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Hollywood versus Washington

Un repaso a los enfrentamientos entre el cine y el poder en Estados Unidos, hoy en manos del presidente Donald Trump

El pasado 8 de enero, mientras recibía un homenaje a su trayectoria durante los Golden Globes, la actriz Meryl Streep utilizó casi todo el tiempo de su discurso de agradecimiento para pronunciarse, sin mencionar nombres propios, sobre el futuro de Estados Unidos durante lo que será la incierta era Trump, que comenzó oficialmente ayer. Streep recordó que Hollywood no sería nada sin los extranjeros y los inmigrantes –bien pudo extender ello a todos los ámbitos de la sociedad norteamericana–, que la violencia solo acarrea violencia, que la actuación más vergonzosa del año que pasó se dio cuando el anaranjado nuevo presidente se burló de un discapacitado, y que en los próximos años el rol fiscalizador de la prensa será crucial. Los medios de todo el mundo, y las redes sociales especialmente, se encargaron de reproducir sus palabras (al escribir estas líneas, las diversas versiones del video que circulan en YouTube habían superado los doce millones de reproducciones). Planeado o no, resultó conmovedor.

La reacción de Donald Trump fue llamarla lacaya de Hillary Clinton, una actriz sobrevalorada y una… (así, con puntos suspensivos). La de los colegas de Streep tampoco se hicieron esperar, claro. Una de las más divulgadas fue la breve carta de otro grande, Robert de Niro, usualmente de pocas palabras, pero quien en octubre último se mandó a decir en una entrevista que le encantaría “darle un puñetazo a Trump”. En su carta, De Niro decía cosas como “Merece todo el respeto que lo hicieras mientras el mundo estaba celebrando tus logros”, y “Con tu elegancia e inteligencia tienes una potente voz que inspira a los demás a alzar la suya para que sea escuchada también”.

Hace días también, la revista “W” convocó a 21 celebridades como Emma Stone, Natalie Portman, Matthew McConaughey, Andrew Garfield, Felicity Jones y Dakota Fanning para grabar una versión ultraviralizada ya de “I Will Survive”, el clásico de Gloria Gaynor, que en este contexto adquiere una connotación mucho menos disco. Podemos recordar también que en julio pasado más de cien artistas y músicos –Julianne Moore, Jane Fonda, Bryan Cranston, Kerry Washington, Neil Patrick Harris, Michael Moore, Michael Mann, Macklemore, Moby– firmaron un manifiesto público de rechazo al entonces postulante republicano. Por no hablar de las masivas muestras de adhesión a la candidata Clinton y, de parte de estrellas más “radicales” como Susan Sarandon, Ryan Gosling, Mark Ruffalo o Sarah Silverman, a Bernie Sanders.

Sin embargo, Donald Trump también tuvo sus defensores entre quienes suelen poblar las páginas de espectáculos aunque, hay que decirlo, se trata de personalidades menos relevantes o políticamente correctas, o ya decadentes: Caitlyn Jenner, Stephen Baldwin, Jon Voight, James Woods, Hulk Hogan (¡!). Pero también, le duela a quien le duela, el genial Clint Eastwood, que llegó a llamar “nenazas” a quienes se escandalizaban con las declaraciones de su candidato.

Desde sus mismos orígenes, el mundo del espectáculo moderno, representado principalmente por las estrellas del cine y de la música popular, ha vivido en pugna con el poder (encarnado este en los gobernantes y, más recientemente, en ciertos magnates corporativos). Sobre todo en Estados Unidos se trata de una relación tensa, basada tanto en buenas intenciones y compromisos, como en calculadas estrategias de una especie de márketing para biempensantes que, sin embargo, parece no tener resultados muy tangibles en el ámbito político. Un lazo complejo, tenso, y en algunos casos incluso paradójico: pasó inadvertido, pero el premio que le otorgaron a Meryl Streep recibe el nombre de un mítico director de cine, Cecil B. DeMille, afanoso colaborador del macartismo.

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Un actor llamado John Wilkes Booth, aprovechando su popularidad y contactos, se abrió paso una noche hasta el palco presidencial del teatro Ford, en Washington DC. Cuando estuvo lo suficientemente cerca le metió un tiro en la cabeza al presidente de Estados Unidos, el republicano Abraham Lincoln, uno de los más queridos y recordados de la historia de ese país. Booth –famoso tanto por sus roles shakespereanos como del teatro de su tiempo, así como fanático de la Confederación– saltó colgado del telón al grito de “Sic semper tyrannis” (“Así siempre ocurre a los tiranos”). Su misma huida fue un espectáculo, que acabó doce días después, el 26 de abril de 1865, cuando terminó abatido en Virginia.

La cosa empezó mal. La mediatización de las desavenencias entre star system y poder, sin embargo, llegó medio siglo después, con la propalación del cine, una novedosa maquinaria industrial de fantasías que fundó su capital en las colinas de California, y que permitió que sus protagonistas trocaran el prestigio por la celebridad global, a veces con solo una película, una declaración, un gesto público (y, por lo mismo, político). O con todo ello.

