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“Con dispaciedad y calmancia”, por Marco Aurelio Denegri

Muchas cosas –no todas, claro está– hay que hacerlas sin apuro ni precipitación; porque si uno las hace apuradamente y precipitadamente, entonces las cosas salen mal.

Marco Aurelio Denegri

Marco Aurelio Denegri en su espacio El Ojo de Lima.

El Comercio

La expresión de prisa y corriendo, que es una locución adverbial, significa con la mayor celeridad, atropelladamente, sin detención o pausa alguna. No hay que hacer las cosas de prisa y corriendo, no hay que hacerlas galopeadamente. Una cosa galopeada es la que ha sido hecha de prisa y, por lo mismo, mal.

Con la expresión figurada y familiar, vísteme despacio, que estoy de prisa, se da a entender que no se deben atropellar las cosas ni sacarlas de su curso regular, porque si no se tarda más en la ejecución o logro de ellas.

Como dicen los italianos:

“Pian, piano, si va lontano.”

(“Despacio se va lejos [o se llega lejos].”

“Chi va piano, va sano e lontano.”

(“Quien va despacio, llega sano y llega lejos.”)

En relación con los conductores de vehículos motorizados, se ha dicho, y con razón, lo siguiente:

“Es preferible perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto.”

Recuerdo que cuando entrevisté al doctor Julio Vargas Prada, quise precisarlo en algún momento de la entrevista, y él me manifestó que me iba a decir lo mismo que decía el chinito bodeguero de la esquina de su casa cuando lo querían apurar: “Un momentito pol favol.”

Muchas cosas –no todas, claro está– hay que hacerlas sin apuro ni precipitación; porque si uno las hace apuradamente y precipitadamente, entonces las cosas salen mal.

Alberto Benavides Ganoza, al presentar el calendario del 2002 que ha publicado Antares con el patrocinio de Minera Yanacocha, recuerda que en Cajamarca aconsejan hacer las cosas “con dispaciedad y calmancia, que la apurancia trae la confundición.”

–Querofobia–

El disgusto morboso de la alegría de los demás se llama querofobia; del griego chaírein, alegrarse, y phobos, temor.

El ejercicio sexual, rectamente entendido, sin temores ni aprensiones, regocija y alegra. Pero hay quienes no se alegran ni regocijan, puesto que no ejercen el sexo, y no porque no quieran, sino porque no pueden. Aludo a los creadores de angustia y a los censores, que sólo ven en lo sexual un manadero de culpas. Están los tales, a un tiempo, privados y agobiados; privados del goce por su inejercicio, y agobiados por el disgusto soberano que les produce el ejercicio y disfrute sexual de los demás. Suman, pues, a su impotencia su querofobia. Son impotentes querófobos. Y desde luego subscribirían muy complacidos la siguiente frase infelicísima de Cicerón:

“Nihil esse tam detestabile tamque pestiferum quam voluptatem.”

Esto es:

“No hay nada tan detestable ni tan funesto como el placer.”

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