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Carlos Káiser, el mayor farsante de la historia del fútbol

A pocos días del inicio del Mundial —tiempo de fantasía y leyendas—, aquí la vida exagerada del brasileño Carlos Henrique Raposo

Carlos Káiser

Raposo, más conocido com Carlos Káiser, con la camiseta del Gazélec Ajaccio, club francés en el que supuestamente alcanzó su consagración. La realidad señala que nunca pasó por el equipo y ni siquiera viajó a Francia. La foto se la tomó en Río. (Foto: Difusión)

Parte del entusiasmo que despierta el fútbol tiene que ver con lo inexplicable, la magia. Basta navegar un poco por Internet y ver jugar a Pelé, Zico, el Doctor Sócrates, Ronaldinho o Neymar para quedar embobado: los brasileños saben de eso. En el país donde se vive con mayor intensidad, el deporte más bello del mundo lo es aun más. Es pasión, pero también ilusión, encanto, finta, fantasía, imaginación. Tienen un nombre para eso, ginga, la esencia libérrima y elegante del pueblo hecha juego. Por ello todos patean la pelota, pero quienes muestran el don son tratados como divinidades.

Carlos Henrique Raposo lo tuvo claro desde pequeño. Tuvo claro que quería convertirse en estrella de fútbol, y lo quiso tanto que lo logró. Las cifras de su hazaña pueden resumirse así: duración de su carrera profesional: (alrededor de) 20 años. Países en los que trabajó: cuatro. Número de equipos que lo contrataron: 11. Cantidad de partidos jugados: "unos 25" (según la FIFA fueron 14, todos amistosos, ninguno completo). Goles anotados: cero.

Tenía todo para ser un semidiós en zunga paseando por las arenas de Ipanema: la pinta, el encanto, los contactos. El único problema de Raposo, conocido por todos como 'Káiser' por un supuesto parecido con Franz Beckenbauer, era que no quería jugar. Ni quería ni podía porque era malísimo. "No sabía jugar ni a las cartas. Tenía un problema con el balón", recuerda el ex defensa Ricardo Rocha, campeón del 94.

En lo que Raposo resultó un crack fue en el arte de la engañifa. Si acordamos que el fútbol es ilusión, encanto, finta, fantasía, imaginación, tenía mucho para ofrecer. Él mismo fue el sebo y la culebra que vendió por décadas.

EL CALENTAMIENTO
Todo imperio tiene un origen mítico, y el de Carlos Káiser pierde los bordes en la niebla de los tiempos analógicos. Nadie puede aclarar su origen. Se supone que tuvo una infancia de pobreza y pérdidas, que era huérfano, que vivió en el extrarradio de Río. El fútbol, que primero fue un divertimento —habría estado en las ligas menores del Botafogo—, un día, quizá el mismo en que reconoció su impericia, se convirtió en la obsesión por compartir la vida y milagros de los héroes cariocas. No quería sudar, sino dinero, fama y mujeres, y se abocó a ello con la fe de los desquiciados y los que tienen poco o nada que perder. Sus herramientas fueron siempre las mismas: carisma, mitomanía y descaro.

No se sabe cómo, pero una noche de copas de 1986 convenció a Mauricio de Oliveira Anastácio para que lo llevase como titular al Botafogo. El problema es que no tenía currículum pelotero, cosa que resolvió mintiendo. Raposo juró haber integrado el Independiente de Avellaneda cuando los rojos ganaron la Libertadores del 84. Para demostrarlo, tenía recortes de prensa y fotografías donde se le veía integrar la oncena. Lo que nadie notó entonces es que no era él ese hombre que se le parecía, y que se llamaba Carlos 'El Loco' Enrique, sin H. Entonces Internet era ciencia ficción.

El siguiente inconveniente era tener que demostrar su capacidad, y para ello se valió de una argucia que sería siempre su sello. "Iba a los entrenamientos y a los pocos minutos me tocaba el muslo o la pantorrilla y pedía ir a la enfermería. Durante 20 días estaba lesionado", contó. Las resonancias magnéticas también serían del futuro.