Un maestro del cine como Charles Chaplin empleó legítimamente su arte para dar su punto de vista sobre aspectos relevantes de la primera mitad del siglo XX: películas como “Tiempos modernos” (1936) y “El gran dictador” (1940) alertaban sobre la mecanización inhumana del capitalismo y los riesgos del poder absoluto. Pero Chaplin, también famoso antibelicista, fue acusado constantemente de comunista (entiro en la cabeza al presidente de Estados Unidos, el republicano Abraham Lincoln, uno de los más queridos y recordados de la historia de ese país. Booth –famoso tanto por sus roles shakespereanos como del teatro de su tiempo, así como fanático de la Confederación– saltó colgado del telón al grito de “Sic semper tyrannis” (“Así siempre ocurre a los tiranos”). Su misma huida fue un espectáculo, que acabó doce días después, el 26 de abril de 1865, cuando terminó abatido en Virginia. La cosa empezó mal. La mediatización de las desavenencias entre star system y poder, sin embargo, llegó medio siglo después, con la propalación del cine, una novedosa maquinaria industrial de fantasías que fundó su capital en las colinas de California, y que permitió que sus protagonistas trocaran el prestigio por la celebridad global, a veces con solo una película, una declaración, un gesto público (y, por lo mismo, político). O con todo ello. Un maestro del cine como Charles Chaplin empleó legítimamente su arte para dar su punto de vista sobre aspectos relevantes de la primera mitad del siglo XX: películas como “Tiempos modernos” (1936) y “El gran dictador” (1940) alertaban sobre la mecanización inhumana del capitalismo y los riesgos del poder absoluto. Pero Chaplin, también famoso antibelicista, fue acusado constantemente de comunista (en una época y un contexto en que ello significaba un delito, o casi). Esto se agravó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando mostró su apoyo a la Unión Soviética y entabló amistad con personalidades de izquierda como Bertolt Brecht o Hanns Eisler, y llegó a su pico tras el estreno en 1947 de “Monsieur Verdoux”, en la que se evidencia un paralelo entre los crímenes que comete el protagonista y los llevados a cabo por las potencias en tiempos de guerra con propósitos indignos. Con ello ingresó a la primera lista negra de profesionales del mundo del cine, redactada por el Comité de Actividades Antiestadounidenses del Congreso, el mismo que acusó de traidores del país a un grupo de guionistas, directores y productores que se hicieron célebres como “Los diez de Hollywood”, entre ellos el brillante Dalton Trumbo. El acoso a Chaplin terminó por llevarlo al exilio, y la comisión se encargó de perpetrar el capítulo más infame de la historia de su arte.

1973. Marlon Brando rechazó el Óscar a Mejor Actor por “El padrino”. Sashim Littlefeather, activista de los derechos de los indios americanos, avisó su decisión.

1973. Marlon Brando rechazó el Óscar a Mejor Actor por “El padrino”. Sashim Littlefeather, activista de los derechos de los indios americanos, avisó su decisión.

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Desde 1950 –año del ascenso de Mao Tse Tung y del inicio de la Guerra de Corea– la caza de brujas tuvo su Torquemada en la figura del senador por Wisconsin Joseph McCarthy, quien en 1953 se convirtió en presidente de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado, y cuyo apellido originó un sustantivo vergonzante: el macartismo. Así se llaman hasta hoy las acciones que desde el poder pretenden someter de maneras oscuras, apelando a la amenaza, la presión y el chantaje, a quienes no comulgan con los “intereses nacionales”.

En plena Guerra Fría, McCarthy y sus secuaces fungieron de aplanadora contra todos los sospechosos de comunismo: militares, políticos, empresarios y, sobre todo, estrellas del espectáculo, lo que generaba más luces y polémica a sus propósitos. Durante su tiempo, la democracia más representativa del mundo dejó de lado la presunción de inocencia por la de culpabilidad, y generó un sistema de persecución y delaciones como no se veía desde la Inquisición.

Mucho se ha escrito al respecto, y estas páginas no bastarían para describir los sucesos del período. La lista negra de Hollywood incluyó a más de 500 profesionales y tuvo como voces más confrontacionales a gente grande como John Huston, Humphey Bogart, Lauren Bacall, Gregory Peck, Gene Kelly, Katharine Hepburn, Kirk Douglas, Burt Lancaster, Frank Sinatra y Orson Welles. Aquí destaca también la figura de uno de los más importantes periodistas televisivos de entonces, el valiente Edward R. Murrow (cuya lucha contra la presión de la comisión fue llevada al cine en “Buenas noches, y buena suerte”, dirigida y protagonizada por George Clooney, un activista destacado). En la acera opuesta, la de la vergüenza, estuvieron quienes colaboraron con sus propósitos, a través de la acusación infundada o la mentira: Gary Cooper, Robert Taylor, el mencionado ya DeMille, Walt Disney, Sterling Hayden, Adolphe Menjou, Elia Kazan y Ronald Reagan.

