Después de un largo turno de noche, Amparo (Sandra Melissa Torres) se entera de que su hijo ha sido reclutado durante una redada del ejército y será enviado al frente en una notoria zona de guerra cerca de la frontera. Sin mucho de su lado, se embarca en una carrera contrarreloj para liberar a su hijo de una burocracia militar gobernada por la corrupción. (Foto: CCPUCP)
Después de un largo turno de noche, Amparo (Sandra Melissa Torres) se entera de que su hijo ha sido reclutado durante una redada del ejército y será enviado al frente en una notoria zona de guerra cerca de la frontera. Sin mucho de su lado, se embarca en una carrera contrarreloj para liberar a su hijo de una burocracia militar gobernada por la corrupción. (Foto: CCPUCP)
Enrique Planas

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Dos millones de pesos, al cambio, son 350 dólares. Ese el precio de la coima: alrededor de un sueldo mínimo mensual. Es el dinero que debe reunir Amparo, madre soltera de dos hijos que vive en un deprimido barrio de Medellín, para pagar al tramitador que promete sacar a su hijo de la maquinaria castrense que, de madrugada, lo enviará a la zona de guerra tras “levarlo” por omiso al servicio militar. Cuántas veces los peruanos hemos visto o experimentado esa historia en carne propia.

“Amparo”, filme del colombiano Simón Mesa, elige esa violencia inadvertida dentro del contexto de guerra que vivía su país en los años 90. Para el director, recientemente reconocido por su Opera Prima en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, las “levas” o “batidas” y los trámites para libarse de ellas, trascienden lo local y se convierten en una forma de imaginar en Latinoamérica, con toda su violencia y corrupción. Algo pensado al inicio como una confesión personal (El hermano de Mesa fue enviado al frente de esa forma y él se declaró omiso al servicio), se convirtió en una metáfora social, que puede ocurrir tanto en Medellín como en cualquier ciudad de nuestra compleja región.

“En efecto, es una problemática invisibilizada, porque en Colombia en conflicto es muy grande y sus conflictos nos afectan de muchas maneras”, explica el cineasta. “En el caso de las “levas”, con las apreciaciones que se han hecho de la película, ahora me doy cuenta de que es un tema que molesta más que otros cuando se habla de la violencia en Colombia. El cine colombiano siempre está muy vinculado al malestar social que arrastramos hace muchos años, pero siempre tocando personajes distantes: las guerrillas o los paramilitares. Pero esta película va directamente contra de la institucionalidad. No lo pensé al momento de hacerla, pero es una acusación directa hacia la misma institucionalidad castrense”, señala.

Amparo ha descubierto que su hijo ha sido reclutado durante una redada del ejército y será enviado al frente en zona de guerra, cerca de la frontera.
Amparo ha descubierto que su hijo ha sido reclutado durante una redada del ejército y será enviado al frente en zona de guerra, cerca de la frontera.

¿Como muestra de esa incomodidad, el ejército colombiano se ha pronunciado sobre la película?

Directamente no, pues la película aún no se ha proyectado en salas. Pero digamos que a partir de las muestras internacionales, uno ha logrado percibir el fastidio de los sectores más conservadores. Se sienten más aludidos.

¿Existe todavía el servicio militar obligatorio en Colombia?

Sí, pero ha cambiado. Ha venido transformándose desde la firma del Acuerdo de Paz en Colombia en el gobierno de Juan Manuel Santos en 2015. Finalizado en conflicto con las FARC, se generó una transformación. Sigue siendo obligatorio, pero la corte suprema ha eliminado las batidas, declarándolas ilegales, por ejemplo. Ya un camión no te puede “levar” por el hecho de que no tengas una libreta militar. Ya no se llevan a los chicos a zonas en conflicto, hay una serie de cambios sustanciales.

Te lo preguntaba porque una propuesta del actual presidente peruano es proponer el servicio militar con educación técnica a los jóvenes que no trabajan ni estudian. ¿Debemos considerar esto como algo anacrónico?

