La historia de Charles Pfizer sintetiza la historia de la tecnología, de la ciencia, de las comunicaciones. Hoy, también sintetiza la esperanza. (Ilustración El Comercio)
La historia de Charles Pfizer sintetiza la historia de la tecnología, de la ciencia, de las comunicaciones. Hoy, también sintetiza la esperanza. (Ilustración El Comercio)
Ricardo Hinojosa Lizárraga

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Los años 1848 y 1849 fueron particularmente agitados en la Confederación germánica, un conglomerado -establecido bajo la protección de la Casa de Habsburgo- que tenía como objetivo mantener la seguridad de los pequeños estados del desaparecido Sacro Imperio Romano Germánico. Como vemos, era una situación política en la que la monarquía tenía aún una gran influencia. Sin embargo, tomando como ejemplo la Revolución de París de 1848, burgueses, republicanos y obreros se unieron en una rebelión que esperaba cambiar para siempre la política alemana. Conforme las cosas se le iban poniendo difíciles a Federico Guillermo IV de Prusia, muchos liberales alemanes tuvieron que abandonar pronto el país. Entre ellos, un joven de 24 años, cuyos estudios había tenido que dejar truncos: Karl Christian Friedrich Pfizer.

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A miles de kilómetros de allí, Nueva York cuadriplicaba en aquellos años su población y experimentaba un boom de crecimiento y urbanización que incluía la creación de muchas de las importantes avenidas que, aún hoy, cruzan la ciudad de lado a lado. La extensión y modernización de otras redes de transporte, como la fluvial, también había dinamizado la economía. Para 1900, el puerto de Nueva York sería ya el más grande del mundo. Times Square y Central Park tomaban forma. La Gran Manzana que conocemos hoy, se proyectaba al futuro.

Pero aún estamos en 1849, el año en que Pfizer llega a Estados Unidos acompañado de su primo Karl Erhart. Con 2500 dólares prestados por Pfizer padre –un exitoso pastelero-, los dos hombres ahora conocidos como “Charles” compraron un pequeño edificio en la calle Bartlett de Williamsburg, Brooklyn –hoy, un destacado barrio judío-, en el que instalarían un laboratorio especializado, en principio, en productos químicos que no eran usualmente fabricados en Estados Unidos. Erhart tenía formación de pastelero, como Pfizer padre, y Pfizer hijo había sido aprendiz de boticario tras acabar el colegio. Fue así como adquirió formación práctica en Química, paralelamente estudió la teoría y, además, algo de gestión empresarial.

Sin embargo, faltaba aún mucho para que aquella pequeña empresa se convirtiera en el mayor grupo empresarial farmacéutico del mundo, capaz de fabricar una vacuna con el 90% de eficacia para combatir la peor pandemia del último siglo.

A tu salud

La santonina fue el primer producto que los primos desarrollaron con éxito, combinando sus habilidades pasteleras y químicas: la medicina tenía forma de cono de caramelo y mezclaba la santonina amarga con un dulce de crema de azúcar que la hacía sabrosa hasta para los niños. ¿Su propiedad principal? Depurar las lombrices intestinales que eran tan comunes en aquel entonces.

Comenzaron estableciendo una red de contactos entre los farmacéuticos de la zona, a quienes les dejaban muestras de su producto y cerraban acuerdos para futuras compras, en un innovador sistema de preventa. Solo cuando sintieron que había ya suficiente interés, comenzaron a fabricarlo y venderlo en grandes cantidades.

La línea se fue ampliando, al tiempo que Erhart iba y venía de Alemania por motivos comerciales y familiares. Así fue como se enamoró de Frances Pfizer, su otra prima, hermana de Charles, y le propuso matrimonio. Pronto, todo quedaría en familia. William, el hijo producto de esa unión, se uniría años más tarde a la empresa y se convertiría, tras la muerte de su padre, en copropietario y presidente hasta su propia muerte, en 1940.

Sin embargo, aquellos viajes que le llenaron el corazón a Charles Erhart, también le llenaron los bolsillos, pues fue así como expandió la empresa y aumentó su rentabilidad. Pronto, el término “calidad Pfizer”, empezó a generalizarse no solo en Estados Unidos, sino también en Europa.

Para mi padre, joven y entusiasta, rebosante de ideales que movían las almas de sus contemporáneos, nada en Europa parecía digno de los tremendos esfuerzos requeridos para reformar y renovar y edificar la tierra de su nacimiento –escribió la hija de su primo Charles, Alice Pfizer, en sus memorias-. Pero allí, al otro lado de ese gran Océano Atlántico, había un nuevo país, no solo lleno de innumerables oportunidades, sino que también estaba abriendo sus brazos a todos aquellos que vendrían y ayudarían a edificarlo. ¿No era por lo tanto natural la idea de una nueva vida para sí mismo, en la que podría ganar todo lo que admiraba y amaba?

