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Carlos Revilla: "Para mí el artista es un artesano, un tipo que sabe pintar"

El pintor ahonda en la autenticidad de la creación en tiempos de Banksy y obras que se autodestruyen. Será homenajeado en la próxima Noche de Arte

Entrar a la casa de Carlos Revilla es como adentrarse en su obra misma. Están allí las caracolas que pueblan sus lienzos, acaso un frutero rebosante, y su esposa y musa misma, Jeannette, quien afirma que antes, incluso, se podía encontrar allí algún mono junto a una fauna diversa. En una callecita apacible a tiro de piedra del malecón de Miraflores, el maestro Revilla nos recibe recuperándose de una serie de dolencias que lo han afectado recientemente, imposibilitándolo de subir las escaleras que llevan a su taller en un edificio cercano. Próximo homenajeado de la Noche de Arte, Revilla versa aquí sobre su infancia de sopa de cebollas, el avasallador paso del tiempo y una Lima que hace ya varias décadas lo enamoró a tal punto de hacerlo abandonar Venecia.

— Refiriéndose a la política, alguna vez dijo que este país es como una buena película, con la que no te aburres.
Bueno, espero que tenga un 'happy end', porque los actores son mediocres. No tenemos gente de primer nivel, pero el Perú es así. Siempre lo ha sido.

— Alguna vez también dijo que Lima no es horrible, que aquí aún somos seres humanos. ¿Qué implica, para usted, ese "ser humano"?
Primero, ser una persona buena, porque la bondad es un valor que ya no se aprecia. El hombre bueno generalmente es un idiota. Eso es lo que piensa la gente. Pero ser humano tiene que ser pensar en los demás, tener vocación de hacer algo positivo para la sociedad. Ahora, siempre hay complicaciones psicológicas, y hay problemas que surgen y transforman. El dinero puede transformar a un ser humano, generalmente para mal, y el poder también.

Carlos Revilla

“La pose” ( 2016 ), obra donde el artista y su musa figuran retratados.

— ¿Y la vanidad del artista?
Bueno, depende. Yo he hecho mi trabajo como cualquier otra persona, como un artesano.

— ¿Era cercano de Szyszlo?
Cuando yo vivía en el extranjero y venía con un amigo, el escultor Joaquín Roca Rey, que vivía en Roma, íbamos a ver a Szyszlo. Nos acogía muy bien, era muy simpático y agradable, pero una vez que me instalé acá las cosas cambiaron: cuando llegué tenía cierto éxito, mis cuadros costaban más que los de él, según su mujer… Él no aceptaba que otra persona pudiese hacerle sombra, creo. Yo conocí mucho a Blanca Varela, que era una mujer extraordinaria, una gran escritora, e incluso he visto libros traducidos de ella en París, pero Szyszlo no tenía mercado afuera, esas son mentiras. Y si había mercado, eran peruanos que le compraban cuadros. Bueno, Szyszlo era un tipo brillante, políticamente bien informado, pero así son las cosas, pues. La primera cosa que me preguntaban cuando yo acababa de llegar era "¿y usted qué piensa de Szyszlo?". Y yo no pienso nada de Szyszlo.

— Bueno, del arte abstracto usted se ha referido en términos poco elogiosos varias veces.
Sí, me parece muy decorativo y fácil, pero estoy haciendo cuadros abstractos ahora, para variar un poco.

— ¿Está cayendo en lo fácil, entonces?
No. Hago uno o dos, no más. El resto son mis pinturas que hago siempre, pero quiero ver hasta qué punto te implica hacer cuadros abstractos. Yo creo que ahí hay una cosa de decoración, de colores y formas, pero hay pintores que realmente no hacen nada: tienen una tela, hacen tres huecos y chau.

— ¿Qué son, por ejemplo, los tiburones de Hirst?
Mira, si vas donde un taxidermista te cuesta más barato. O sea, la gente está pagando precios increíbles por una cosa que no lo vale.

— ¿Es una espiral de locura el mercado del arte internacional?
Sí, es totalmente loco… como Jeff Koons, por ejemplo, que ni siquiera hace él las cosas, las manda a hacer a Italia. Tiene excelentes promotores, gente que lo vende, y galerías. Es que uno no se hace solo. Necesitas apoyo para llegar a ser un artista reconocido y, sobre todo, caro. Para mí de acá a cincuenta años van a botar todo eso a la basura. Todo y nada es arte. Mira, yo soy muy tradicionalista. Yo hubiera querido vivir en el siglo XVI. Para mí el artista es un artesano, un tipo que trabaja quince horas al día y que sabe pintar.

