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Ramón Mujica: "Nadie me va a hacer creer que Santa Rosa debería estar en el Larco Herrera"

A propósito de la conmemoración de los 400 años de la muerte de Santa Rosa este 24 de agosto, Mujica examina la evolución de su inquietante representación plástica a lo largo de los siglos

Apasionado de la historia, Mujica se encuentra investigando ahora sobre la teología de los jesuitas en el siglo XVII, su arte, su iconografía y los procesos de extirpación de idolatrías. (Foto: Juan Ponce)

Apasionado de la historia, Mujica se encuentra investigando ahora sobre la teología de los jesuitas en el siglo XVII, su arte, su iconografía y los procesos de extirpación de idolatrías. (Foto: Juan Ponce)

Apasionado de la historia, Mujica se encuentra investigando ahora sobre la teología de los jesuitas en el siglo XVII, su arte, su iconografía y los procesos de extirpación de idolatrías. (Foto: Juan Ponce)

En sueños, la santa se le apareció en un cuadro que, al despertar, pensó que había visto expuesto la noche anterior en una muestra del artista Luis Alberto León. Al llamar para adquirir la obra, sin embargo, se enteró que tal cuadro nunca había existido. Ramón Mujica le pidió al artista, entonces, que recreara su visión de Santa Rosa de Lima. En aquel lienzo, que ahora se encuentra en el estudio del historiador, se aprecia el rostro de la santa reemplazando al de Cristo en el paño de la Verónica: Santa Rosa como el verdadero rostro de Jesús. En su estudio, donde proliferan inquietantes interpretaciones plásticas de la santa como aquella de José Luis Carranza en la que Santa Rosa es mordida por un dogo infernal, Mujica destaca el rol importante que la santa limeña debiera tener en los estudios de género y recuerda, entre otros pasajes sobrecogedores relacionados a la santa, aquel que señala que, debido al enfrentamiento que mantenía con ella, Luzbel decidió mudar su trono justo debajo de la ciudad de Lima, donde a veces, ciertamente, pareciera haberse quedado afincado.

—¿Eres un hombre de fe?
Profundamente, pero para empezar habría que definir qué cosa es la fe.

—¿Y qué es la fe?
La fe de la que yo te hablo es el conocimiento, es la milagrosa cualidad de la certeza. Decía Santo Tomás de Aquino que la naturaleza de la fe es el conocimiento puro –la intuición intelectual– que no se sitúa en la cabeza, sino en el corazón. Lo que a mí me interesa para analizar a los místicos del siglo XVI, XVII o XVIII, o de la Edad Media, no es tanto las categorías que utiliza la psicología moderna, que la respeto mucho, sino cuál es el mapeo de la mente que tienen ellos mismos sobre estos temas. No puedes usar categorías del siglo XX para analizar experiencias espirituales, religiosas o incluso psicológicas del siglo XVI. Debemos elevar nuestros niveles de referencia. Aprender a pensar con el otro, no sobre el otro. Santa Rosa de Lima no era una beatita blancona cargada de silicios que se tortura a sí misma porque tiene una especie de neurosis. Para mí, sus silicios representan su biblioteca, porque cada uno de sus silicios representa un modelo de santidad que ya había sido experimentado por un santo de la Edad Media o del Renacimiento: la pequeña ermita que tenía en su jardín, aislada del mundo, es la que usaban los padres del desierto en el cristianismo temprano; su corona de espinas imitaba a la de Santa Catalina de Siena. Y la fe popular entiende esto no con la razón, sino con la emoción, porque cuando aparece la razón es como el sol, que nos impide ver las estrellas. En los antiguos manuales de espiritualidad se diferenciaba entre el conocimiento racional, que es muy importante, y el intelectum del corazón, que no es inferior a la razón, sino superior.

—Los cuadros de artistas contemporáneos sobre la santa que tienes aquí serían considerados una herejía.
No, porque los cuadros modernos que tengo no están hechos para la contemplación religiosa. Forman parte del imaginario de lo que es Santa Rosa en el mundo contemporáneo, y a mí como antropólogo me interesa recopilar todas las variantes de lo que ella puede significar para muchos artistas contemporáneos. Y en muchos casos, y ahí sí recurro a la psicología moderna, ellos están proyectando sobre un personaje histórico del siglo XVII sus propias fantasías. No hay una Rosa, hay mil Rosas distintas. Y la mía [la del cuadro de Luis Alberto León] también es una proyección, y ahí creo que salió mi inconsciente de historiador, porque mi visión de Santa Rosa como la Vera Imago, la verdadera imagen del Mesías, por decirlo de alguna manera, es una respuesta a la teología de los criollos novohispanos del siglo XVII que decían que la Virgen de Guadalupe estaba presente en el ayate del indio Juan Diego. Y si eso dicen los teólogos mexicanos, ¡los peruanos podemos decir entonces que la Vera Imago de Jesucristo es Santa Rosa de Lima!

Cuadro de Mujica.

Cuadro de Mujica.

