Al Pacino en "Serpico", "El Padrino" y "Caracortada", tres de las actuaciones de la estrella estadounidense.
Al Pacino en "Serpico", "El Padrino" y "Caracortada", tres de las actuaciones de la estrella estadounidense.
Juan Carlos Fangacio Arakaki

Quería ser jugador de béisbol, pero por suerte se equivocó. Neoyorquino de ascendencia italiana por ambas ramas, es uno de los rostros más representativos de una generación que cambió el cine para siempre. No tenía el aspecto de las grandes figuras del ‘star system’ de la primera mitad del siglo XX: una mirada por momentos absorta e inescrutable, la nariz aguileña, la estatura por debajo del promedio. Un talante que quedaba en deuda, pero que compensaba con una entrega escénica sobrecogedora.

En ese sentido, fue un digno integrante de lo que se llamó el Nuevo Hollywood, un movimiento que incluía a cineastas como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Steven Spielberg, y a actores como Robert De Niro, Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Gene Hackman, entre otros. Esencialmente varonil, ciertamente, pero reflejo perfecto de una época.

Alejándose del glamour de los grandes estudios de Los Ángeles, esta hornada cinéfila estuvo más cerca de la costa atlántica y con ello recibió directamente las influencias del neorrealismo italiano y la ‘nouvelle vague’ francesa. Un cine mucho más áspero, ligado a la contracultura, opuesto a los cánones dorados hollywoodenses. Un mundo en el que Pacino encajó a la perfección.

“El primer lustro de la década de los 70 bastó para que Al Pacino haga dos películas con Coppola (las de ‘El Padrino’), dos con Sidney Lumet (‘Serpico’ y ‘Tarde de perros’) y dos con Jerry Schatzberg (‘Pánico en Needle Park’ y ‘Espantapájaros’). El único actor de su generación que hizo tantos protagónicos memorables en el mismo periodo de tiempo fue Jack Nicholson”, comenta el crítico Claudio Cordero.

Hay algo de versatilidad y otro poco de coherencia entre sus mejores papeles: del adicto a la heroína en “Pánico en Needle Park” al capo de la mafia Michael Corleone; del policía que se rebela contra su institución en “Serpico” al asaltante de banco en conflicto homosexual de “Tarde de perros”; del Tony Montana de “Caracortada” al más reciente Jimmy Hoffa en “El Irlandés”. ¿Qué une a esos personajes? ¿Qué hace que Pacino los encarne y se vuelva a la vez un símbolo que traspasa la ficción cinematográfica?

La respuesta que quizá más se acerca a ese enigma la tuvo el crítico estadounidense John Powers, quien dijo alguna vez que su trabajo en las dos primeras entregas de “El Padrino” se acerca “a la gran épica del siglo XX estadounidense –o cuanto menos de la masculinidad estadounidense– más que cualquier otra obra de arte que me venga a la cabeza”.

Parece cierto. Con sus exaltaciones, Pacino cubre bien un amplio rango de facetas del hombre norteamericano de su tiempo: violento, inseguro, machista. Y lo hace con la intensidad shakesperiana que siempre abrazó, una que estalla en la expresión histriónica requerida por el arte teatral (su otra gran pasión).

Curiosamente, de un total de nueve nominaciones al Óscar, el actor ha recibido solo una estatuilla en su carrera –tampoco es que las necesite–, por su actuación en “Perfume de mujer” de 1992. “Fue una de esas veces en las que su genio dramático superó la calidad de sus filmes. Premio con sabor a consuelo para un monstruo sagrado del cine y del teatro”, agrega Cordero.

Al Pacino en "Perfume de mujer" (1992), única película por la que ganó un Óscar, de un total de nueve nominaciones.
Al Pacino en "Perfume de mujer" (1992), única película por la que ganó un Óscar, de un total de nueve nominaciones.

HABLAN LOS ACTORES

Pacino es uno de los representantes más importantes del Método, junto a figuras como Marlon Brando y Marilyn Monroe”, dice el actor peruano Miguel Iza, que lo considera uno de sus intérpretes favoritos. Consultado sobre qué papeles son sus predilectos, menciona “El Padrino” y “El espantapájaros”.

Giovanni Ciccia, por su parte, describe a Pacino como “un incansable y siempre curioso hombre de teatro y cine”. “En cada uno de sus trabajos maneja una delicada transformación, tan orgánica que pareciera que estamos siempre viendo a una persona nueva. Podría mencionar muchas películas, pero si me tengo que quedar con dos, escogería ‘En busca de Ricardo III’ y ‘El Padrino II’”, opina.

“Lo que hace es el reflejo y la demostración absoluta del actor del método, que trabaja duro para construir un personaje, para conseguir lo que quiere –dice Pietro Sibille–. Más allá de su energía descollante, es una dedicación muy metódica y sistemática. Eso es lo más importante. ¿Sobre qué películas son mis favoritas? Pues ‘Caracortada’ es la que no dejo de ver nunca. Y las tres de ‘El Padrino’”.

Para Lucho Cáceres, es la etapa inicial de Pacino la que más lo entusiasma, con especial predilección por “Pánico en Needle Park” y “Tarde de perros”. Y cita de memoria un fragmento del libro “Conversaciones con Al Pacino” de Lawrence Grobel, una sustanciosa reunión de entrevistas con el actor. “En cierto momento Grobel le dice que la crítica lo considera uno de los tres mejores actores del siglo XX, junto a Brando y De Niro –recuerda Cáceres–. Pero también le cuenta que un medio lo nombró ‘el actor más sobreactuado de la historia’. Y a ello Pacino responde que ‘hay personajes que permiten la sobreactuación, pero nunca carecer de verdad’. Yo me quedo con esa frase. Porque personajes como el de Tony Montana son extremadamente sobreactuados, pero se lo crees”.

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