— ¿Por qué el XVI?
Porque ahí cualquiera no pintaba. Era todo un aprendizaje. A los 14 años entrabas al taller de un pintor, te enseñaba las técnicas, aprendías a hacer pinceles, a blanquear una tabla para pintar encima, dieciocho capas de blanco bien lijadas, o sea, todo un mundo artesanal, y después tratabas de pintar lo mejor posible.

Carlos Revilla

“Homage au pilote inconue”, obra de Revilla de 1974.

— ¿Y de su infancia qué es lo que más extraña?
¡Papá Noel!

— ¿Le hicieron creer?
¡Sí, hasta los 6 años! Mi mamá era genial para eso, porque me decía "sal con tu papá, anda a dar una vuelta", y cuando regresaba la mesa estaba llena de cosas y de fantasías. Es que fuimos muy pobres en la época de la guerra (en Europa), y cuando llegué a Argentina, pues para mí era una cosa extraordinaria: había comida, carne, frutas. Yo no conocía eso. Yo comía papas, y jugaba con botellas que llenaba con agua que pasaba de una a otra. Ese era mi juego, frente a la puerta de mi casa donde veía pasar tropas de alemanes.

—¿Y cuál era su sueño entonces, de niño?
Dibujar.

— ¿El arte como escapismo?
Puede ser, puede ser.

— ¿O salvador?
También. Las dos cosas. Escapismo y salvador, sí. Mi padre tenía un libro de la "Divina comedia" ilustrado por Gustave Doré, y yo estaba fascinado por el infierno y las escenas de la gente a las que les jalaban el pelo y cosas por el estilo. De ese mundo surreal me ha quedado un poco en la pintura.

— ¿Y cómo recuerda ese viaje a la Argentina?
Fantástico. Un mes por barco. Y además me enamoré de una niña. El primer amor de mi vida. Me acuerdo que estaba en el comedor, y ella estaba sentada frente a mí y me levanté y le zampé un beso. Yo tenía 5 años. Hay que ser precoz en la vida. Y luego llegar a Buenos Aires fue, pues, una revelación. Era el futuro, era la abundancia, había carne, cosa que no conocía prácticamente. ¿Sabes lo que es comer papas y endibias, esas cosas sin gusto? Mi madre hacía sopas, pero era agua, de cebolla… y el teléfono, por ejemplo, me pareció formidable, y los discos de vinil. Mi primera música han sido los tangos. Y ahora estoy leyendo un libro que se llama "El último tango de Salvador Allende". Como yo viví en Chile también hay muchas cosas que me acuerdo de mi pasaje por Chile, donde estuve en un colegio de curas. Y ahí perdí la fe, con los curas. No les creía un pito lo que decían.

Carlos Revilla

Carlos Revilla y Salvador Dalí en Cadaqués (España, 1965). (Foto: Archivo personal)

— Pienso en una frase suya: "Hay gente que se muere por hacer el amor y no se atreve". Ahora, bordeando los 80 años, ¿cómo se vive la pasión?
Menos violenta que de joven. Ya no hay esa efervescencia que puedes tener cuando tienes 20 o 30 años. Y ahora me doy cuenta, por ejemplo, que en las conversaciones entre amigos antes se hablaba de deportes, de mujeres, y ahora se habla de cuál farmacia vende tal producto, de dónde hay descuento. Se ha vuelto así, patético. Porque todos mis amigos están enfermos: que yo no puedo tomar esto, que la vesícula, que el estómago, ¡y la próstata!

— Dijo de Van Gogh alguna vez que él tuvo la sensatez de desaparecer, y que le parecía muy sano como decisión el hecho de tomar la vida por mano propia.
Sí, pero Van Gogh era un hombre que estaba muy enfermo, no tenía cómo mantenerse, no vendía cuadros. Su vida era un desastre, porque se alcoholizaba, no tenía mujer, sino una prostituta por ahí, y la mejor cosa que pudo hacer es matarse. Y en el fondo, si no hubiera pasado todo eso, cortarse la oreja, morir joven, no vender ningún cuadro, no se hubiera transformado en mito. Los mitos vienen de la forma de vida de la persona. Y ahora tiene un museo en Ámsterdam. Lo mismo Modigliani, que se muere joven, tuberculoso, y la mujer se tira de la ventana cuando estaba embarazada de cinco meses. Todo eso crea un personaje, crea un mito. Mi hija me dice: "córtate algo".

MÁS INFORMACIÓN
Noche de Arte
Lugar: Local principal del BBVA.
Dirección: Av. República de Panamá 3055, San Isidro.
Fechas: del 19 al 21 de octubre.
Entradas: Teleticket.

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