Ricardo Wiesse explora el color negro en “Ventanas de sombra”
Ricardo Wiesse explora el color negro en “Ventanas de sombra”
Enrique Planas

Murió el tío Ricardo, la cabeza de la familia, a los 92 años. Era su padrino. La persona que reemplazó para todo efecto práctico a su padre, fallecido cuando Ricardo Wiesse tenía 28 años. Con su ausencia, se pierde para el artista una memoria de Lima de la que ya nadie habla. Pierde el recuerdo de antiguos habitantes y tradiciones en una ciudad no ilustrada. Una riqueza callejera que el tío Ricardo siempre supo aquilatar. “Meses antes el urólogo le dijo: ‘deja de comer ají porque te vas a morir’. Y él no quiso dejarlo”, ríe el pintor compartiendo el recuerdo.

Si empezamos este reportaje con la muerte del tío Ricardo es porque una manera de procesarla ha sido el notable y oscuro conjunto pictórico que en estos días Ricardo Wiesse entrega a la galería Forum. Es su forma de llevar el luto. Comenzó este proceso a inicios de año, con una serie de dibujos sobre cartulina negra, presentados en la pasada Feria del Libro de Santo Domingo. Obras que, como Wiesse explica, significaron una profunda liberación. Luego, para esta muestra, Wiesse ha preparado óleos de mediano y gran formato, donde las imágenes abstractas geométricas sobre fondo negro son un aporte diferente.

En efecto, esta vez Wiesse desarrolla espacios privados de luz, superponiendo grises, explorando en el negro, deslizando la espátula hasta generar un campo de sombras estriadas. Asimismo, como no había hecho hasta ahora, en esta muestra el artista comparte con el espectador un texto en que, a manera de bitácora, describe su proceso creativo.

Por un lado, detalla su vinculación con la materia, y por otro, nos remite al desvelo propio del artista frente al lienzo por hacer.

¿El trabajo que estás a punto de exponer te ha servido para liberarte de la pena?

De la pena no. De alguna manera, me ha acompañado a sobrellevarla. Yo sé perfectamente lo que la muerte de un familiar querido supone mentalmente, pero un sentimiento tan agudo de la finitud no es algo que uno experimente de forma corriente.

El desierto es el gran símbolo de tu trabajo. Sin embargo, en esta exposición nos enfrentas a otra dimensión de este. Ya no es el desierto luminoso, sea en su visión abstracta o impresionista, sino un desierto nocturno, donde adivinas las dunas alrededor.

Así es. El desierto, en alguna medida, también ha sido una metáfora del vacío, de la pregunta eterna, de la soledad. El desierto propicia una enorme cantidad de atributos. Pero siento que también hay un inmenso desierto frente a nosotros que va mucho más allá que las arenas de la costa peruana, digamos un espacio cósmico. Hablo de la representación de lo más misterioso y sagrado en nosotros: nuestra mente. Cómo ponerle límites a una frontera que no las tiene, cómo nombrar lo que va más allá de los límites, cómo enfrentar esas realidades sin respuesta. Uno se prepara toda su vida para responder a eso.

¿Qué te motivó a dejar por escrito el reporte de estos meses de trabajo?

En realidad, es parte de una lucha eterna por penetrar en la experiencia. La forma que eso toma se apropia, de alguna manera, de tu espacio interior. Se apropia incluso de nuestros esfuerzos y nuestros horarios, y esta vía metafórica empieza a tomar un protagonismo aún mayor que el de la vida real. Se apropia de uno, o uno se entrega. Si no hay una disposición total, el resultado va a ser incierto. No estoy diciendo que lo haya conseguido, pero siento que he ejercido mi libertad expresándome.

¿Es la primera vez que escribes un diario, una bitácora, proceso de trabajo?

Sí. Siento que es una forma de sacarle la vuelta al silencio. De alguna manera, el ejercicio de la escritura te va proveyendo de ciertas herramientas para afrontar tu trabajo y poderlo comunicar de una manera digna. Todo eso sin que interfiera en lo visual, y te ayude un poco a entender, si es que hay que entender algo.

Una frase de tu bitácora se me quedó grabada: “El negro empacha”, dices cuando confiesas estar agotado en el trabajo con este color. ¿Cómo puede afectarte un color?

El trabajo con el negro empacha. Me había pasado tres o cuatro semanas trabajando una superficie y lo único que quería era ponerle un poco de color, buscar un intermedio. Después de una experiencia de negro total, de trabajar siquiera con semitonos, pienso que necesitaba salir de ese río oscuro.

¿Y cuál fue la necesidad de entrar al río oscuro?

El negro y el blanco son las dos formas del absoluto. Explorarlo es, la verdad, una experiencia gratificante. Conduce a mundos donde el color jamás podría llevarte. La finalidad del pintor no es necesariamente proseguir la paleta luminosa de los impresionistas, ni mucho menos. Hay un momento en que abandonas los caramelitos y vas por algo mucho esencial.

Te lo preguntaba porque vivimos en tiempos en que ya nadie va a los velorios vestido de negro. Hay un miedo de época por todo lo que sea oscuridad y muerte.

El procesamiento tan infantil que tenemos con respecto a la muerte lleva a la institucionalización de las iglesias, a las respuestas preconcebidas, a la necesidad de huir del asunto. No es que tengamos que estar alienados por la idea de la mortalidad, pero la idea de la muerte puede ser también muy atractiva. Y lo que decía el poeta Rilke de la “muerte propia” es algo más atractivo aún, es decir, cultivar tu propia muerte, hacer de la muerte la cómplice de todo lo vivido. Es algo de lo que el hombre contemporáneo está cada vez más lejos. Tú puedes disfrazar el sentimiento que tienes frente a la muerte, sepultarlo, olvidarte de él pero, de alguna manera, va a salir. Yo no creo que la muerte y la infelicidad sean conceptos parecidos. Para nada. La muerte es un concepto duro, como es duro también vivir y conseguirte el pan.