"'La conciencia del límite último' es un libro casi perfecto"
José Miguel Silva

El emblemático sello literario Tusquets decidió abrir su catálogo en Perú con “La conciencia del límite último”, una de las más importantes obras del fallecido escritor Carlos Calderón Fajardo. Por ese motivo decidimos invitar a nuestra redacción a Pablo Salazar-Calderón Galliani, poeta e hijo del autor nacido en Juliaca.

La entrevista debió girar en torno a la novela pero devino en una charla sobre los recuerdos que Pablo tiene sobre su papá, un creador tan talentoso como reservado, que dejó huella no solo en aquellos que lo leían casi con devoción, sino también en cada miembro de su familia.

Para los interesados en leer “La conciencia del límite último”, el libro está a la venta en las principales librerías de Lima. Su precio es de S/39.

-Debes tener muchas anécdotas con tu papá. ¿Recuerdas alguna en particular?

Solíamos jugar fútbol. Él era el único papá del barrio que jugaba bien a la pelota. Me decía que ‘nunca le ganaba un partido’ hasta que una vez, en una jugada dividida, le metí foul (falta) y terminé ganándole (risas).

-¿Solías jugar mucho con él?

Sí. Una peculiaridad de mi padre fue que siempre tuvo muy presente su lado de niño. Compartía mucho conmigo y mis hermanos. Mis recuerdos son siempre jugando con él, yendo al estadio, al hipódromo y a Punta Negra.

-¿De qué hincha era equipo él?

Del Deportivo Municipal.

-¿Y tú?

De Universitario de Deportes.

-¿Y hubo alguna vez cierta rivalidad en casa?

(Risas) Sí, un poco. Mi papá me llevó al estadio para que me convierta en hincha de ‘Muni’; no lo logró. Entonces estaban de moda los ‘tripletes’ [tres partidos en una misma jornada]. El primer partido jugaba Municipal, el segundo Alianza y el tercero, Universitario. Así que al final le salió mal la jugada porque terminé siendo de la U.

-Usualmente cuando un hijo va creciendo, en la adolescencia quizás, se distancia algo del papá. ¿Te pasó esto o fue todo lo contrario?

En mi caso, nuestra relación se reforzó. Además porque yo estudié literatura y también escribo. Él quería inculcarme siempre el amor a la literatura pero al comienzo no me gustaba. Siempre quise ser futbolista, hasta que una vez mi papá me dio un libro que me cambió la vida.

-¿Cuál era y de qué trataba?

“Los vagabundos del Dharma” de Jack Kerouac. El libro cuenta la historia de un personaje que sube a un vagón de un tren y se encuentra con un vagabundo sentado ahí. Aparentemente, no pasa nada. Pero la narración es tal que te deja una atmósfera que termina atrapándote. El libro me hizo pensar que hasta en cuestiones tan sencillas puede haber algo profundo, oculto e interesante. Luego de esa primera escena con el mendigo en el vagón del tren, el (protagonista) baja y se echa. Allí comienza a escribir cómo el agua del mar le toca los pies. Se siente maravillado al ver las estrellas y saca una bolsa para ponerse a comer su pan con mermelada. Esos hechos tan simples me fascinaron. Me di cuenta que había vivido con una sensibilidad especial hacia la realidad pero nunca antes lo había notado. Así dejé el fútbol y quise leer narrativa y poesía.

-¿Qué momento de tu padre en casa recuerdas de forma recurrente?

Recuerdo a mi padre los fines de semana sentado escribiendo o leyendo y a la vez escuchando música clásica. Yo estudié literatura, así que esa imagen de mi papá fue mucho más rica. Solía conversar con él sobre literatura casi todos los días.

-Supongo que en esa casa todos leían…

Uno de mis hermanos estudió filosofía y el otro, geografía. Mi mamá también lee. Así que, como muchos podrán imaginarse, mi casa está llena de libros.

-Recuerdo una vez a tu padre en una presentación de un libro. Él fue como parte del público y no lo recuerdo sentado adelante sino muy atrás. Esta imagen de hombre reservado, tímido, coincide con otras descripciones de sus amigos. ¿Era así también en casa?

Efectivamente, él fue una persona reservada. Una de sus particularidades fue que iba a las presentaciones de libros y se iba cinco minutos antes de que terminen. Iba a congresos de literatura o filosofía, escuchaba las presentaciones y se iba. No le gustaba mucho socializar. Aunque en los últimos diez o quince años de su vida sí tuvo una vida algo más social.

-¿Por qué se dio este ‘cambio’?

Creo que el acercamiento con los jóvenes. Al llegar de Europa, mi padre tenía referentes muy distintos a los que tenían los escritores que vivían aquí en Lima. Él empezó a leer literatura cuando estuvo en Austria. Ahí leía pura literatura alemana o austriaca. Luego conoció a Ribeyro y este se quedó asombrado por cuánto conocía mi papá sobre literatura alemana a sus 18 años. Imagínate leer esos referentes durante treinta o cuarenta años. Entonces cuando estaba en Lima le fue difícil empatar con la tradición realista. Eso afectó su estilo, aunque luego pasaría por varios registros.

-¿Cuál crees que es el rasgo principal que caracteriza la literatura de tu padre?

Creo que la imaginación. Y no solo como un mecanismo para asumir la realidad, sino también como un gran tema. Ese límite difuso entre la ficción y la realidad. Incluso, en su vida diaria, pues mi papá siempre jugaba entre esos lados.

-Dejando de lado “La conciencia del límite último”, ¿cuál es el libro de tu padre que más disfrutaste?

Me gustó mucho el libro de cuentos “Playas”, porque sientes a un narrador ya mayor, con una mirada más sabia, contemplativa. Casi una mirada retrospectiva de lo que significa hacer literatura, llegar hasta cierta edad, hacer un resumen de tu vida. Ese libro es como un momento cumbre en la literatura de mi papá.

-Contrariamente a tu padre, tú decidiste irte por el lado de la poesía…

Volviendo al tema del libro que me marcó (“Los vagabunos del Dharma”), ahí el personaje principal se encuentra con otras personas que practican el budismo Zen. Y varios de ellos escribían haikus. La novela está habitada por estos. Ahí fue que comenzó a llamarme la atención la capacidad de expresar mucho en pocas palabras. Luego empecé a leer a Eielson, quien me llamó mucho la atención. La imagen, el sonido, el ritmo. Eso me hizo sentirme identificado con la poesía.

-¿Qué se encontrará la gente en “La conciencia del límite último”?

Primero, encontrarás una historia que te atrapa. Es una novela corta, policial, ambientada en la Lima de finales de los ochenta y principios de los noventa. Una ciudad muy convulsiva por el contexto político que se vivió en dicha época. Sendero Luminoso ya estaba presente. Y eso de alguna manera es como un sub texto introducido en el libro, que te genera la duda de hasta qué punto uno puede sobrevivir al horror.

-El protagonista de la novela es el ‘Flaco’ Calderón, alter ego de tu padre. ¿Se repite mucho este recurso en otros libros?

Sí. Muchos elementos de la biografía de mi padre aparecen reescritos en su literatura.

-Finalmente, ¿por qué crees que “La conciencia del límite último” logró convertirse en una novela de culto?

Por el tema que trata y por la manera en que está escrita. Es un libro esférico, casi perfecto, por la forma en que se han tramado las escenas. Si uno quiere aprender a narrar, “La conciencia del límite último” le ayudará mucho.

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