ArgentinaEl lunes 1 de setiembre de 1823 arribó al Callao el bergantín Chimborazo, a bordo del cual venía el general Simón Bolívar. Zarparon de Guayaquil el 6 de agosto y tuvieron un viaje accidentado. La reseña que publicó la Gaceta del Gobierno ofrece cumplida información del suceso: “El jefe de la República (Torre Tagle) y los oficiales más distinguidos volaron hasta el puerto para encontrarlo; los cívicos y las tropas de línea guarnecieron las avenidas y el pueblo enajenado por el placer corría de todas partes para saciar sus deseos con la vista del héroe”.
Cuando la numerosa y lucida comitiva ingresó a Lima, a las tres de la tarde, todas las campanas de los templos replicaron gozosas y los vítores de la multitud eran incesantes. Culminaban así las repetidas y angustiosas gestiones iniciadas meses antes pidiéndole a Bolívar que “salvara al Perú”. El presidente de la República, José de la Riva Agüero, había enviado como emisario al general Mariano Portocarrero. El resultado de esa entrevista fue el envío del general Antonio José de Sucre investido con el rango de ministro plenipotenciario. Venía al mando de un corto contingente colombiano. Hubo un segundo comisionado de Riva Agüero y el Congreso Constituyente envió con igual fin dos embajadas. La segunda la integraban José Joaquín de Olmedo y José Faustino Sánchez Carrión. Este último contrajo fiebres tercianas al llegar a Guayaquil y decidieron que Olmedo continuara a Quito en pos del vencedor de Carabobo. Sánchez Carrión le enviaba una carta, fechada el 3 de julio de 1823, donde le decía: “Mi Libertador: Sin V.E. el Perú se pierde aun cuando Canterac fuera derrotado. Sin V.E. no hay centro en la máquina peruana; elementos heterogéneos la componen y solo un poder como el del general Bolívar puede conciliarlos”.

Bolívar estaba enterado del caos existente en el Perú, donde Riva Agüero y Torre Tagle estaban enfrentados “gobernando” uno en Trujillo y el otro en Lima. Conocía igualmente que las dos expediciones patriotas a puertos intermedios habían sido un fracaso, con gran pérdida de hombres, armas y caballos. Por otra parte, el permiso que había solicitado al Congreso de Colombia para viajar al Perú demoraba. Finalmente, llegó la licencia y Bolívar, dejando a un lado sus prevenciones, se embarcó inmediatamente. Con él venían importantes oficiales de la Gran Colombia y también europeos que lo habían acompañado en sus triunfales campañas anteriores.
Luego de numerosos agasajos, el 10 de setiembre el Congreso Constituyente depositó en Bolívar la suprema autoridad militar “bajo la denominación de libertador”. El día 11, en carta a Francisco de Paula Santander, vicepresidente de Colombia, le comunicaba lo que iba ocurriendo y en uno de los párrafos comentaba: “Lima es una ciudad grande, agradable y que fue rica; parece muy patriota; los hombres se muestran muy adictos a mí, y dicen que quieren hacer sacrificios. Las damas son muy agradables y buenas mozas. Hoy tenemos un baile en que las veré a todas”. Al mismo destinatario, el día 16, le solicitaba con urgencia el envío de hombres, armas y toda suerte de vituallas. Añadía que la capital peruana estaba sin dinero y que había solicitado al Gobierno de Chile un préstamo de dos millones de pesos y ordenado se gestionara en Londres un empréstito por un millón más. En la misiva del 20 de setiembre le confiaba a Santander: “Yo cada día más contento en Lima porque hasta ahora voy bien con todo el mundo; los hombres me estiman y las damas me quieren; esto es muy agradable; tienen muchos placeres para el que puede pagarlos. Todos nuestros colombianos se han quejado mucho de Lima, mientras que yo estoy encantado… La mesa es excelente, el teatro regular, muy adornado de lindos ojos y de un porte hechicero; coches, caballos, paseos, toros, te deums, nada falta…”.
Bolívar estaba enterado del caos existente en el Perú, donde Riva Agüero y Torre Tagle estaban enfrentados “gobernando” uno en Trujillo y el otro en Lima. Conocía igualmente que las dos expediciones patriotas a puertos intermedios habían sido un fracaso.
Fugaces fueron los momentos gratos. Riva Agüero terminó en el exilio y Torre Tagle se pasó a los realistas. Bolívar tenía ante sí un enemigo formidable. El virrey La Serna estaba en el Cusco desde fines de 1821 con un ejército de 14.000 hombres veteranos, aguerridos y, sobre todo, largamente acostumbrados a luchar en las cumbres andinas.
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