Cuadro de Mujica.

—Me mencionabas también que el caso de Santa Rosa era importante como estudio de género.
Exacto, para quienes estén interesados en estudios de género es una mina de oro, porque cuando muere Santa Rosa, se desata en Lima una epidemia de mujeres clarividentes que querían ser como ella y se convierten en el dolor de cabeza para la Inquisición, porque que una criolla o mestiza tenga sus visiones no importa mucho, pero que cincuenta empiecen a tener visiones y protagonismo dentro de la Iglesia ya lleva el nivel de la mujer a otra situación. Recuerda que las mujeres tenían dos opciones, o entraban al convento o se casaban. Las beatas, que estaban en un camino intermedio y peligroso, solían trabajar temas delicados de la teología a través de sus confesores. Y está también el caso de una íntima amiga de Santa Rosa: Luisa Melgarejo, que besaba las huellas por donde pasaba Santa Rosa porque estaba convencida de su santidad, y ella misma tenía toda una serie de visiones.

—Algunos dirán que Melgarejo estaba entonces más loca que Santa Rosa.
Acá no hay locas, acá hay visionarias. Para no caer en anacronismos tenemos que utilizar una terminología adecuada para estudiar los personajes históricos. Si hay un subconsciente, tiene que haber una supraconciencia. ¿Por qué tratar de explicar los más altos valores espirituales de la humanidad a la luz de patologías? ¿Por qué tenemos que reducir la cultura a las enfermedades? Cuando uno compara los mapeos de la mente que hacía el hombre antiguo y lo que hace el hombre contemporáneo, vemos que tenemos una psicología totalitaria, reduccionista y que excluye de la experiencia humana toda una serie de niveles de conocimiento y de realidad que no forman parte de su esquema mental, y entonces lo tildamos de locura, pero a mí nadie me va a hacer creer que Jesucristo, Buda, Zoroastro, Lao Tse, Santa Rosa o algún indio sioux deberían estar en el pabellón C del Larco Herrera. No, pues.

—¿Cómo ha ido evolucionando la representación de la santa a lo largo de los siglos? La primera imagen que se tiene de ella sería la del italiano Angelino Medoro.
Ese sería el primer retrato que se hace de ella muerta, con los ojos semiabiertos porque, según los relatos de época, cuando intentaron cerrarle los ojos, no pudieron, y eso fue interpretado como un vaticinio de su patrocinio sobre Lima. Los retratos posteriores estarán basados en ese retrato primigenio y poco a poco, conforme van pasando los años, le van abriendo los ojos. Ella muere en 1617, y hacia 1630, cuando los dominicos ya están interesados en beatificarla, hay menciones a grabados que se están haciendo de ella, aunque no ha sobrevivido ninguno. Y es recién para sus fiestas de beatificación en 1668 que aparece un ciclo iconográfico de la vida de la santa que va a incluir sus visiones sobrenaturales. Y hay visiones profundamente turbadoras. Por ejemplo, Santa Rosa atacada por el demonio que se le aparece en forma de perro. Y hay otra que me parece fascinante: el Cristo cantero. Como sabes, los trabajos de la minería en el virreinato eran un trabajo forzoso para indios, y Santa Rosa, que vivió en Quives, donde su padre tenía un obraje minero, se escapa en una ocasión de su jardín e ingresa al obraje, y al poco tiempo tiene una visión: ve que el maestro de cantería es Jesucristo y las que están cortando las piedras no son indios, sino mujeres. Mujeres haciendo trabajos de hombre. Para los estudios de género esto es fascinante: tener en la primera mitad del siglo XVII en el corazón de una mina no a indígenas rudos, sino a criollas y mestizas engalanadas llorando sobre piedras que van ablandando para fundar la nueva Iglesia americana, que lo van a hacer, además, como mujeres y laicas.

—¿Y cuáles destacarías de las representaciones contemporáneas?
Las de Botero no me gustan nada, que son estas Santa Rosas gordas. Sobre las de Sérvulo, creo que ahí hay una confusión histórica porque a la que está retratando no es a Santa Rosa, sino a Doris Gibson, a quien yo siempre he querido mucho, pero lamentablemente no era Santa Rosa de Lima… y la que sí es extraordinaria es la de Francisco Lazo, del siglo XIX, que está en la Municipalidad de Lima, una Santa Rosa tremendamente sensual, con un libro sobre una silla, donde él ya está reconociendo que no era una beata rústica e ignorante, sino una lectora e intelectual.

—¿Es un lujo ser una persona de fe hoy en día?
Creo que en el Perú hay una fe profunda del pueblo. Hace poco, cuando sacaron las reliquias de Santa Rosa y de otros santos, las procesiones multitudinarias que se formaron fueron algo extraordinario. Y mientras exista fe imagino que existirán valores morales, y uno sabrá que hay principios que están por encima de lo que te gusta o no, y que hay cosas que puedes hacer y otras que no, no porque no puedas hacerlas, sino porque está mal hacerlas.

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