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"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

Las décadas de sufrimiento de la hinchada están a punto de tener un final feliz. La importancia, esta vez, de ser agradecidos con el equipo

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

El martes, contra Colombia en Lima, Perú buscará el tan anhelado final feliz.

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

El abstracto amor a la patria tiene sintomatología diversa. Duele cuando el sufrimiento avisado, llámense desastres naturales, golpea ante la indolencia preventiva. Indigna ante la impunidad sistematizada, esa mala película vista mil veces que siempre parece un estreno.

Y desconcierta con un pellizco cardíaco angustiante, zozobra que repercute hasta la fibra misma de la ropa interior, cuando la mitología de un fútbol imaginariamente campeón –gracias, doctor Félix Figueroa– se aproxima a una versión rasante del éxito. No ganar, sino sobrevivir. En palabras de la ciudadana Tula Gabriela Rodríguez Quintana: Perú campeón, es el grito que repite la fisión.

La fisión, entendida como la rotura de un núcleo atómico que genera una cantidad extraordinaria de energía, es precisamente lo que está sucediendo ahora.

El núcleo roto es el del derrotismo, tristemente representado por la maldición futbolística que ha privado a ocho mundiales de la picardía, toque e imprevisible gitanería peruana. Que si no gana, pues goza.

Y la energía liberada es la que se ha dejado ver en estos días rojiblancos, de mejor humor y esperanzadoras expectativas en todo lo humano y divino si es que Perú clasifica a Rusia: saldrá finalmente el sol, el Papa bendecirá a Gareca, Keiko reconocerá el triunfo de PPK, los niños no tendrán caries y las corvinas, sobre las olas, nadarán fritas con su limón.

Perú no solo le está ganando a la historia, a la FIFA, al temblor previo a la tentación del fracaso. Le está doblando la mano a la doctrina del sálvense quien pueda que persigue nuestra nacionalidad. Lo mejor que nos está regalando esta selección es la noción de equipo como trabajo en común sustentado en la meritocracia, en vez de la vieja fórmula de una argolla regia y fantástica. Aplíquese dentro y fuera de la cancha.

Eso, y el amor propio con que Gallese le ha demostrado a la prensa argentina que es mejor ser digno y de medio pelo que con pedigrí pero medio huevón. Viva el perro peruano sin pelo, raza preínca que cura el asma.

—Ahora toca ser agradecidos—
Es verdad, aún no hemos ganado nada. Pero hemos avanzado mucho. Lo notable es que ahora eso sí se está reconociendo. No siempre fue así, como bien lo ha documentado el historiador Carlos Aguirre, de la Universidad de Oregon, en el trabajo “Perú Campeón: fiebre futbolística y nacionalismo en 1970”.

Aguirre registra el aprovechamiento político del gobierno militar y el entusiasmo desaforado que generó la clasificación y participación peruana en el Mundial de México 70. Por ejemplo, el día que el equipo viajaba rumbo a la Bombonera a disputar la clasificación en 1969, durante media hora de gloria tres cazas supersónicos de la Fuerza Aérea del Perú, Mirage 5, escoltaron el vuelo sobre cielo peruano del avión que transportaba a la selección, dirigentes y ganapanes.

Ese mismo día el equipo fue despedido en el aeropuerto Jorge Chávez por miles de aficionados y el edecán del presidente del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, el general Juan Velasco Alvarado. Días antes, el propio Velasco convocó al equipo a Palacio de Gobierno, donde él mismo entregó a cada uno un atado –el uniforme blanquirrojo– con una consigna del Gobierno: necesitamos un triunfo verdadero y no moral.

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

"El Perú era un solo puño alucinado y triunfalista", sostiene Bedoya.

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

En la Bombonera sucedió lo que sucedió: un empate nos clasificó al Mundial, relativizando los márgenes peruanos de lo que se puede considerar una victoria.

El Perú era un solo puño alucinado y triunfalista. Álbumes con cromos de los ídolos de corto suponían el trueque y especulación de menores. La publicidad orbitaba en torno al fútbol, así fueran televisores, pasta de dientes o calcetines las mercancías a vender. El himno paralelo establecido es el hasta ahora sonante “Perú campeón”, composición negacionista de la derrota ante Bolivia por 1 a 2.

El propio Didí, el brasileño pródigo que en los 50 había eliminado al Perú del Mundial de Suecia anotándonos un gol, enmendaba ahora su accionar llevando al Perú al certamen mexicano. Didí no había podido mantenerse al margen del espíritu invencible y tras la Bombonera, decía: ahora es momento de ver cómo ganamos la Copa del Mundo.

