de cuero cabelludo para combatir la calvicie, Trump esconde una calva bajo su inflamado manto capilar. Del círculo de pelo alrededor de esta oquedad son reunidas todas las puntas hacia adelante y luego inmovilizadas hacia atrás con ayuda de un fijador de potencia industrial. Todo sobrante va hacia los lados, al estilo de falsas patillas o alerones. El color es el resultado del uso constante del producto Just for Men, utilizado para teñir canas. Mientras más tiempo se tiene sobre la cabeza, más oscuro queda el cabello. La impaciencia de Trump con este tratamiento, dice Wolff, generó esa atractiva tonalidad Guaraná de su pelo. 

Pero la recopilación de Wolff contra Trump es un pañuelazo al lado de una prosa punzocortante como la que esgrimiera el más letal libelista peruano, el arequipeño Alberto Hidalgo. Sus padres fueron envenenados cuando él era un niño. Creció solo y sintiendo cada caricia como un zarpazo hipócrita, lo que explicaría su aversión al 99% de la especie .(1)

Hidalgo, que como agravante además de arequipeño era poeta, cultivaba una especial relación personal con su herramienta de trabajo, el lenguaje. Entendiendo por “su trabajo” la demolición de prestigios. Entre sus víctimas destacan literatos, políticos y gobernantes. Léase Nicolás de Piérola, José Pardo, José de la Riva Agüero, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Clemente Palma, Andrés Avelino Cáceres y Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien atacó premunido de venenosa genitalidad homofóbica. Sus diatribas calzan cómodamente en lo políticamente incorrecto, como cuando al querido tradicionista don Ricardo Palma le dice cualquier mulato de Lima refiere historias antiguas con tanta o más soltura que él.

La sindéresis expresiva del autor transfería el protagonismo del ataque a la forma del mismo, estableciendo con el lector, Abelardo Oquendo dixit, el pacto de suspensión del juicio. Ya no importaba si lo que decía era cierto o no. Importaba la forma en que la infamia venía engalanada.

Su más tóxico escrito estaría dirigido al piurano Luis María Sánchez Cerro, dos veces presidente del Perú. El título era ya una advertencia inicial del tenor de su tesis: “Sánchez Cerro, o el excremento”.

El texto empieza con una dulzura regional de tono patriótico que en nada anticipa la masacre: En Piura comienza el cielo y crece el día. La luz es suave como las curvas. Y el viento blando y tornadizo como las banderas. Piura entero, desde cuando le muestra sus montañas de músculos al Ecuador hasta cuando le pone el pecho al mar para que se estrelle y regrese, todo el Departamento es una bandera. Es la bandera peruana que le grita al mundo, en el amanecer del norte: ¡Viva el Perú!

Siendo hoy día sábado de verano y probablemente hora de almuerzo o tentempié, se le ahorra al lector lo que sigue a tan engañoso introito. Que no es otra cosa que la hipótesis hidalguiana respecto al origen de Sánchez Cerro.

Como resumen digamos que involucra en primer lugar a su santa madre, descrita como una zamba magnífica, de caderas redondas y movedizas como un oleaje, de senos duros y erectos que disparaban deseos a las personas como dos armas. El otro protagonista es un cerdo enamorado. Entre ambos protagonizan una escena del primer capítulo de “Black Mirror” con su toque piurano. Como si lo anterior no bastase, el siguiente párrafo es el que mejor redondea la opinión general que el autor tiene de su referido:

Es la personificación de la inmundicia. Por él gloglotean las cloacas con más deleite y le exhiben los excretos que arrastran, como si le presentasen armas militarmente. Es el abanderado de los barriles de la basura, el presidente de los desperdicios. Su nombre no se graba con tinta sino con repugnancia, y es lo que resta sobre el papel higiénico en la reserva de las letrinas, pues no hay trasero que no sepa escribirlo. SánchezCerro, o el excremento.

La paliza transcurre a lo largo de más de dos mil palabras, siendo hacia el final del texto que el autor encuentra el clímax de su abyección con una metralla de ciento ochenta y siete (187) adjetivos calificativos consecutivos. Empiezan así: Esto es mucho. Basta ya de él. Hay que darle de una vez, como a los toros, el golpe de puntilla. En cuanto lo nombro, siento bajarme hasta la pluma, desde todos los extremos del alma, un tropel de adjetivos para calificarlo mental, física y moralmente. Recitador de los discursos que otros escriben, Sánchez-Cerro es el esfínter por donde se evacua la estupidez de los secretarios. Por eso es chato, anodino, difuso, cursi, adocenado, digresivo, soporífero, ecoico, diluente, huero, ripioso, enriscado, banal, estólido, estulto, filatero, gárrulo, fruselero, gedeónico, blando, ezquerdeado, gelatinoso, vacío, hilarante, burdo, bellaco, ignorante, charlatán, majadero, chirle, dengoso, zafio, diárrico, inane (…)

Y así acaban: (…) es un bacín, un microbio, un rufián, una bazofia, una calamidad, un cacaseno, un estropajo, un bufón, un cachivache, un sirle, un turiferario, un camaleón, una úlcera, una cloaca, un carnaval, un juglar, un Rigoletto, un insulto, un agravio, un cabrón, un comodín, un fariseo, una cucaracha, un estantino, un gargajo, un piojo, un hominicaco, un monigote, un payaso, una posma, un vituperio, un ultraje, un galafate, un parásito, un sayón, un esbirro, un sátrapa, un fronterizo, un retardado, un esquizoide, un traidor, un degenerado, un baldón, un lacayo, un impostor y un perro. Se qué lo he muerto. Sé que este artículo es su tumba. Ahora, encima de esos adjetivos y sustantivos que lo retratan de cuerpo entero, para que le sirva de lápida pongo una capa de mierda. Y luego, a fin de que el pasante advierta su presencia y se descubra, si quiere, planto una cruz sobre su fosa. Tome nota, señor Wolff.

(1) Adoraba a su esposa argentina y admiraba a Manuel González Prada, maestro y guía.

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