Por Ángel Navarro Quevedo

Seis mujeres avanzan con linternas precarias por un sistema de cuevas que nadie ha terminado de mapear. El plan es descender, explorar y salir. Pero la montaña se cierra, la roca colapsa y el aire comienza a escasear. Aisladas, heridas y sin referencias, el miedo deja de ser abstracto y se vuelve físico, pegado al cuerpo y a la respiración. Esa experiencia extrema es “El Descenso”, la película de Neil Marshall que regresa casi dos décadas después para confirmar que el terror no siempre necesita anunciarse para seguir funcionando.