—Ayer héroes, hoy fracasados—
El desempeño de la selección peruana en México 70 sería la mejor de toda su historia. Proeza no muy difícil de alcanzar teniendo en cuenta la magra asistencia peruana a mundiales, cargando a cuestas sendas derrotas como aquellas ante Argentina en 1978 o Polonia en 1982. En 1970, la selección peruana quedó entre las ocho primeras del mundo.

El histórico y telúrico triunfo sobre Bulgaria, remontando el marcador y a días del terrible terremoto en Huaraz que costó la vida de miles de peruanos, nos hizo creer en lo imposible. Le hizo creer al ministro del Interior de entonces, el inefable Artola, que su presencia era más necesaria en la concentración peruana en México que en el lugar de los acontecimientos tras el sismo. Es como si en junio del 2018 al ministro Basombrío se le ocurriera estar en Moscú para arengar al equipo en vez de estar persiguiendo a Los Malditos Chasumadres de Casma.

En 1970, la selección peruana le ganaba hasta a los terremotos. No hay imposibles, solo incapaces. Y lo imposible entonces, futbolísticamente hablando, era ganarle a Brasil en un mundial.
Velasco nuevamente incorporó lo dictatorial al terreno deportivo. Públicamente hizo saber su exigencia a la selección de ganar “ahora o nunca” ante la verdeamarilla. Fue un partido hermoso, una delicia para los entendidos del más bello de los deportes. Pero en gran parte porque Brasil nos pasó por encima. A Perú le tocaba hacer maletas y regresar a la patria.

Ya no había multitud fervorosa esperando al equipo en el Jorge Chávez. Hubo pifias. Y problemas con las maletas. El exceso de peso de algunos equipajes, los irresistibles souvenirs mexicanos, hizo que en la aduana se requisaran varios bultos de los seleccionados. Al día siguiente una caricatura en “La Prensa” se refirió al tema con la leyenda “Arriba Perú, abajo las maletas”.

Poco después el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas anunciaba la formación de una comisión investigadora para desentrañar las supuestas indisciplinas ante este grosero fracaso futbolístico: no haber acatado la orden presidencial de ganarle a Brasil. Qué miseria.

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

El hincha, guerrero número 12, esta vez sí cree en su selección. Atarantó Buenos Aires y el martes se jugará una final en Lima.

"Esa agonía llamada afición", por Jaime Bedoya

—La previa: Perú versus Colombia—
Pase lo que pase el martes 10, tamaña ingratitud no debería repetirse ahora con Gareca y sus tigres. El fútbol peruano está en el umbral de una redención histórica. Todo lo que habita suspendido en ese hueco negro que es el mito y rito del balompié nacional está a punto de tener un propósito: la hazaña exagerada de los olímpicos de Berlín, la uña del dedo gordo del pie que no se cortaba Chumpitaz, las distractoras nalgas de Tilsa, el meloso entusiasmo del ‘Pecoso’ Ramírez, las empanadas de Pocho Rospigliosi, las tinieblas juergueras del búnker de la ‘Foquita’ Farfán, el blooper eterno del ‘Cóndor’ Mendoza, la jugada de más, el engolosinarse con el balón, el sí se puede o el casi casi. Todo habría valido la pena.

Si clasificamos a Rusia inclusive tendrá sentido –disculpe, Franco Navarro– la patada artera de Julián Camino que le rompió la pierna al jugador peruano en ese partido de Eliminatorias ante Argentina en 1985. El Perú quedó privado del hábil delantero apenas iniciado el partido. Esa lesión dejó a Navarro ocho meses fuera de las canchas.
Al minuto 79 Perú ganaba 2 a 1 y ya estaba en el Mundial de México 86. En el segundo tiempo el delincuente Camino había sido cambiado por un jugador esmirriado y pelilargo: Ricardo Gareca. Este sería quien a 10 minutos de terminar el encuentro, tras servicio del capitán albiceleste Daniel Passarella, empujaría sin elegancia el balón al arco de Eusebio Acasuzo, decretando el empate y sacando a Perú del Mundial. Lo irónico es que Gareca no fue incluido en la selección argentina que participó en México 86, donde ganaría la Copa del Mundo.

Es hora de cerrar el círculo. Para el Perú, para Gareca, para abolir esa maldita costumbre del triunfo moral. Pase lo que pase, gracias, muchachos; gracias, Gareca. Pero que algo quede bien claro en octubre, mes morado: no hay sustituto para la victoria. Ya nos toca.

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