1947, cuando Ronald Reagan era actor. Él colaboró activamente en la cacería de comunistas en Hollywood. Reagan se convirtió en presidente de EE.UU. en 1981.

1947, cuando Ronald Reagan era actor. Él colaboró activamente en la cacería de comunistas en Hollywood. Reagan se convirtió en presidente de EE.UU. en 1981.

El dramaturgo Arthur Miller, también víctima de McCarthy, estrenó en 1953 “Las brujas de Salem”, obra inspirada en un suceso histórico que sirvió como gran alegoría del ambiente que se vivía entre Hollywood y Washington. En 1956, Miller se casó con la quintaesencia del cine popular, la inolvidable Marilyn Monroe, quien fuera después la estrella que más cerca estuvo de un padre de la patria (digamos, en su mismísima cama): John F. Kennedy, el presidente con el que el país volvió a manos de los demócratas, cuando la represión reculaba. La segunda vez que un ídolo del celuloide y un presidente se reencontraron fue encarnando a la misma persona, cuando Reagan –el felón– fue presidente, entre 1981 y 1989.

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Durante las siguientes décadas, una serie de cambios sociales en todo el mundo propiciaron la eclosión de las libertades individuales y políticas: el mundo se hizo más pequeño y más rápido, y también más cuestionable. Los problemas raciales y de género fueron puestos en entredicho por algunas de las millonarias glorias del cine (Marlon Brando rechazó el Óscar a Mejor Actor de 1972, y en su lugar envió a la ceremonia a una actriz de origen indígena como protesta por el tratamiento que recibían los nativos en la industria del entretenimiento), así como la guerra de Vietnam y, en general, el manejo exterior de Estados Unidos. En ese contexto, las celebridades adquirieron estatus de profetas.

Citando el ensayo de Richard Dyer “Estrellas cinematográficas: historia, ideología, estética”, el crítico Ricardo Bedoya explica que “las estrellas son textos estructurados por fuentes diversas: la publicidad y la promoción, sus personajes y papeles fílmicos, las interpretaciones críticas de su trabajo, la recepción del público. Una estrella es producto de todo eso. Su imagen es resultado de una ‘polisemia estructurada’”. Y pone el ejemplo de Jane Fonda.

“En Fonda convergieron varios ‘textos’. Su tradición familiar, como hija de Henry Fonda –el actor de Hollywood que encarnó los personajes arquetípicos del idealismo rooseveltiano–, su trayectoria fílmica y su formación académica en el Actor’s Studio, su triunfo en los Óscar de 1971 y su capacidad para trabajar con directores famosos de los sesenta y setenta, de Penn hasta Godard. No era una actriz cualquiera. Encarnó la élite y la aristocracia de Hollywood. Eso le permitió convertirse en una de las más notorias activistas contra la intervención en Vietnam, ponerse en primera plana, influir con su opinión y ser considerada como una ‘traidora a la nación’, una comunista que abjuraba de los ideales que encarnó su padre”, señala Bedoya.

Existen dos visiones polares sobre la participación de las celebridades del show business en la política. Las explica Raúl Castro, profesor de la maestría en Antropología Visual de la PUCP: “La primera, más antropológica, ve los procesos de ‘celebrificación’ como un culto secular al héroe personal o individual, cuyo ascenso meteórico no es resultado de un don divino, sino de un trabajo duro que lo identifica con la gente, que valora en ellos su capacidad de modelo de rol, y en consecuencia también las causas que defiende. Las estrellas saben que tienen ascendencia y la explotan para el bien de una causa. La segunda, la escéptica, considera que el alzamiento de una bandera social o ciudadana por parte de una celebridad es parte constitutiva de su proyección mediática. De su constitución como personapersonaje, vale decir. Márketing, sí, pero también se puede pensar que la celebridad construye su presentación personal componiendo varios aspectos a la vez en su persona: Leonardo Di Caprio, por ejemplo: ¿hasta qué punto es genuino o no apoyando la ecología? ¿Es menos genuino que Sting, que Q’orianka Quilcher?”.

Por último, como dice rotundo el crítico cinematográfico Claudio Cordero, “relación de conflicto con Washington casi no hubo durante los años de Obama, por eso muchos anticipan una ola de cintas y actos ‘políticos’ que harán frente a Trump. Pero uno puede deducir que la influencia de Hollywood es mínima si consideramos que casi toda la comunidad artística apoyó a Hillary Clinton y salió derrotada”. Y Raúl Castro concluye: “Los estudios serios dicen que la mayoría de gente que participa y gusta de las celebridades políticas son, precisamente, las menos políticas. Son las que menos participan en lo comunitario, más allá de la asistencia a una marcha, y a votar en las elecciones. La ‘hollywoodización’ de la vida cívica en consecuencia es un ‘Photoshop a la democracia’, como dice Henry Jenkins, pero no la intensificación o democratización de la política”.

Tenemos un nuevo largometraje empezando.

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