Cualquier acción violenta ya ha demostrado que no sirve en nuestros países. Yo puedo hablar de Colombia, un país que nunca ha tenido estabilidad. Algunos han vivido hechos devastadores mientras otros viven en una burbuja. Mucha gente teme lo que sucede hoy en Afganistán, pero la verdad es que en Colombia hay zonas que viven situaciones parecidas, desplazamientos masivos a causa de los conflictos generados por el narcotráfico y organizaciones armadas que aún existen. La opción militar se ha mostrado siempre ciega, sin una utilidad real para resolver los problemas que enfrenta Colombia.

Nacido en Medellín en 1986, Simón Mesa Soto estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad de Antioquia. En 2014, finalizó el Máster en Dirección de Cine en la London Film School. Amparo (2021) es su primer largometraje.
Nacido en Medellín en 1986, Simón Mesa Soto estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad de Antioquia. En 2014, finalizó el Máster en Dirección de Cine en la London Film School. Amparo (2021) es su primer largometraje.

¿Cómo ves esa mirada que, desde el poder, se tiene de la juventud? Curiosamente, para gran parte de la sociedad, es considerado “de poca hombría” no querer participar del servicio militar...

Yo sentía la necesidad de retratar el malestar propio de situaciones que nos afectan en la cotidianidad. Crecer en un entorno donde la institucionalidad no funciona pero que impone ideales muy fuertes, como el de la “hombría”. “Amparo” es la historia de una madre, pero también es un contrapunto a la idea de “hombría” como “virtud”. Eso ha estado siempre en Latinoamérica, recordemos la novela de Vargas Llosa “La ciudad y los perros”, por ejemplo. Se trata de códigos sociales con los que tienes que transar aunque no estés de acuerdo. Hoy, la juventud ha cuestionado lo que durante tanto tiempo ha significado ser hombre. Me tomó cinco años hacer el guion de esta película, y durante ese tiempo, tuvo transformaciones muy grandes, sobre todo con el tema de ser mujer y de ser hombre. Me parece interesante el hecho de todo lo que implicaba ser hombre y crecer como tal en Colombia ahora genere tanto rechazo en el país.

Tu filme cuestiona el poder patriarcal en muchas de sus facetas. Desde su manifestación castrense hasta la masculinidad tóxica de la pareja, en el espacio doméstico, en el bar...

Históricamente hemos vivido en un sistema dominado por los hombres. A pesar de que toca el monstruo de las corruptelas en el ejército, un mundo kafkiano y burocrático de papeleos y minucias, yo quería hacer una historia cotidiana. Mostrar cómo todo eso afecta la vida de una madre soltera con dos hijos. Lo que retrata la historia mi madre lo había vivido con mi hermano y conmigo. La imagen del camión “levando” a los chicos la tengo desde la infancia, pues a mi hermano se lo llevaron de la misma forma, montándolo en el camión para prestar servicio militar. Para mí, eso no era una opción. No fui a dar mis exámenes para prestar servicio militar al salir del bachillerato, y me convertí en un remiso. Y al serlo, mi madre tuvo que buscarme un tramitador para evitar el servicio.

Sobre este mundo de guerra, pobreza y corrupción, los grandes temas de la película, se sostiene la realidad cotidiana de una madre soltera y sus dos hijos. Amparo es una heroína, pero también se siente frustrada, fracasada como madre.

Eso vino de una idea muy intuitiva sobre la maternidad. Yo crecí con mi madre de una manera muy similar. Ella también fue madre soltera. Escribir esta historia fue como depositar las expresiones y angustias cotidianas de mi madre en la creación del personaje principal. Sandra (Melissa Torres), como persona, es totalmente opuesta al personaje. Es una mujer llena de vida y de luz. En el proceso fuimos dándole una dimensión más melancólica, más silenciosa. Y creo que eso tiene que ver también con mi personalidad. Encuentro interés estético en retratar el personaje de esa manera. Amparo se cuestiona su vida a raíz de un conflicto que surge de la nada. Pero no creo que la vida de Amparo sea diferente a la vida de miles de habitantes de Medellín o de América Latina. Su comportamiento, su silencio, su contención eran para mí también un valor estético de la película. Pero también es un comportamiento muy común de la gente aceptar las dificultades en silencio, como si fuera parte de lo normal.