Comprendió que debía firmar contratos cortos y moverse deprisa para no levantar sospechas. Fue entonces cuando, en otra discoteca, se le apareció el que sería su santo patrono: Renato Portaluppi, el célebre Gaúcho, ídolo absoluto dentro y fuera de las canchas. Káiser, que lo imitaba desde el corte de pelo hasta la manera de hablar, lo persuadió para anotar su siguiente y metafórico gol. Así llegó al Flamengo, con 40 millones de torcedores, el equipo más popular del país.

Ahí siguió simulando golpes, y como le caía bien a todo el mundo no faltaba quien se animara a meterle una patada. Sus compañeros lo recuerdan hablando en un inglés inventado por celular —un cacharro sofisticadísimo para entonces—, se suponía que con quienes lo querían contratar en Europa. Eso hasta que un día un preparador físico descubrió que el móvil era de juguete. Risas generales.

FIEBRE EN LAS GRADAS
Su encanto era miel para los periodistas, que aderezaba con primicias y regalos. Gracias a ellos y a su fama casi metafísica, sin haber jugado hasta entonces logró la ansiada internacionalización. Jugó en el Puebla de México (no le gustó, no se acostumbró a la comida), y de ahí cruzó la frontera norte: pasó seis meses con El Paso Patriots.

Volvió a Brasil en el 89 para su quinto contrato, esta vez con el Bangú. El dueño del equipo era un mafioso llamado Castor de Andrade, recordado entre otras cosas porque un día metió un balazo muy cerca de la pierna de un jugador que simulaba un desgarro. Káiser le cayó en gracia, por lo que calentó banca hasta el día en que perdían contra Coritiba dos a cero. De Andrade dio la señal, Raposo tenía que salvar el honor. Este superó el pánico, una vez más, con ingenio: comenzó a calentar cerca de la tribuna rival, de ahí empezaron los gritos, los insultos, y por último saltó la barrera para agarrarse a golpes con un hincha. Lo expulsaron antes de entrar al gramado.

La leyenda cuenta que al final De Andrade bajó a los camerinos con sus guardaespaldas. Pero antes de liquidarlo fue atajado por el pícaro, quien le dijo que Dios le había quitado a su papá natural, y que él, De Andrade, era como su nuevo padre, y no podía tolerar que unos tarados lo llamaran delincuente. Por eso se peleó. El saldo fue una renovación de contrato con aumento de sueldo.

1990 fue el año de su consagración, cuando llegó a Córcega para jugar en el Gazélet Ajaccio. No se imaginaba que lo recibirían con un estadio lleno de fanáticos que esperaban verlo entrenar con el equipo. La cancha estaba llena de pelotas, y Raposo, el delantero que nunca llegó al arco rival, las tomó todas, de una en una, y las pateó a las graderías mientras besaba el escudo de su pecho. La gente deliró, pero se quedó con ganas de verlo: no había más balones. Fue en ese club donde una vez jugó veinte minutos "lesionado", rengueando. Eso es amor por la camiseta.

TIEMPO EXTRA
De vuelta al Brasil, firmó contratos todavía con América, Vasco da Gama, Fluminense, Palmeiras y Guaraní antes de colgar los chimpunes casi sin estrenar. Hoy tiene 55 años, un ojo dañado, y un trabajo de entrenador físico solo de mujeres (asegura que durante su carrera se acostó con más de mil). Conserva el mismo corte de pelo, bien pintado. Un reciente documental llamado "Kaiser! The Greatest Footballer Never to Play Football" revela, entre otras cosas, que nunca pasó por el Ajaccio, que ni siquiera viajó a Francia. Es decir, se trata solo de una mentira dentro de la mentira. Sus compañeros, Renato, Bebeto, las verdaderas estrellas de la época, le guardan cariño, lo recuerdan con indulgencia. Káiser de alguna manera se justifica con este argumento: "Los clubes se han pasado la vida aprovechándose de los jugadores. Ya era tiempo de que alguien se vengara de ellos".

Ese sacrificio heroico fue el que le tocó.

La siguiente entrega, a cargo de Jaime Bedoya, será el sábado 16 de junio.

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