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"Demasiada felicidad", por Dante Trujillo

Un viejo verso, convertido en lugar común, nos recuerda que estaríamos nuevamente frente a los 30 peores días del año. Pero ¿tiene sentido culpar a abril de las desdichas humanas?

Pia Alonzo Wurtzbach

Miss Universo 2015, Pia Alonzo Wurtzbach, y el llanto de una felicidad que será finita. (Foto: Reuters)

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Todos hemos visto la escena muchas veces y, aunque con distinto elenco, ha sido siempre la misma: las protagonistas son dos chicas guapas sobre un estrado. Visten de gala y llevan una banda que les cruza el pecho con el nombre de sus respectivas naciones. Están evidentemente nerviosas. Entonces el presentador, acaso luego de un redoble, dice un país. Las chicas dudan, se miran, les tiembla el mentón mientras caen en la cuenta de que la ganadora es la representante del país que no fue mencionado. La toma se concentra en la cara de la nueva Miss Universo, quien hace un mohín, se lleva la mano a la boca y estalla en lágrimas mientras comienza la fanfarria.

¿Por qué lloran las reinas de belleza? En el clásico "Filosofía de la risa y del llanto", el austríaco Alfred Stern explica que nos sentimos alegres cuando un valor positivo se ha realizado en nuestra vida, tras superar los escollos dispuestos en el camino entre la aspiración y la consecución. La risa nos permite quitarle valor a esas dificultades… hasta que caemos en la cuenta de que dicho valor es inestable y precario, puede incluso que fugaz. Entonces lloramos de alegría, porque –siempre según Stern– la risa y el llanto no son constitutivos de la alegría, sino consecutivos.

En el mismo sentido, Marco Aurelio Denegri, citando al psicoanalista
italiano Emilio Servadio, señala que un niño no llora tras recibir una alegría intensa e imprevista porque "no sabe que cualquier alegría es efímera y que, de un modo u otro, la muerte, alias ‘la Gran Niveladora’, pondrá fin a los amores más profundos, a las mayores satisfacciones y a los más caros afectos humanos". Interviene y concluye MAD: "Entonces lloramos, no de felicidad, sino anticipando, esta vez sin saberlo, el ocaso y la extinción de la dicha que nos embarga […] El llanto de alegría no existe: siempre se llora de dolor".

Esto tiene que ver, de alguna manera, con el hecho comprobado de que la tasa de suicidios aumente durante la primavera. Y con que abril
sea el mes más cruel.

—La maldita primavera—

La poesía ha sido fuente de muchas expresiones incluidas en el acervo
popular, que prácticamente las aísla de su origen: "Juventud, divino
tesoro" ("Canción de otoño en primavera" de Darío); "Hay, hermanos,
muchísimo que hacer" ("Los nueve monstruos" de Vallejo), etc. En 1922, el mismo año que "Trilce", T.S. Eliot publicó "La tierra baldía",
el mayor y más influyente poema-río escrito en lengua inglesa durante el siglo pasado. Sus célebres primeros versos son estos: "April is the cruellest month, breeding / Lilacs out of the dead land, mixing / Memory and desire, stirring / Dull roots with spring rain". Es decir, para Eliot abril es el mes más cruel porque (según la traducción de Juan Malpartida) "hace brotar / lilas en tierra muerta, mezcla / memoria y deseo, remueve / lentas raíces con lluvia primaveral".

Thomas Stearns Eliot tenía 32 años cuando comenzó a componer este poema de 434 versos titulado, originalmente, "Él hace de policía con distintas voces". Doctorado en Filosofía en Harvard, había terminado
trabajando en un banco londinense, lo que le aplastaba el alma tanto como los problemas mentales de su primera esposa –una historia tan triste como escabrosa que merecería otro texto–, además de sus propias crisis nerviosas. Consideremos también que fue siempre un
cristiano practicante y que lo acompañó una sospecha de homosexualidad encerrada en el armario que le habría envenenado el ánimo. De hecho terminó "La tierra baldía" durante una cura de reposo en Suiza.

Este hermoso, rítmico y misterioso poema que contiene muchas claves y referencias mitológicas, literarias, esotéricas, filosóficas nació
muy poco después del fin de la Gran Guerra, que dejó tras de sí una devastación nunca antes vista. Eran tiempos duros, fuera y dentro del artista. Acaso por ello, cuando la mayoría celebramos cada primavera
una renovación de la vida, el triunfo de la naturaleza abriéndose paso vigorosa, triunfal y sensual mientras reproduce su propio esplendor, a
Eliot, más bien, lo desasosiega, le provoca ansiedad, tanta vitalidad le recuerda –como a las reinas de belleza, aunque no lo sepan– la finitud, la precariedad, la muerte. El poeta Víctor Ruiz Velazco ha editado "La tierra baldía" en nuestro país y explica este desánimo así: "Lamentablemente la vida es también dolor y sufrimiento. Esa es una concepción judeocristiana y a la vez transversal a todas las culturas y edades. Nacer es estar sentenciado a morir o, si uno dura un poco más, a ver cómo todo lo que amamos muere. Se trata de un ciclo constante, interminable, paradójico. El más terrible mal es la esperanza".

Por más que los aficionados al esoterismo hayan querido ver la influencia del terrible dios Marte entre fines de marzo y las primeras semanas de abril, trayendo a cuento desastres como el asesinato de Lincoln o la masacre de Columbine, abril no es un mes maligno ni siniestro: es cruel, y esto porque, según los primeros versos ya citados,
provoca que renazca en nuestros corazones la ilusión.

No está demás recordar que Eliot, nacido en Estados Unidos, vivió la mayor parte de su vida adulta en Inglaterra; es decir, para él, como para cualquier habitante del norte del mundo, abril sería equivalente
a nuestro setiembre. Una versión sudamericana podría ser ese poema de Silvina Ocampo que empieza diciendo "Afuera está la primavera inmunda; / la irisada paloma que fecunda…".

—Próxima estación: esperanza—

Nadie está ni muchos menos obligado a suscribir las ideas expresadas por el poeta, bastaría con dejarse llevar por la bella música de sus palabras para disfrutar "La tierra baldía". Un antídoto para este malestar existencial, por ejemplo, se halla en el concepto japonés conocido como mono no aware, que consiste en entregarse serena y
sensiblemente a lo efímero de la vida. Su expresión más popular es el hanami, la costumbre de admirar, solo o junto a los seres queridos, el breve y conmovedor espectáculo de los cerezos en flor. Lejos de asumir la existencia como un constante sufrimiento –como enseñan
los grandes monoteísmos, ofreciendo en contraparte la promesa de una experiencia mejor pero ultraterrena–, a través del hanami cada primavera los japoneses recuerdan y celebran que la vida es corta pero maravillosa, y que sus mejores momentos suelen ser fugaces.

Eliot recompuso su vida. Tras el éxito de "La tierra baldía" dejó su trabajo en el banco, se convirtió en un importante crítico y editor, se volvió a casar con una mujer mucho más joven y, en 1948, recibió
el Nobel de Literatura. Quince años después de su muerte, ocurrida en 1965, el compositor Andrew Lloyd Weber estrenó el muy exitoso musical "Cats", basándose en unos poemas infantiles de Eliot reunidos en "El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum". En este, un grupo de felinos se junta una vez al año para decidir cuál de ellos renacerá en una nueva y distinta existencia.

La siguiente entrega, a cargo de Jaime Bedoya, será el sábado 7 de abril.

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