Jorge Paredes Laos

A inicios de este año, el artista Rember Yahuarcani volvió por unos días a Pebas, el pueblo de su niñez y adolescencia. Un lugar de más de cuatro mil habitantes, ubicado en la desembocadura del río Ampiyacú con el Amazonas, en el corazón de la selva de Loreto. Iba a visitar a su familia y nada hacía presagiar que se quedaría ahí durante todos estos meses, tras la explosión de la pandemia del coronavirus. De esta manera, ha sido testigo del dolor y pobreza que ha traído a las comunidades amazónicas esta ya larga crisis sanitaria. Una pandemia que ha agudizado el abandono de los ancianos en la sociedad indígena contemporánea. Un olvido que atenta, directamente, contra quienes hasta hace poco eran los portadores de la sabiduría ancestral de estos pueblos.

Como afirma Yahuarcani no solo el coronavirus está matando a los viejos de la Amazonía, sino también los está desapareciendo el desamparo y la invisbilización. “Yo he visto a gente vivir en las calles en Lima —me dice por el teléfono—, pero se suponía que en un lugar como Pebas eso no pasaba. Aquí la gente tiene chacras y eso es sinónimo de alimento; por eso es chocante encontrar a muchos viejos solos, abandonados. Y no, solamente, estoy hablando del Estado, sino en general son invisibles para la misma sociedad indígena, para el gobierno municipal, para el vecino que vive a cinco metros, para los jóvenes”.

EL PROYECTO

Hace unas semanas, Yahuarcani decidió subastar entre amigos de Lima algunas obras suyas pintadas con tintes naturales durante la cuarentena para ayudar a “estos abuelos”, como él los llama. Pero, luego, se dio cuenta de que se necesitaba algo más. Entonces, dejó los pinceles y yanchamas y con una moderna cámara fotográfica empezó a retratar a todas esas personas mayores de 70 años de las distintas comunidades amazónicas que se concentran en Pebas: boras, yaguas, uitotos, cocamas.

“La idea principal es mostrar esos rostros —afirma—. Esta mañana tuve la suerte de encontrar a don Arseo, de 92 años, descendiente yagua, y mañana le tomaré foto a don Eduardo, don Educo, un anciano bora del Ampiyacú”. No se trata de retratos profesionales, sino de imágenes que son un registro documental que el artista va armando cada día. “He descubierto que muchos tienen temor a la cámara. Si bien para mí esta es un arma poderosa para captar un momento, para ellos es un objeto extraño que representa lo peor de occidente, y eso también es chocante”, comenta.

HISTORIAS Y MITOS

Pero, en el fondo, no se trata solo de imágenes, como el mismo Yahuarcani reconoce, sino de recuperar historias de vida y saberes. “Cuando llegas a una casa —dice—, ellos te cuentan qué están haciendo, cómo está la chacra, cómo ha ido la cacería, quién ha fallecido, quién se ha ido de viaje, quién ha llegado, o quién está enfermo. La gran mayoría de estos ancianos, casi todos están enfermos. No solo vas y disparas la cámara, sino escuchas una historia y ese es el rostro que captura la máquina. Detrás de ese rostro, hay una historia de enfermedad, abandono… Así está viviendo la gente en estos días”.

Con este proyecto fotográfico, que Yahuarcani piensa titular “Rostros del Ampiyacú”, lo que se busca es devolver a estos ancianos el protagonismo. El mismo que tenían solo hace un tiempo en la mayoría de comunidades. “Debemos sacarnos de la cabeza esa visión romántica del indígena —cuenta el artista con cierta desazón—, aquí los jóvenes están perdiendo contacto con los mayores, con aquellos que eran los portadores de los mitos y las historias… El mito no es un simple cuento, sino contiene muchas enseñanzas, principios y valores que te enseñan a vivir mejor, pero cuando los ancianos mueren o se les abandona todo el patrimonio inmaterial de un pueblo, de una cultura, se pierde”.

El objetivo de Yahuarcani es completar el proyecto en las próximas semanas para exponer estas fotografías en noviembre, o antes de fin de año, como parte de la beca “Art+Activism against repression during the COVID-19 crisis”, que él, su padre Santiago Yahuarcani, Harry Pinedo y la curadora Giuliana Borea obtuvieron de la Universidad de York, del Reino Unido para mostrar obras ejecutadas en el contexto de la pandemia.

Obras que nacen del dolor, el asombro y la perplejidad de estos días, y que se reflejan en los rostros que muchos de estos sabios indígenas muestran ante la cámara.