Como escribió la misma Alice, el viaje de su padre de Alemania a Estados Unidos, “coincide con los de miles de jóvenes europeos: buscar mejores oportunidades laborales unidas a un ansia de vivir en una tierra de libertad”.

El momento expansivo y de prosperidad económica que vivía los Estados Unidos –y, por consecuencia, Nueva York-, eran la circunstancia ideal, porque se produjo una gran demanda de productos químicos. Para 1850, solo mil personas eran empleadas por las fábricas del rubro, prueba de que era una industria aún incipiente. Precisamente por eso, era poco probable que los hábiles alemanes tuvieran una competencia digna que los hiciera tambalear. 170 años después, y tras absorber a otro gigante como Warner-Lambert, aún no la tienen.

Aunque aprovecharon el auge de la Revolución Industrial, tuvieron también que enfrentar un reto mayúsculo: la Guerra de Secesión que entre 1861 y 1865 enfrentó a los Estados Unidos. Lo que para unos fue una tragedia o la quiebra absoluta, para los Pfizer fue una oportunidad de negocio.

Durante esos años conflictivos produjeron ácido bórico y ácido tartárico, y se abrieron a otros mercados, como la elaboración de insumos para el procesamiento de alimentos. En el camino, definieron el ácido cítrico tal como lo conoce hoy el mundo a través de las numerosas bebidas en las que se usa, y se convirtieron en sus principales productores en los Estados Unidos. Además, el mercado pedía analgésicos, conservantes o desinfectantes y ellos los tenían. Para 1871, las ganancias de Charles Pfizer & Company casi alcanzaban el millón y medio de dólares.

Años después de la muerte de sus fundadores, el trabajo de investigación del laboratorio seguía siendo decisivo. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, gracias a la cantidad de penicilina cuya producción facilitaron sus procesos. En solo un año, las farmacéuticas norteamericanas producían 100 mil millones de unidades de penicilina al mes. Médicos y enfermeras del ejército aliado lo agradecían desde todos aquellos lugares donde se combatía y había heridos. En cinco años, las cifras iniciales de producción se habían multiplicado por 800. Por ejemplo, en el Día D, el 6 de junio de 1944, cada uno de los más de 150 mil soldados aliados que desembarcó en Normandía llevaba consigo una dosis de penicilina. El médico y científico escocés Alexander Fleming obtendría, junto a Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey, el Premio Nobel de Medicina en 1945, gracias a sus descubrimientos.

En los años posteriores a la guerra –que incluyen conflictos como Corea o Vietnam-, Pfizer potenció sus divisiones internacionales y agrícolas, además de su fuerza de ventas farmacéutica, hasta convertirse en el gigante que es hoy. Curiosamente, gran parte de sus ingresos a nivel mundial son gracias a un antidepresivo, un potenciador de la sexualidad y un ansiolítico: Zoloft, Viagra y Xanax. ¿Qué hubiera sido del mundo si los producían antes de 1939?

En los extremos Viagra, pastilla contra la disfunción erectil desarrollada por Pfizer. A la derecha, la vacuna contra el Covid-19 de la misma compañía. Al centro, Charles Pfizer. Fotos: AFP/ Wikimedia.
En los extremos Viagra, pastilla contra la disfunción erectil desarrollada por Pfizer. A la derecha, la vacuna contra el Covid-19 de la misma compañía. Al centro, Charles Pfizer. Fotos: AFP/ Wikimedia.

El principio del fin

A estas alturas de la pandemia, ya es bastante conocido el decisivo papel que Pfizer está jugando en la vacunación alrededor del mundo. Según la revista Forbes México, este año producirá unas 2000 millones de dosis para combatir el Covid-19. Si antes fueron dos alemanes migrantes quienes iniciaron un imperio, hoy son dos personas de origen turco –uno, migrante; la otra, hija de migrantes- quienes le han dado un giro decisivo al combate contra la pandemia: los esposos Ugur Sahin y Özlem Türeci, fundadores del laboratorio BioNTech, poco conocido hasta hace tres años, pero que desarrolló un método revolucionario, conocido como “ARN mensajero”, “una molécula que aparece cuando se copia un tramo de ADN y transporta esta información a la parte de las células donde se fabricarán las proteínas que componen nuestro cuerpo”, según BBC.

En noviembre de 2020, anunciaron junto a Pfizer que habían logrado el 90% de efectividad entre los voluntarios de sus pruebas que no habían tenido el virus previamente y se pusieron al frente de la carrera mundial por una vacuna que le permita al mundo recuperar pronto la normalidad, si es que aún podríamos decirle así. “Podría ser el principio del fin de la era Covid”, dijo entonces Ugur Sahin. Türeci es la jefa médica del laboratorio. Hasta ese momento, una especialista en dirigir equipos que desarrollaban medicamentos contra el cáncer. También tienen investigaciones para el tratamiento del VIH y la tuberculosis que han llegado a ser financiadas por la Fundación Bill & Melinda Gates.

