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FIL Lima 2018 | Alonso Cueto: "Ahora vivimos en una religión del cuerpo"

Conversamos con el autor de "El susurro de la mujer ballena". La novela finalista del Premio Planeta-Casa América de Narrativa Iberoamericana 2007 acaba de ser reeditada

Alonso Cueto

En su biblioteca, Cueto (Lima, 1954) habla sobre su novela publicada en el 2007 y que ahora reedita Penguin Random House. (Foto: Richard Hirano)

Verónica tiene un amante. Lo ve cada vez que él la llama por teléfono y solo con él vuelve a disfrutar de la vida, aunque sea por un momento. Luego tiene que regresar a la realidad: despertarse temprano, atender a su hijo y a su marido, ir al gimnasio y más tarde, al trabajo. La rutina la fagocita. Pero ahora un tema más ocupa su mente. Tras un encuentro casual en un avión con el que regresaba a Lima, Rebeca ha vuelto a su vida. Verónica no estaba preparada para ello. Han pasado 25 años sin verla, tiempo suficiente para olvidar el acoso que sus compañeros del colegio le hicieron padecer debido a su gordura. A pesar del paso de los años, Rebeca mantenía una figura prominente.

"El susurro de la mujer ballena" está escrito en primera persona, desde la mirada de Verónica. Alonso Cueto, su autor, tomó la idea de un programa de televisión que vio su esposa: un grupo de compañeros del colegio se reencontró después de un cuarto de siglo, lo que motivó que los reclamos de uno de ellos, que fue víctima de las burlas escolares, salieran a flote. ¿Por qué me maltrataban? Era una broma. Para mí no lo era, era una tortura estar ahí porque sabía que se iban a burlar de mi aspecto.

Algo similar sucedió entre Verónica y Rebeca. En una cafetería y mientras la segunda comía una torta de chocolate con helado de vainilla, se escuchó la misma protesta. La respuesta que ella encontró, sin embargo, no fue la esperada. Cueto comenta: "Un salón de clases es una sociedad en la que hay gente que domina y que gobierna mucha veces desde la violencia. También están las víctimas y los que se quedan al medio y que apoyan o los que quedan al margen".

Alonso Cueto

(Foto: El Comercio)

—En una entrevista dijiste que existían personas en cuyas vidas nunca pasaba algo. ¿Eso es realmente posible?
Creo que todas las personas tienen uno o varios proyectos en sus vidas. Todos siempre estamos buscando algo, incluso seguir siendo quienes somos. Lo que a mí me fascina de los personajes de los que escribo es que siempre están deseando una venganza o una conquista. Por ejemplo, en mi novela "La segunda amante del rey", lo que Lali quiere es evitar que su marido la deje y esa es su búsqueda fundamental. En "El susurro de la mujer ballena", Rebeca busca vengarse y que su amiga del colegio le pida perdón. En ese sentido creo que no existen vidas en las que no pasa nada y, si he dicho lo contrario, me retracto. En todas pasa algo y lo fascinante de escribir una novela es descubrir lo que sucede en vidas en las que aparentemente no sucede nada.

—Novelas como "El susurro de la mujer ballena" dan la impresión de que, de alguna u otra forma, Lima se interpone con la felicidad femenina. ¿Coincide?
La búsqueda de la felicidad, que es, digamos, la historia de toda vida, es más difícil para las mujeres. La sociedad está organizada de tal manera que a las mujeres se les asignan ciertos lugares que, por lo general, son fijos, porque el machismo no les da más opciones. Eso pasa en todas partes y también en esta novela. Aunque en un principio pensé en hacerla sobre dos hombres y luego sobre un hombre y una mujer, preferí mostrar a dos mujeres porque me pareció un reto. Ellas viven sus relaciones de amistad, de pareja, de trabajo más a fondo, con más compromiso; mientras que los hombres estamos más encerrados en nosotros mismos.

—¿Por qué?
No lo sé. Creo que por el hecho natural de que ellas tengan en su vientre a otra persona. Esa es una explicación, aunque no sé si es cierta.

Alonso Cueto

(Foto: El Comercio)

—Y planteado al revés, ¿qué evita que los hombres nos relacionemos de esa forma?
Nosotros, en general, estamos más a gusto con la soledad. Buscamos el poder, que es un camino solitario, competitivo y en el que no dejamos que otros nos hagan sombra. Pero, como te digo, son especulaciones. En mi experiencia, para el tipo de novela que a mí me interesa –que es la de las relaciones humanas–, las mujeres son más importantes por esa razón.

—La vida rutinaria de Verónica parece ser un problema mundial y actual. ¿Usted coincide o respeta esa forma de vida?
Para funcionar, las sociedades necesitan de hábitos, horarios y cronogramas. Pero los individuos necesitamos tiempo y espacio en los que esas cosas no existan. Necesitamos sueños y delirios. Lo que pasa con Verónica es que está tan entregada a su trabajo que no tiene tiempo para nada más y vive en la realidad, mientras que Rebeca sí está entregada a sus fantasías y desde allí es que le reprocha todo. Te diría una cosa adicional: creo que vivimos ahora en una religión del cuerpo. Lo adoramos como si fuera un dios supremo. Cuando sales a la calle ves la publicidad y en ella cuerpos de deportistas con caras de modelos…

—Todo tan perfecto...
Porque, además, están maquillados. Y lo que antes eran milagros de la religión ahora son milagros del cuerpo. Los gimnasios han reemplazado a las iglesias como centros de peregrinación, las cirugías plásticas reemplazaron a los milagros y el ayuno se convirtió en dieta. Verónica cultiva el cuerpo; en cambio Rebeca se entregó a la gordura. Creo que allí hay un tema actual y mundial.

—Pero, ¿no siempre existió el culto al cuerpo? Con cánones distintos, claro.
En la Edad Media se le despreciaba. Había que buscar el alma que era lo que nos llevaría al más allá. En cambio, los griegos sí cultivaban el cuerpo, pero lo veían como un aspecto integrador del alma. Lo que ahora hemos hecho es desasociar ambos conceptos y nos preocupamos más por el segundo dejando de lado los valores espirituales o morales.

—Dijo alguna vez que la gente que está en control de sí misma no es tan interesante. ¿Qué cree que nos llama la atención sobre la locura?
Que los locos hacen lo que nosotros quisiéramos hacer, pero no hacemos porque estamos restringidos. Para vengarse, muchos quisieran poner una bomba, así como lo hicieron ese par de hermanos en la Clínica Ricardo Palma, pero no lo hacen. Es un delito y lo condeno, pero entiendo que a algunos los seduzca esa locura. Ese tipo de personajes son atractivos porque rompen la ley y en la literatura, desde sus inicios, está llena de relatos de gente así. Adán y Eva con la primera desobediencia. Caían y Abel, los protagonistas de la primera crónica roja del periodismo. Desde siempre, todas las historias, incluidas las fundacionales, empiezan con la ruptura de la ley. Nos atraen los personajes locos porque hacen cosas que a nosotros nos tientan desde un rincón de nuestras consciencias. A propósito de eso te diré que un escritor como yo tiene una vida muy aburrida. Rutinaria: me levanto, escribo, converso con mi mujer, llamo a mis hijos, estoy con mis amigos. Mi vida es aburrida, pero la imaginación de un escritor no puede serlo sino ser salvaje y desquiciada.

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