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Carlos Germán Belli: "Básicamente, soy un lector de biblioteca"

El 28 de noviembre, nuestro mayor poeta vivo recogerá el Premio Nacional de Cultura. Antes de ello, conversamos con él

Carlos Germán Belli: Básicamente, soy un lector de biblioteca

Carlos Germán Belli: Básicamente, soy un lector de biblioteca

Cuando recibió la llamada oficial que le informaba a Carlos Germán Belli que había sido reconocido con el Premio Nacional de Cultura a la Trayectoria, el poeta de "Acción de gracias" tuvo que fingir sorpresa. En realidad, nos confiesa, ya lo sabía. La esposa de uno de los jurados, cuyo nombre no revelará, había llamado horas antes a Carmela, su mujer, para anunciarle la buena nueva.

El escritor de 89 años sonríe al revelar aquella infidencia. Ya tiene pensado lo que dirá al recibir el galardón el 28 de noviembre, en una ceremonia en el Gran Teatro Nacional. "El recuerdo de mis padres estará presente", dice. Sus padres tenían miedo de que la vida bohemia consumiera al hijo que declaraba su vocación poética, aunque fueron ellos –pintor aficionado y voraz lectora de poesía– quienes lo iniciaron en los laberínticos senderos del arte.

Asimismo, en su discurso Belli recordará a su hermano Alfonso, a quien cuidó toda su vida. "Su presencia hizo que asumiera la vida con disciplina para enfrentarme a sus vaivenes", dice. Y por supuesto, la gratitud para Carmela, su compañera. Si tiene algunos minutos más, quizá recuerde sus primeros poemas, escritos cuando trabajaba como amanuense en el Senado de la República, en los tiempos muertos en que no había discursos de congresistas que pasar a máquina.

—Pensando en los discursos que hoy se escuchan en el Congreso, ¿cree que el poder envilece el lenguaje?

Si vemos el momento actual, te doy la razón. El político no está acostumbrado a usar el diccionario. Antes había grandes escritores y oradores en el Senado. Pienso en poetas importantes como José Gálvez y Alcides Spelucín, quienes me apoyaron en mis comienzos. Admiraba también a Luciano Castillo, hombre honesto y fundador del Partido Socialista. También del lado de la derecha había grandes tribunos, pero no recuerdo sus nombres.

—¿Cómo se sacaba la retórica política de la cabeza al volver a casa para escribir poesía?

Ayudó mucho que la Biblioteca Nacional y que la librería Plaisir de France quedaran tan cerca del Congreso. En la primera leía los clásicos del Siglo de Oro español. En la segunda, compraba mis libros de vanguardia francesa, Bretón, Peret...  Eso me salvó, seguramente. 

—Hoy la poesía está muy lejos del Congreso. La desterró como Platón de su "República".

(Ríe). Es muy probable. Ya no quedan poetas trabajando en la administración pública.

—¿Y debería haberlos?

En Brasil, muchos poetas trabajaron en la administración pública. Carlos Drummond de Andrade, por ejemplo. Los poetas aportan a la sociedad el buen decir, la revelación del alma humana. Creo que eso es bastante.

EL SENTIDO DE LOS PREMIOS

—¿Recuerda cuándo ganó el Premio Nacional de Poesía?

Claro, fue en el 62. José Santos Chocano se llamaba. Tengo mala suerte con los premios, ¿sabes? Lo gané cuando los montos eran bastante bajos. Eran 7 mil soles de la época. ¡Y al año siguiente, lo subieron a 20 mil! (ríe). Pasó igual cuando gané el Pablo Neruda en Chile. ¡Al año siguiente, cuando lo ganó mi amigo Oscar Hahn, lo aumentaron significativamente! (ríe). 

—¿Qué significa para usted obtener el Premio Nacional de Cultura?

Lo siento como un estímulo para seguir escribiendo. Porque debo confesarle que ya no escribo mucho. Casi nada desde hace un par de años. Espero que estas circunstancias jubilosas me empujen nuevamente a la escritura.

—Pensar un premio como un estímulo para seguir escribiendo parece la respuesta de un poeta joven. Otros, más envanecidos por el éxito, lo creen un reconocimiento a lo hecho... Eso habla muy bien de usted.

Muchas gracias.

—¿Por qué ha dejado de escribir?

No lo sé. Quizá por una ausencia de motivaciones en la vida cotidiana. 

—No le creo. Con su experiencia, temas y obsesiones no le faltarán...

Ojalá. 

—Y a pesar de haber recibido muchos premios, no escribe para obtenerlos.

¡Ah, no! Escribo pensando en la página en blanco. Los premios vienen por añadidura. Y cuando vienen, son bien recibidos.

—Escribió "¡Oh Hada Cibernética!", uno de sus más populares poemas, en 1961, cuando la tecnología no había invadido la vida cotidiana como hoy. ¿Cree que, más allá de su calidad literaria, su poema fue premonitorio?

Creo que me adelanté un poquito al tiempo y eso me halaga mucho. Puede ser premonición, tal vez. ¡Es extraño! En ese poema hablaba de las computadoras cuando en ese momento solo disponíamos de máquinas de escribir. Qué diferencia con nuestro tiempo, con el auge de la cibernética. Recuerdo que antes de escribirlo había leído un despacho cablegráfico de Londres, en que hablaban de una futura evolución laboral en virtud de la tecnología. Allí descubrí la palabra "cibernética". Eran tiempos en que me veía obligado a trabajar en dos lugares diferentes para ganarme la vida y abracé entonces la idea de que la nueva tecnología iba a liberarnos del trabajo, de la coyunda laboral [soga con la que se uncen los bueyes al yugo].

—¿Esos trabajos estresantes influenciaron su obra?

Tengo un poemita que se repite mucho en las antologías titulado "Amanuense", que escribí cuando trabajaba en el Senado. Pero, evidentemente, más trabajé en la biblioteca. Básicamente, soy un lector de biblioteca pública. Para el poeta, joven o viejo, la lectura es fundamental. 

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