Redacción EC

RODRIGO BEDOYA FORNO ()

marca varios regresos. Primero, el de todo el elenco de la saga de los mutantes. De los viejos y los nuevos, de aquellos que la inauguraron y de aquellos que la reactualizaron con la excelente “X-Men: primera generación”. El segundo regreso tiene que ver con Bryan Singer, el cineasta que comenzó la franquicia. Aunque algunos dudaban de esta vuelta: tras la terrible “Superman regresa”, ¿el cineasta sería capaz de retomar el mismo pulso de las dos primeras películas de los X-Men (sobre todo, la segunda)? La muy divertida “Jack, el cazagigantes”, a decir verdad, nos daba esperanzas.

Y las esperanzas se ven confirmadas en la primera parte de la cinta, que nos muestra cómo Wolverine (siempre excelente Hugh Jackman) debe volver al pasado para evitar un evento que marcará, en un futuro, la destrucción de los mutantes y de los humanos que los apoyan. El personaje tiene que ir a los años setenta, época turbulenta en política, con Vietnam y la Guerra Fría encima, para cambiar los hechos que se vienen. Y justamente lo interesante de “X-Men..” es como, en sus mejores momentos, hace pensar en los ‘thrillers’ políticos de esa época, con su imagen sucia, metiendo la fantasía mutante en medio de revueltas políticas contadas con ese estilo realista, tenso y nervioso de los filmes de los setenta.

Singer acierta, en esa primera parte, en la forma que le quiere imprimir al filme: su estilo es seco, directo, definido por acciones rápidas que van creando una creciente tensión. Ahí está el escape de la cárcel de Magneto (Michael Fassbender), que en ningún momento se pierde en explicaciones y va de frente a la yugular, creando tensión a partir de la acción misma. O, por ejemplo, en los claroscuros de la casa del profesor X (James McCavoy). Acción seca, directa, de esas en las que un golpe se siente y la incertidumbre se puede cortar con un cuchillo.

Como pocos cineastas lo han conseguido, Singer hace que el mundo fantasioso de los mutantes se pegue muy bien con esa sequedad de estilo, más propia de ‘thriller’ que del cine de superhéroes. “Capitán América 2” apostaba por lo mismo, y triunfaba. “X-Men: días del futuro pasado” redobla la apuesta, haciendo de la economía de recursos y de las acciones directas su arma para narrar.

Pero la película no consigue mantener la apuesta en su segunda etapa, en la que ya entran a tallar robots, el presidente Nixon y algunos discursos (sobre todo el de McAvoy con su versión vieja, Patrick Stewart) que sacan de tono al filme. De pronto, los grandes temas aparecen y hacen que el verbo comience a ganarle la partida a la acción. Incluso cuando la espectacularidad, en la larga secuencia final del filme, hace su aparición, se siente que algo se ha perdido. Quizá sea porque el filme refuerza el lado bueno y el lado malo de cada uno de los personajes, haciéndolo demasiado evidente, forzando la transformación de los personajes sin que exista una progresión que nos lleve a ello.

Pero, haciendo sumas y restas, los X-Men regresan con fuerza, con espíritu clásico, mirando hacia el pasado no solo en la historia, sino también en el estilo. Quizá los ‘blockbusters’ estén entendiendo que meterse con los géneros clásicos puede ser igual de satisfactorio que la espectacularidad épica. Veremos si la tendencia se mantiene.