Esa contención del personaje es lo que hace posible que Amparo estalle, y sea capaz de verbalizar lo que siente. En el resto del filme, solo muy discretas lágrimas traicionan esa contención...

La película recurre mucho al rostro de Amparo. Detrás de esa contención había que buscar esas expresiones en el rostro y la mirada. Sabíamos que el primer plano iba a ser recurrente en toda película.

Háblame de Sandra Melissa Torres, tu protagonista. ¿Cómo fue su hallazgo como actriz?

“Amparo” es mi primera película, pero en mis anteriores cortometrajes siempre he utilizado personas que no eran actores. No porque no me interese trabajar con profesionales, pero he encontrado más verdad para las historias que hago con personas que no han estudiado actuación. Conté con un equipo de cásting increíble que buscó muchas Amparos, durante meses, en toda la ciudad. Existieron muchos perfiles que podían ajustarse al personaje, pero al final, nos quedamos con cinco mujeres. Cada una era increíble y le daba una textura diferente a la película. Sandra fue una más en todo ese casting enorme, el equipo la descubrió en un barrio de Medellín, en una escuela, mientras se realizaba una reunión de padres de familia. Uno de los asistentes me envió un video de ella, y la citamos al cásting. Sentía que ella tenía algo muy interesante en su expresión. Una semana antes de decidir contábamos con tres Amparos. Al comenzar los ensayos Sandra empezó a darse cuenta lo que significaba ser actriz. Se asustó mucho, pues en ese momento dimensionó lo que significaba protagonizar una película, estar todo un mes rodando y repitiendo las escenas. Pero cada vez fue entendiéndolo mejor. Siempre supe que ella era una actriz, solo que ella no lo sabía entonces. Llegó un punto en que se transformó: entendió al personaje y lo adaptó a su manera de ser. En los últimos días de rodaje, ella era una máquina. El momento más bello de este proceso fue en el Festival de Cannes, cuando fue premiada como Mejor Actriz en la Semana de la Crítica. Eso fue muy emotivo para todos. Sandra nunca había salido hasta entonces de Colombia, y volver de Francia con el premio fue algo muy fuerte. De la vida cotidiana a protagonizar una película.

Amparo (Sandra Melissa Torres), enfrentando la burocracia castrense para recuperar a su hijo a punto de ser enviado a un zona de emergencia (Foto: CCPUCP)
Amparo (Sandra Melissa Torres), enfrentando la burocracia castrense para recuperar a su hijo a punto de ser enviado a un zona de emergencia (Foto: CCPUCP)

¿El premio en Cannes le cambió el destino a Sandra o regresó nuevamente a lo que era su vida en Medellín?

Volvió a su vida, aunque cambiaron muchas cosas. Como director de cine, tienes la responsabilidad de explicarle a las personas que trabajan contigo que el cine es efímero, y que no tiene que ver con las noticias de farándula, o lo que sale en la televisión. Es tarea de la dirección acompañarla en ese proceso para entender que la vida sigue igual. Y que ser actriz es una tarea ardua, que toma años. “Amparo” es una película que se ajustaba a la manera de ser y de enfrentar el mundo de Sandra, y eso funcionó en la película. Sin embargo, eso no quiere decir que podrá funcionar igual en otras películas. Eso sí, volver a Medellín y volver a su vida le ha traído otros beneficios. Un nuevo empleo, por ejemplo. Y nuevos vínculos.

¿Si bien la película aún no ha sido vista en Colombia, el premio de la Semana de la Crítica en Cannes le generó visibilidad?

Generó prensa nacional, sobretodo en el momento que sucedió el premio. Incluso tuvo un reconocimiento con el alcalde de Medellín también. Ahora las cosas están más tranquilas, planeando cómo será el estreno nacional.

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