Según un artículo del New York Times, fue en enero del 2020 cuando BioNTech comenzó a trabajar en una posible vacuna, pues Sahin le prestó especial atención a un artículo de la revista médica The Lancet y tuvo la seguridad inmediata de que el coronavirus saldría de las fronteras chinas donde entonces empezaba a propagarse, para convertirse en una pandemia de consecuencias devastadoras.

Como Charles Pfizer lo fue en Estados Unidos hacia mediados del siglo XIX, Sahin es también un migrante en tierra extraña. Desde su natal Alejandreta, en Turquía, llegó a Colonia, Alemania. Su amistad con el hoy director ejecutivo de Pfizer, Albert Bourla, nacido en Salónica, Grecia, ha sido clave. Las enfermedades se propagan, pero felizmente sucede lo mismo con el conocimiento. Y dura mucho más.

Precisamente esta semana, como fruto de esa colaboración, Sahin lanzó una estimación que empieza a tranquilizar, al menos, a una parte del mundo: “Europa alcanzará la inmunidad colectiva en julio o, a más tardar, en agosto”. Al mismo tiempo, confirmó que, muy probablemente, será necesaria una tercera dosis de la vacuna producida por Pfizer para conservar la inmunidad contra el coronavirus. Ha sido probada en sus laboratorios contra casi 30 de sus variantes y los resultados siguen siendo alentadores. Este mes de mayo, 3 millones de dosis llegarán al Perú. Además, el presidente Francisco Sagasti acaba de anunciar la entrega adicional de 12 millones de vacunas antes de fin de año. Con un total de 32 millones de vacunas negociadas con nuestro país, Pfizer se convierte en nuestro principal proveedor en el mundo. Aunque aún falta mucho por hacer, son cifras que invitan a la esperanza, pues este año podría haber vacunas, de diferentes laboratorios, para todos los peruanos.

Según voces especializadas, nunca antes, ni en tan poco tiempo, se ha conseguido una vacuna contra un virus con tan alto nivel de eficacia. El nombre del emprendimiento científico que la hizo posible, dejaba clara su urgencia: Proyecto Velocidad de la Luz.

***

Aunque disfrutó del éxito empresarial durante muchos años, hacia el final de su vida, Charles Pfizer tuvo que ver cómo su hijo mayor, Charles Jr., prefería pasar el tiempo de cacería o en fiestas que concentrado en el negocio que le había encargado. Quería el éxito, pero no el trabajo que cuesta lograrlo. En 1905, ante las presiones del resto del directorio, tuvo que dimitir y dejarle el cargo de presidente a su hermano Emile. William Erhart, el hijo de su ya fallecido tío Charles y su tía Francis, era entonces vicepresidente.

Pocos meses después, en octubre de 1906, mientras estaba de vacaciones en su casa de Newport, Rhode Island, Charles Pfizer, el joven que a los 24 años viajó de Stuttgart a Nueva York en busca de un futuro mejor y creó uno de los mayores imperios de la historia, sufriría una caída fatal de la que nunca se recuperaría. Tenía 82 años. Hoy, sin embargo, estaría más que orgulloso de saber que el viaje aventurero que emprendió en su juventud salvó la vida de millones de seres humanos más de 170 años después.

Alice, su hija menor, lo recordó como un “hombre sabio, de mente amplia, generoso y culto”. Sus esfuerzos están tan vigentes que, muy probablemente -y a pesar de ser un hombre nacido hace casi 200 años-, aún hoy sería considerado de ese modo.

“Nuestro objetivo ha sido y siempre continúa ser lo mismo: encontrar una manera de producir productos de la más alta calidad”, dijo, al celebrarse el 50 aniversario de Pfizer en el Drug Trade Club de Nueva York, en 1899. Para setiembre del 2020, era una de las multinacionales farmacéuticas con mayor volumen de ventas a nivel mundial, que anualmente ingresaba más de 51.700 millones de dólares. En los últimos días, se supo que la Unión Europea ha realizado un acuerdo record para comprar hasta 1 800 millones de dosis, en lo que sería el mayor contrato individual del mundo para una vacuna contra el covid-19 hasta el momento. Paralelamente, anunciaron que trabajan en un método paralelo contra el Covid-19: una pastilla.

Mirando atrás, su propia historia, la de un emprendedor que comenzó repartiendo sus medicamentos a pie, que luego lo hizo a caballo, más tarde en carruaje y posteriormente en carros, camiones, trailers o contenedores que viajan a través de los cinco continentes, sintetizaba la historia misma del comercio mundial. Sintetiza también la historia de la tecnología, de la ciencia, de las comunicaciones. Hoy, también sintetiza la esperanza.

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