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Jetsunma Tenzin Palmo: Buda de una mujer

Las sorprendentes aventuras espirituales de la segunda monja del budismo tibetano nacida en Occidente, quien pasó 12 años de su vida en una cueva en su camino al despertar

Buda

Nacida en Inglaterra como Diane Perry, ha escrito libros y brindado conferencias en todo el mundo.

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Vivir en una cueva, para todos y cualquiera, significa lo mismo que vivir de un modo de verdad primitivo, alejado del mundo y de cualquier idea que se tenga de comodidad. Para ello hay que ser muy excéntrico o muy pobre, o las dos cosas. Ser un cavernícola contemporáneo es como volver a ser fiera que se protege de otras fieras, un salvaje que decide morar en ese estadio previo al de completamente hombre o mujer. Es optar por la soledad. Habitar la soledad. Hallarse recluido de lo humano, acaso más cerca de lo divino, de la prisión o de la locura.

Un día de 1976, sin embargo, quien alguna vez se llamó Diane Perry subió a las alturas que rodean el valle de Lahaul, al norte de la India. Allí, sobre los cuatro mil metros, en un reino natural y fantástico dominado por picos nevados y bosques de enebros y bajo la cúpula más azul y perfecta de la creación, encontró lo que sin saber buscaba. Tras doce años siguiendo con devoción el dharma, el camino divino, había llegado el momento de dar un paso más hacia la iluminación. Nada ni nadie podría evitarlo. Perry, la chica del East End londinense y reconvertida en Jetsunma Tenzin Palmo, encontró su nuevo lugar en el mundo, su hogar, una cueva en la roca, apenas una hendidura de tres metros por uno y medio. Fue uno de los momentos más felices de su vida. Tenía entonces 33 años. Cuando dejó su cueva, había ya cumplido 45. 

Diane Perry nació en la biblioteca de una mansión, y no porque su familia fuera rica o especialmente erudita, sino porque esa noche de junio de 1943 la Luftwaffe de Hitler bombardeaba Londres, y las maternidades habían sido evacuadas.

Hija de un pescadero que murió cuando era aún pequeña, se crio con su madre y su hermano en un ambiente que recuerda pobre pero bastante feliz, rayano con lo extravagante. Lee, su madre, una mujer de mente abierta, alojaba en casa un club de espiritismo, y Diane Perry asegura haber visto mesas volando durante su niñez.

Bufa

Imagen de la cueva donde moró Tenzin Palmo, en el valle de Lahaul, al norte de la India.

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Flaca, con problemas en la espalda y unos ojos azules y brillantes que la señalan hasta hoy, fue una chica de su tiempo, incluso adelantada al mismo, que por un lado gozaba de su cuerpo y de su libertad al amparo de las condiciones sociales y culturales del momento; y, por el otro, alguien que vivía ampliamente la soledad y la introspección, fascinada desde pequeña por todo lo oriental, el existencialismo, las inmensas preguntas celestes. Era estudiosa y trabajadora, y ya una bibliotecaria con un porvenir más o menos trazado cuando sintió la fuerza del llamado.

Según el libro “Una cueva en la nieve”, de la periodista inglesa Vicki Mackenzie, tenía 18 años la vez que viajaba con su madre a Alemania a visitar a su hermano. Había llevado consigo tres libros de su biblioteca: uno de Camus, otro de Sartre y un tercero con la imagen de Buda en la portada, llamado “La mente inquebrantable”. Cuando iba por la mitad, sacudida por una mezcla de vieja verdad olvidada y revelación, le dijo a su madre que era budista.

Lo que siguió fue el estudio profundo del misticismo tibetano en su ciudad natal, fascinada por las historias de lamas que buscaban la trascendencia y la espiritualidad ascética gracias al ejercicio de la meditación y la compasión. Cuando se sintió lista, partió a la India, al encuentro del monasterio dirigido por Freda Bedi, la primera mujer occidental vuelta monja del budismo tibetano. Cuando cumplió 21 años, Perry se topó con su mentor, el Rinpoche de Khamtrul, y se convirtió en la segunda. Recibió el nombre de Drubgyu Tenzin Palmo, “Mujer gloriosa que mantiene la doctrina de la sucesión permanente”. El camino estaba escrito.

Durante los siguientes años, Tenzin Palmo se dedicó al estudio y la meditación mientras descubría cosas dentro y fuera de sí. Dentro, la fortaleza de su fe, las encarnaciones que había vivido previamente, las formas de cultivar su cuerpo y su corazón en el camino del gran despertar budista. Fuera, un panorama más bien desalentador. Y es que, como en la gran mayoría de cultos del mundo, en el budismo prima un machismo que relega a las mujeres a un rol menor, en realidad infame, como si las damas tuviesen menos posibilidades o herramientas que los caballeros para la trascendencia. En ese contexto, Tenzin Palmo tomó una decisión de un valor simbólico enorme: se prometió a sí misma alcanzar el nirvana como mujer, con todas las vidas que ello requiriese.

Con el paso de los años, ya reconocida por todos como una monja tocada por la gracia, vivía en una aldea cercana a la frontera con el Tíbet cuando, en 1976 y siguiendo una voz interior que la impelía a practicar una meditación más profunda, encontró su cueva.

La ambientó mínimamente para soportar temperaturas que podían llegar a menos 35 grados, se abasteció con lo indispensable y se hizo de una especie de caja de 46 por 46 centímetros: sentada ahí, pasó la mayor parte del tiempo meditando.

Los primeros nueve años salía de vez en cuando y tenía contacto con algunas personas. De hecho, vivió experiencias extraordinarias, que iban desde estar a punto de morir sepultada bajo metros de nieve hasta el posible encuentro con una criatura conocida en la cultura popular como el Yeti. Enfrentó peligros reales, acaso el más duro el temor a la soledad y la locura, aunque ella asegura que su fe y la seguridad de sus propósitos la mantuvieron firme y entusiasmada. Sobre los alcances de sus ejercicios espirituales prefiere mantener la reserva.

Los últimos tres años de su reclusión voluntaria sí los vivió en el más absoluto aislamiento, del que fue arrancada cuando un funcionario del Gobierno llegó hasta su caverna para decirle que había vencido su permiso de residencia, y como no se había acercado a arreglar sus papeles, debía abandonar el país de inmediato. Como todo en su vida, Tenzin Palmo, que es una mujer de un optimismo sereno y contagioso, lo tomó con serenidad. Después de 24 años, había llegado el momento de dejar la India.

Tenzin Palmo se mudó a Asís, en Italia, donde la alojó un viejo amigo. Ahí siguió cultivando su espíritu mientras se reconectaba con la cultura occidental.

Desde entonces ha escrito libros y brindado conferencias en todo el mundo, alternando esos períodos “sociales” (que disfruta como el que más) con otros de silencio y soledad. También ha fundado un monasterio para mujeres que, como ella, han decidido optar por el camino dorado sin las presiones ni los inconvenientes del machismo. Hoy tiene 75 años y una fortaleza física y espiritual tan desconcertante como conmovedora. Cada cosa que sale de su boca parece profunda y alegre. Sus ojos siguen brillando.

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