Brad Pitt en "Ad Astra". (Foto: Difusión)
Brad Pitt en "Ad Astra". (Foto: Difusión)
Sebastián Pimentel

Gran parte de la filmografía de James Gray no ha llegado a la cartelera local. A diferencia de colegas de su generación tan talentosos como él –Tarantino, P. T. Anderson, Fincher–, el estilo de Gray es más melancólico y europeo, al filo de lo contemplativo. Sin embargo, hemos podido ver en Lima algunas de sus obras maestras como “Los amantes” (2008), “La ciudad perdida de Z” (2016), y ahora, “Ad Astra”.

La llegada de esta última se debe, sobre todo, al protagonismo de Brad Pitt. Esta estrella de Hollywood ya ha dado muestras de que es un actor de categoría –hace poco vimos lo vimos en “Érase una vez en Hollywood”– y ahora, en la piel del astronauta Roy McBride, hace el que quizá sea su mejor papel. Reconcentrado, taciturno, de carácter férreo y nerviosismo contenido, McBride es también un hijo solitario que busca a su padre.

En efecto, la cinta parte de un misterio: el de la suerte desconocida de la misión de exploración Lima que comandaba Clifford McBride (Tommy Lee Jones), padre de Roy. Se trataba de un viaje que tenía como meta llegar a los límites del sistema solar, cerca de Neptuno. Sin embargo, en un punto, la misión perdió contacto con la Tierra. Por ello es que Roy es demandado por las agencias espaciales, en busca de develar ese enigma.

Hay otras subtramas que complejizan este esquema del filme: la posibilidad de que el padre de Roy haya perdido la razón, la probabilidad de que haya habido un motín en la nave Lima, el hecho de que desde Neptuno lleguen descargas de una energía destructiva para todo el sistema de naves espaciales que parten de la Tierra. Todas estas ideas hacen de “Ad Astra” una odisea donde los misterios y las amenazas no dejan de multiplicarse.

Algunos han comparado el filme con “Apocalipsis ahora” (1979) de Coppola, o con “2001, odisea del espacio” (1968) de Kubrick. En el primer caso, por la aventura hacia el descubrimiento de una figura patriarcal casi siniestra; en el segundo caso, por la frontera hacia otro estado ontológico, el que supone mirar a los confines de nuestra galaxia. No obstante, “Ad Astra” parte, en realidad, del propio universo de su director.

Esto último lo digo ya que el principal referente de esta odisea es “La ciudad perdida de Z” (2016), anterior opus de Gray. Allí se contaban los viajes de descubrimiento en las selvas del Amazonas por parte de Percival Fawcett, a inicios del siglo XX. Así como Clifford McBride soñaba con conocer otra especie de seres vivos en los límites de nuestro mundo conocido, Fawcett soñaba con una utópica ciudad arcaica.

Pero más allá de la indagación metafísica –siempre presente en la reflexión acerca del fin del mundo, pero también sobre los presupuestos de la condición humana–, es la relación paterno-filial que hacen Brad Pitt y Tommy Lee Jones: el problema existencial que se pone en escena marca toda la filmografía de Gray, y consiste en el choque entre una tradición familiar viciada y el atormentado dilema del hijo por liberarse de ella.

Con un angustiante aprovechamiento de espacios vacíos que traducen la ascendente soledad del protagonista, más un estilo pausado, lírico e hipnótico, que por momentos recuerda al cine de Terrence Malick o de Andrei Tarkovsky, James Gray ha hecho una de sus películas más sentidas y filosóficas. Las secuencias en los anillos de Neptuno deben ser de las más potentes que se recuerden del cine de ciencia ficción, a lo que se suma la fotografía –de Hoyte van Hoytema– de tonos fríos y luminosidades tenues. Por otra parte, la música de Max Richter aporta un elemento místico a estas alucinadas imágenes del misterio y los sueños imposibles. “Ad Astra” es una obra de arte que no debe perderse.

CALIFICACIÓN:

5 estrellas