Escena de "Largo viaje hacia la noche". (Foto: Netflix)
Escena de "Largo viaje hacia la noche". (Foto: Netflix)

Los padres de Bi Gan (Kaili, China, 1989) pensaban que su hijo sería un holgazán y terminaría desempleado. Todo cambió cuando Bi vio “Stalker” (1979) del ruso Andréi Tarkovski. “El cine puede ser diferente; realmente puedes hacer lo que quieras”, comentó en una entrevista el joven realizador chino, mientras recordaba el filme que le cambió la vida, y que está muy presente también en “Largo viaje hacia la noche”

Premiada y aplaudida en Cannes, esta producción francochina –añadida recientemente a la plataforma Netflix– es tan poética como su título. El argumento, como sucede en los filmes sobre la memoria y el tiempo de Alain Resnais, o como en “El espejo” (1976) de Tarkovski, es solo una excusa: el solitario Luo Hongwu (Huang Jue) regresa a Kaili, su ciudad natal, para buscar a la enigmática mujer que amó hace mucho tiempo.

Y cuando digo que el argumento es una excusa, es porque el objetivo del filme de Bi Gan está lejos del interés por descubrir a un culpable o de indagar por las pistas que ofrece una realidad tangible. Desde un inicio, con sus cortes temporales abruptos, con un ir y venir entre monólogos interiores que se mezclan con imágenes que no sabemos si son recuerdos o situaciones imaginadas, estamos en el terreno de los sueños.

Ya desde los inicios del cine, Antonin Artaud buscaba un “cine de poesía”, que equiparaba a un cine hecho de sueños. Con el filósofo Gilles Deleuze, luego se llegó a la conclusión de que este es el de la imagen-tiempo, por contraposición a un cine de acciones extendidas en una lógica de causa y efecto. El cine del tiempo está hecho de recuerdos, alucinaciones, situaciones intermedias entre la remembranza y la imaginación.

Pues bien, si en el Perú Armando Robles Godoy fue el estandarte de la imagen-tiempo, podemos decir que, en China, Bi Gan es uno de sus mejores exponentes. El protagonista sigue a una bella mujer (Tang Wei) por un túnel, un recuerdo o deseo de pocas palabras. Las añoranzas son proyecciones mentales. A la vez, algunas pistas falsas: un libro verde que ella dejó, y una fotografía escondida detrás de un reloj.

Toda la película de Bi Gan es una exploración de la mente del antihéroe, es cierto. Pero eso no significa que todo sea abstracto o fantasioso. Al contrario, resulta sorprendente cómo la geografía periférica de Kaili, con sus campamentos mineros abandonados, prostíbulos con espectáculos decadentes, bares de karaoke, traza el paisaje de un submundo tan melancólico como ruinoso, una especie de trastienda olvidada de la gran China.

Bi Gan filma con una cámara prodigiosa en esos tonos escarlata que hicieron tan conocido al hongkonés Wong Kar-wai, lo que se combina con una omnipresencia de la mujer misteriosa y sensual, así como de la lluvia, del fuego, de las superficies rocosas. Todo tiene una impronta desgastada y añosa, en acuerdo con esa exploración de un pasado incierto o inventado. Hacia la mitad, esta suma de imágenes, siempre ambiguas y hechizantes, dan paso a una función de cine en la que el protagonista entra para no salir más. Lo que veremos, después, es una toma sin cortes de más de cincuenta minutos, el anunciado viaje hacia la noche que es tan quimérico como esa mujer imposible.

No es la primera vez que el cine de Tarkovski transforma la vida de un cineasta. Pero, en verdad, son pocos los que pueden hacer películas que superen el pastiche, la cita cinéfila, y lleguen a transformar creativamente el legado del director de “Solaris”, en la búsqueda de un lenguaje fílmico personal. Este último es el caso de Bi Gan, y “Largo viaje…”, aún deudora de su maestro, es solo un indicio de lo que el futuro le puede deparar.

LA FICHA

Título original: “Di qiu zui hou de ye wan”.

Género: drama.

País: China / Francia, 2018.

Director: Bi Gan.

Actores: Tang Wei, Sylvia Chang, Jue Huang.

Calificación: ★★★★