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"Spectre": esto pensamos de la nueva película de James Bond

La cinta se presenta como "un divertimento inteligente y sofisticado", según analiza Sebastián Pimentel en esta reseña

Spectre: nuestra crítica de la nueva película de James Bond

Spectre: nuestra crítica de la nueva película de James Bond

‘M’ (Ralph Fiennes), jefe de los agentes especiales de la Inteligencia Secreta Británica, lucha por no perder la batalla contra los políticos que pretenden cancelar la dependencia de espionaje internacional. Bond (Daniel Craig) no solo debe actuar más allá de que pueda o no conservar su ‘licencia’. Él también le sigue la pista a una red mafiosa de alcance global. En medio, la historia de un misterioso hombre que podría resolver el tinglado de esta siniestra logia llamada Spectre.

Al parecer, no hay nada muy novedoso detrás de esta entrega del 007. Daniel Craig es ya un viejo conocido –con este lleva protagonizando cuatro capítulos de la saga–, al igual que Sam Mendes, quien, luego de la celebrada “Skyfall”, regresa tras las cámaras. Lo nuevo viene del lado de Léa Seydoux, joven actriz francesa en ascenso que ahora debe ser la contraparte romántica de Craig, y de la presencia de Christoph Waltz, epítome del villano aristocrático y perverso desde su esplendorosa aparición en “Bastardos sin gloria”.

Aunque, debiéramos advertir, el hecho de que “Spectre” esté lejos de representar un cambio en el derrotero de Bond no tendría que preocupar a nadie. Definitivamente el mayor acierto de los cerebros detrás de la franquicia fue elegir, en el 2006, a Daniel Craig como el encargado de reinventar al agente 007. El nuevo Bond renacía con más rudeza y cierta tosquedad en las formas, sumado a la complexión atlética y una tensión que tiene que ver con la paranoia en un mundo cada vez más inseguro y engañoso. El Bond de Craig es menos refinado y ligero; en cambio, es mucho más sacrificado y está dispuesto a poner a prueba su capacidad de resistencia física y psicológica.

Aunque hay una característica más. El nuevo Bond es ahora una doble víctima, un poco a la manera de otro espía literario-fílmico nacido a su sombra, aunque más joven: Jason Bourne. Como Bourne, Bond no solo sufre las fechorías del villano de turno, sino también la persecución de su propio Gobierno. Los bandos se permutan, ya que el planeta se convierte en una especie de pesadilla de infiltraciones generalizadas. Las instituciones son secuestradas desde dentro y engañadas por quienes dominan la tecnología informática. En la sociedad de control, todo se parece más a un mundo artificial que un genio maligno cartesiano hace pasar por la única realidad.

Pues bien, más allá de estas tramas de complejidades borgianas y en clave para los que quieran leer el estado actual de las cosas en el mundo contemporáneo –algo que hay que agradecer al costoso equipo de ocho guionistas–, el nuevo Bond de Craig y Mendes es más complaciente que convincente. Se trata de una película que ha rebajado las exigencias dramáticas de “Skyfall” en pos de algo más simple, aunque no por eso menos válido: un divertimento inteligente y sofisticado.

Lo que en la anterior entrega era originalidad, ahora es ejercicio. Lo que antes era una audaz vuelta a un glamoroso ilusionismo de inspiración ‘retro’, ahora es un distendido juego con las convenciones y la mitología de la franquicia –aunque procurando no perder el nervio y cierta desesperación entre una y otra secuencia de acción–. Quedarán en la memoria algunas persecuciones llenas de inspiración cinematográfica –sobre todo el magnífico plano-secuencia de la fiesta de los muertos en México D.F.–, aunque no tanto el romance con la bella Seydoux, aún muy joven como para ser la contraparte de Craig (al contrario de Monica Bellucci, cuya presencia es electrizante y está absurdamente desperdiciada en unos pocos minutos del filme).

Recordemos que desde sus inicios como un entretenimiento de imágenes, sombras y movimiento, el cine nunca dejó de ser un arte ‘monstruoso’ para las élites culturales. No tenía la venerable edad de la literatura, el teatro o la pintura, ni mucho menos las aureolas religiosas o místicas de las que hablaba Walter Benjamin. Más bien se proponía como un espectáculo popular o arte de masas, más cercano al circo y al vodevil que a la ópera o al concierto de música. Hoy en día podemos decir que, felizmente, el cine sigue siendo un espectáculo de masas o un arte ‘menor’. El día que deje de serlo, y solo ese día, podremos estar seguros de que James Bond no regresará más de la muerte.

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