Tráiler de "El amante doble". (Fuente: Difusión)

Hace ya un buen tiempo es muy difícil encontrar en cartelera películas que no sean norteamericanas. Por ello es que, apenas divisamos algo de cine francés, como por ejemplo "El amante doble" –del siempre sorprendente François Ozon–, los difícilmente dejamos pasar la oportunidad. Este es el decimonoveno largo de ficción del director galo. Posteriormente ha hecho "Gracias a Dios" (2019), que ojalá llegue a Lima.


"El amante doble" presenta a Chloé (Marine Vacht), misteriosa joven a quien, en la secuencia inicial, un médico le informa que su aparente dolor en el estómago es en realidad un desorden psicológico. Por ello, Chloé decide empezar sesiones de terapia con Paul (Jérémie Renier). Sin embargo, la relación entre Chloé y Paul pronto traspasará los límites profesionales, con lo que nos adentramos por los cauces del thriller y el horror psicológico.

Hay que advertir de entrada que, pese a la intriga que Ozon teje con un ritmo envolvente, y siempre creando, por qué no decirlo, mucho 'suspense', esta no es una película de misterio como cualquier otra. El director de "Swimming Pool" (2003) es ya un maestro que comprende al cine como un arte que debe hablar otro idioma –el de las formas visuales y sonoras más que el de las palabras–, y hace de "El amante doble" un prodigio estilístico.

Para empezar, y en lo que a todas luces es un homenaje a "Vértigo" (1958) de Hitchcock, en los primeros segundos Ozon homologa el interior de la vagina de Chloé, que está siendo analizada en una clínica, con el ojo de la misma mujer. Luego, cuando Chloé decide subir al salón de terapia de su psiquiatra, se filma una escalera de caracol, en la simulación de un remolino que repite el 'leitmotiv' de la vulva y el ojo de la heroína.

El laberinto que nos propone Ozon está hecho de torbellinos visuales, pero también mentales. Y ahí es que entra a tallar el tema del doble y la multiplicación de identidades. Chloé –interpretada con una cualidad hermética, inasible y nerviosa por Marie Vacht– descubre que Paul, con quien inicia una aventura sentimental, tiene un hermano gemelo. Lo que viene será un juego perverso donde el amor y el sexo se confunden con el poder.

Como sucede con Hitchcock, o con el 'film noir', el realismo pierde sus contornos y todo cobra una creciente ambigüedad. Aunque, en este caso, la alucinación toma las riendas de la realidad con una inflexión visceral, violenta, como en el cine de David Cronenberg. Los espejos, que duplican a Chloé, están por todos lados, así como la pantalla dividida en dos, como haría Brian de Palma, lo que permite ver en paralelo las acciones de dos personajes.

El punto es que Chloé no gobierna su vida. Como el Scottie (James Stewart) de "Vértigo", ella está poseída por la obsesión que viene de su subconsciente: se trata del deseo de conocer el secreto velado de una identidad que siempre remite a otra, en un endiablado sistema de reflejos que pone en crisis la noción de "verdad". A la vez, como en "Bajo la arena" (2000), del mismo Ozon, se pone sobre la mesa la cuestión de la muerte y el duelo.

En efecto, si en "Bajo la arena" Charlotte Rampling debía indagar en la cara oculta de su marido una vez que este ha desaparecido, acá es Chloé quien debe indagar en el pasado que oculta Paul, con todo lo que tiene de horrible y luctuoso. En ambos casos, las certidumbres se ponen entre paréntesis y surge la pregunta: ¿cómo tolerar el desconocimiento sobre lo que se ha amado o sobre lo que no se sabe cómo amar? El efecto de esas preguntas es vertiginoso. Y en Ozon, a todo eso se suma un erotismo perverso, neurótico, que viene arropado por unas atmósferas de ensueños que en realidad son pesadillas. Sin ser su mejor película, "El amante doble" es uno de los títulos más perturbadores de su filmografía.

LA FICHA
​Título original: “L’amant double”.
Género: Drama, thriller.
País: Francia/Bélgica, 2017.
Director: François Ozon.
Actores: Marine Vacth, Jérémie Renier, Jacqueline Bisset.

Calificación: ★★★★.